Vampaia Naito
Vampiros y Humanos bajo el mismo techo... Vigilados por dos simples personas,
¿Podran cumplir el proposito de Cross?


relatos escalosfriantes

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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:15 pm

Lo que voy a contar me sucedió en el año 2.006 cuando me trasladé a Madrid a estudiar Medicina en su universidad. Estaba buscando un piso de alquiler barato por la zona céntrica, y cuando ya lo daba por algo imposible encontré la oferta de alquiler de una habitación, en pleno centro. No tenía pensado alquilar solo una habitación, y aunque el casero era un cincuentón desagradable el precio era tan bajo que decidí aceptar hasta que encontrara algo mejor.

Me instalé a los dos días y tras pasar una semana en aquel lugar, decidí que me marcharía lo antes posible. Como sospechaba, el casero era una persona detestable, con la que intentaba hablar solo lo imprescindible, y si podía evitar encontrármelo, mejor. Sin embargo, el no era el principal motivo. Había algo en aquella casa que me inquietaba.

Era una extraña sensación que flotaba en el ambiente, y que me ponía los pelos de punta. En mi habitación, la temperatura siempre era más baja que en el resto de la casa, y por las noches me invadía una sensación de frío que me impedía dormir bien.

Todo crujía en aquel viejo caserón, y durante mis noches de insomnio podía escuchar el más mínimo sonido que hicieran los vecinos, el ruido lejano del ascensor, o el goteo de las cañerías. Me levantaba cansado y con ojeras, y apenas si podía estudiar por las mañanas de lo agotado que quedaba.

Una noche me acosté tarde después de haber pasado varias horas estudiando, y como de costumbre, no pude dormir. Me entretuve escuchando el soniquete de un lejano programa de televisión, que algún vecino tenía puesto. En aquel momento creí escuchar una respiración entrecortada, y asustado dejé de respirar de golpe. Esperé un segundo...dos segundos...tres segundos...debía haber sido mi imaginación…y entonces, la escuché de nuevo.

Era muy débil, casi un suspiro, y provenía del hueco de la cama que quedaba a mi izquierda. Me quedé paralizado como una piedra, escuchando aquella respiración entrecortada a menos de diez centímetros de mí. Tenía los ojos cerrados con fuerza, y el corazón latiéndome tan rápido que pensé que iba a darme un infarto. Una ráfaga gélida me recorrió el cuerpo entero, y me puse a temblar de forma incontrolada.

Aquello no podía estar pasándome, no debía ser real y sin embargo estaba ocurriendo. Aunque el pánico me dominaba logré convencerme de que se trataba de una pesadilla causada por el insomnio, y que no había nadie a mi lado. Intenté moverme, pero estaba tan aterrorizando que tuve que hacer un esfuerzo para girar la cabeza poco a poco hacia mi izquierda, y sentí como la corriente gélida me helaba la cara. Aunque el miedo me estaba corroyendo por dentro, conté hasta diez, abrí los ojos de golpe y…

Grité… grité con toda mi alma hasta desgarrarme las cuerdas bocales y hacer que mis alaridos resonaran por todo el bloque. Cuando el casero irrumpió en mi habitación yo aún estaba gritando en estado de shock. No podía quitarme de la cabeza lo que había visto… aquella mujer que me observaba con un gesto de terror indescriptible, y una mirada triste, tan triste…

El casero me hizo callar a guantadas, y logré controlarme un poco. Me extraño mucho que el casero no me pidiera explicaciones por tantos gritos; se limitó a echarme la bronca por armar ruido y se marchó otra vez a su habitación. No estoy muy seguro, pero juraría que lo noté nervioso, quizás demasiado nervioso.

A la mañana siguiente, yo aún seguía impactado por lo ocurrido por la noche, y me encontré al salir de la casa a Dolores, la única vecina del bloque que conocía, que me preguntó que tal me encontraba. Le respondí que bien, y estuvimos hablando un rato acerca del casero. Por lo visto, no le caía bien a nadie del bloque. Tenía fama de ser un maleducado y un violento, y al poco de estar hablando salió el tema de su mujer.

La pobre Carmen, la de palizas que tuvo que aguantar de ese cerdo antes de que dejarnos….Comentó Dolores

¿Como murió?.

La encontraron muerta en la habitación en la que duermes tú ahora. Dijeron que se había suicidado, pero a mi no me engañan. Estoy segura de que la mató su marido, y se las apañó para que pareciera un suicidio.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y subí corriendo a la casa a recoger mis cosas. No pensaba pasar allí ni un solo día más. Cuando ya lo tenía todo listo para irme, revolviendo entre los cajones encontré una vieja foto bastante descolorida. Por la parte posterior de la foto, podía leerse en una letra bastante mala:
Viaje de Carmen a Segovia, enero de 1.987

Se me heló la sangre al verla. Era ella, no cabía duda. La mujer que había visto cuando abrí los ojos, frente a mí, con su terrorífico gesto de terror, y su tristeza abrumadora. Guardé la foto en su cajón y huí de aquel lugar corriendo todo lo rápido que pude. Por temor a que me tomaran por loco no le conté lo que me había sucedido a nadie, y nunca más volví a saber de aquel casero, ni de su difunta mujer.

Tras esta experiencia tuve varias crisis de insomnio, no podía dormir y estuve estar en terapia psicológica algunos meses. Ahora que han pasado casi dos años desde que pasó esto ya lo veo como algo lejano, que parece no haber ocurrido nunca. Sin embargo, en algunas noches frías de invierno aún me parece ver en sueños los ojos muertos de aquella mujer, y escuchar su respiración entrecortada al otro lado de la cama…
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:15 pm

Me observo en el espejo, de mis ojos brotan lágrimas. Las toco con la punta de mi dedo y simplemente, se destruyen, se desvanecen...

Siguen rodando por mis mejillas, hasta tocar mis labios; tienen un sabor amargo a sal y como me recuerdan tus besos.

Aún no entiendo porque te has marchado, sin siquiera dar una razón y me dejas aquí sacando profundas y asfixiantes lágrimas todas las noches.

Mi alma era oscura, pero ahora no se si aún cuento con ella para seguir viviendo, me dejaste sin aire.

Hoy hace un año que te fuiste y sigo aquí parada junto a tu tumba, esperando a que salgas y me abraces como solías hacerlo.

Jamás imaginé tal soledad, lo único que pasa en mi cabeza es la manera en que me tocabas, en que prometías estar a mi lado siempre, por toda la eternidad. Pero has fallado en tu promesa, no estás.

Tomo la navaja, tal vez eso me lleve a ti; la paso por mis muñecas sin compasión, mientras espero que el líquido de la vida, rojizo y pegajoso se extienda en tu nuevo hogar. Siento como el aire se acaba, como mi corazón se debilita y como mis lágrimas se hacen más grandes y más profundas. ¿Hasta donde puede llegar el amor por alguien?

Mis últimos suspiros salen de mi boca, el frío comienza a invadir mi cuerpo, cada segundo se debilita. La sangre te ha cubierto y ha cubierto mis vestidos...

Te veo, estas ahí; me esperas con los brazos abiertos, corro hacia ti y me refugio en tus brazos. Ya no será el ultimo beso porque al fin, estaremos juntos por toda la eternidad...
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:17 pm

No alquiles este piso, aquí habitan fantasmas. Te meterás en problemas.

Susan aún tenía aquellas palabras rebotando por su cabeza. Tenía claro que no creía en fantasmas, pero aquello le había dado mala impresión: no esperaba llevarse bien con una vecina, la única que había en la séptima planta del edificio, que le había recibido con tal chorrada. Nada de “bienvenida al edificio” o algo parecido. Se coló en el piso mientras Susan apenas había visto el salón y le soltó aquello. La casera ni se inmutó, ni siquiera la miró. Debía estar acostumbrada a que la vecina de al lado intentase ahuyentar a sus inquilinos. Susan estimó que debían ser viejas rivales, así que no pensaba quedarse en mitad de ambas y sus conflictos. Porque por fin encontró lo que llevaba tres semanas buscando: un piso con dos habitaciones, una de ellas para convertirla en su estudio donde continuar con su próxima novela, con grandes ventanales desde las cuales adquirir una amplia visión de toda la ciudad, a tan sólo diez minutos de su nuevo trabajo, y, sobre todo, a un precio increíble.

Susan había colaborado los últimos dos años en un periódico de tirada regional. Solía escribir una columna de crítica social y en ocasiones algún articulo sin demasiada trascendencia, los cuales enviaba por email los miércoles y los viernes al redactor jefe del periódico. No era gran cosa, lo suyo era el arte de manejar palabras, enredarlas y hacerlas bailar entre tapa y tapa de sus cada vez más afamados libros. Pero le ofrecía una coma muy gratificante en el, a veces, cargante oficio de escritor, y sobre todo le permitía adquirir, poco a poco, más fama entre los amantes de las letras. Y gracias a esto último Susan había acabado en aquel, según la vecina de pelo encrespado y camisa a cuadros hortera, piso con fantasmas. Porque gracias a su buen hacer y a su emergente fama el redactor jefe del periódico le había ofrecido un puesto fijo en la redacción, a media jornada, pero muy interesante. Requería de su presencia en la redacción casi a diario, le robaría buena parte del tiempo dedicado a la síntesis de sus libros, pero Susan estaba muy entusiasmada y emocionada con su nuevo papel en el mundo. Además, las afueras ya no le aportaban nada. Necesitaba un cambio, sentir el calor de la gente cerca de ella, aunque ese calor solo le llegase a través del ruido banal de los coches y las muchedumbres embutidas en los autobuses de línea. Le parecía bien de todas formas. Estaba cansada de la banda sonora de las afueras: pájaros, la bocina del camión del lechero y más pájaros.
Así que después de tres semanas buscando piso, después de tres semanas acudiendo a la redacción desde su antiguo hogar en las afueras, tras haber cogido dos trenes y un autobús, por fin encontró un piso en su querida ciudad, a tan solo un paseo de su nuevo trabajo. No estaba dispuesta a consentir que una vecina con ganas de asustar a los nuevos inquilinos arruinase sus esfuerzos.

Aún estaba todo por montar. El piso estaba amueblado, pero Susan tenía todas sus cosas en una gran montaña de cajas que había construido con sumo cuidado en el estudio. Solo llevaba tres semanas en la redacción, pero ya había hecho grandes amistades. Así que había decidido invitar a gran parte de ellos a tomar unas cervezas, a modo de pequeña inauguración de su nuevo hogar, y por que no, de su nuevo trabajo.
La noche trascurrió tranquila. Unas cervezas, unos pitillos, risas, pequeños tentempiés, largas e interesantes conversaciones, más cervezas, más risas…Era viernes por la noche, la cuidad, a los pies de Susan y sus compañeros, emanaba vida y luz, mucha luz. Así que todo era perfecto.

A la mañana siguiente se levantó con mucha vitalidad y energía, algo cansada debido a una pequeña resaca, pero dispuesta a poner toda la casa en orden, recoger los restos de la fiesta de la noche anterior y sobre todo la montaña de cajas del estudio. Envolvió su delicada piel blanquecina como la leche con una bata de seda dorada y se dispuso a salir del dormitorio para tomar el desayuno. Al abrir la puerta del dormitorio se llevó una grata sorpresa: todas las botellas de cerveza, paquetes de tabaco vacíos, platos con restos de comida y ceniceros repletos de colillas se habían esfumado. Todo estaba en perfecto orden. Una gran sonrisa le cruzó toda la cara, de oreja a oreja. Lo más seguro era que Shally y Thomas, los últimos invitados en marcharse y con los que más confianza tenía, habían decidido recogerlo todo. No le extrañaba, eran grandes personas, siempre dispuestas a todo.
Llegó a la cocina con paso vivo y alegre, con la sonrisa decreciendo pero aún presente. Recogió su pelo dorado en una cola alta y sacó la cafetera y el tostador de uno de los armarios superiores de la cocina. Pero antes de encenderlos decidió volver al dormitorio. Iba descalza y nunca enchufaba cosas descalzada desde que escuchó, en aquel programa de sucesos de las siete, que alguien murió electrocutado al enchufar la televisión descalzo. Así que regresó al dormitorio a por sus zapatillas moradas de piel de peluche.

Cuando abrió la puerta del dormitorio volvió a recibir una sorpresa, no tan grata como la anterior. De hecho, bastante desagradable a su parecer. La cama estaba perfectamente echa. Se acercó a la cama, incrédula, con la boca abierta y los ojos entrecerrados como el que intenta divisar algo en la lejanía. Tocó la colcha con la palma abierta. La cama estaba perfectamente hecha: la sabana debajo de la colcha perfectamente doblada, la almohada cubierta por la colcha y tres bonitos cojines color melocotón repartidos a lo largo de toda esta.
Aquello era muy extraño, y por un breve instante de tiempo, creyó a la vecina, aquella que le aconsejó no alquilar aquel piso, que si lo hacía se metería en problemas. Sintió una pequeña angustia, un pequeño mosquito que se agarró a su nuez y le hizo saborear un intenso y desagradable sabor. Pero se repitió a si misma que ella no creía en fantasmas. Debía haberse emborrachado más de la cuenta la noche anterior, y tener una resaca tremenda, tanto que acababa de hacer la cama y no lo recordaba.

Hizo un café y se lo tomó en un intento de despejar su mente y recuperar el aliento y la cordura. Se sentó en el bonito sofá azul marino del salón, adjunto a un gran ventanal que mostraba una amplia imagen de toda la ciudad, hoy turbada por las nubes grises y opacas que reinaban en el cielo, pero bonita al fin y al cabo. Llevaba un libro en la mano, “Los atardeceres de Laura”. Trataba sobre una chica lesbiana que se enamoraba perdidamente de un chico gay. Un amor imposible por el que sufría demasiado, tanto que ella esta al borde del suicidio.
Pero no podía concentrarse, no podía seguir la lectura, las líneas se turbaban, se retorcían y dejaban un gran hueco en la página, hueco por el que aparecía el rostro de la vecina, con aquellas palabras desconcertantes. Cerró el libro y lo apartó a un lado del sofá. Se levantó para coger el mando del televisor, que estaba en una pequeña mesa de cristal frente al sofá, y volvió a su sitio privilegiado en lo alto de la ciudad nublada pero hermosa.
Realmente no había nada que mereciese la pena en la televisión, pero Susan ni siquiera se percataba de ello. Ya podrían estar emitiendo un concierto de los Rolling Stones, o un documental sobre leones marinos, ambas grandes pasiones suyas. No hubiese importado, hubiese seguido sin percatarse. Porque simplemente se dedicaba a golpear el botón verde con la flechita que indicaba pasa al siguiente canal, sin ninguna coherencia, con sus ojos fijados en la pantalla de plasma, pero su pensamiento perdido en un bosque verde oscuro.
De repente el mando dejó de funcionar, ya no había canal siguiente, aquel programa basura sobre la vida de los famosos tres canales más allá no volvería a aparecer. A menos que cambiase las pilas del mando, pensó Susan un minuto después, cuando por fin se dio cuenta de que por mucho que pulsaba aquel botón, tanto y con tanta saña que le sudaba el dedo pulgar, el canal no avanzaba.

Se levantó y se dirigió a la cocina. Creía haber dejado un paquete de pilas para su cámara de fotos digital en uno de los cajones pequeños que se encontraban junto al fregadero. Efectivamente, las pilas eran las reinas del cajón. Eso le hizo recordar que debía de ponerse manos a la obra, con la inmensidad de cajas llenas de trastos de la mudanza, alojadas en el estudio. Y eso le hizo aumentar el dolor de cabeza.

Volvió al salón con paso cansado, casi arrastrando los pies, y dejó caer su trasero en el sofá con tanta violencia que el respaldo emitió un pequeño crujido al verse forzado contra la pared. Abrió la tapa del mando y sacó las pilas. Pero algo la detuvo en seco. Miró a la televisión, no sin cierta incertidumbre, y descubrió que el programa basura profamosos volvía a estar puesto, cuando Susan tenía la absoluta certeza de que al ir a buscar las pilas se había quedado puesto el canal de la tele tienda. De pronto la pequeña incertidumbre se hizo grande, enorme, y un pequeño grito sordo que no llegó a salir por su boca retumbó en su estomago. Pero no solo por el hecho de que no estaba puesto el mismo canal que cuando ella se fue, sino también porque se dio cuenta de que el receptor de infrarrojos en la televisión, un pequeño circulito justo debajo de la imagen, estaba tapado con un trocito de cinta aislante verde, un verde tan vivo que contrastaba de manera exagerada con el negro satinado de la televisión de plasma. Recordaba haber dejado aquella cinta aislante en una repisa que había a unos centímetros por encima de la tele, de hecho la cinta seguía ahí, pero lo que no recordaba era haberse levantado a coger un trozo y ponerlo en el receptor de infrarrojos, sin ningún motivo, y todo mientras estaba sentada en el sofá, maltratando el mando a distancia. Y no lo recordaba porque volvía a tener una certeza, la de que había permanecido todo el tiempo sentada. Se levantó del sofá de forma lenta y cuidadosa, como el que espera un golpe por la espalda, y se acercó un poco al televisor. Se arrodilló y miró con suma curiosidad y estupefacción la cinta aislante, un simple trozo de cinta aislante. Aquello parecía irreal. Se incorporó histérica, enfurecida con ella misma por creer haber pasado una noche tranquila, con solo dos cervezas y una charla amena con los amigos, cuando todo parecía indicar que no solo había llenado el estomago de alcohol, sino que lo había desbordado. Pensó en ir al estudio para empezar a poner algo de orden, creyendo que eso disolvería los nubarrones que cruzaban por su cabeza.

Pero algo la detuvo cuando sus piernas estaban alcanzando la verticalidad. El canal volvió a cambiar. Sólo. La cinta aislante verde seguía pegada en el receptor, y aunque no lo hubiese estado, el mando estaba con las pilas quitadas, tiradas en el sofá, como comprobó al volver la cabeza levemente hacia atrás. Al recuperar su posición normal, descubrió que la tele estaba cambiando de canal sin parar, con más velocidad incluso de la que ella lo había estado haciendo mientras tenía la mente en el bosque verde oscuro. Volvió a mirar el trocito de cinta verde intenso y se dio cuenta de que un botón que había junto al receptor, bajo el cual habían unas letras pequeñas que rezaban “channel up”, se estaba iluminando una y otra vez. Confusa, nerviosa y enfurecida se dirigió hacia la tele y con más rabia que la que sentía cuando no encontraba ningún piso decente al que le llegasen sus ahorros, empezó a golpear el botón adjunto al que se iluminaba, el que rezaba “channel down”. Estuvo así unos segundos, sin obtener resultado, hasta que sintió un tremendo escalofrío, que le recorrió desde los pequeños y delicados pelillos de los dedos de los pies hasta la última punta de su cuero cabelludo.
De repente dejó de pulsar el botón y empezó a notar cómo el aire le faltaba. Abría la boca más de lo que ella misma creía poder abrirla, intentado coger una bocanada de aire, un pequeño trocito de aire, pero no lo conseguía. Cayó de rodillas en la moqueta y se echó la mano al estomago, al tiempo que el pequeño escalofrió parecía convertirse en un cuchillo de acero inoxidable japonés que le desgarraba hasta los riñones. Incapaz de resistir semejante dolor perdió el conocimiento y cayó de espaldas, golpeándose en la cabeza contra la pequeña mesa de cristal que acompañaba al sofá.


Cuando despertó era ya de noche, aunque bien era cierto que el sol se había negado a salir aquel día, sometido por la inquebrantable fuerza de las nubes grises opacas. Echó una mirada en derredor sin levantarse del suelo. Todo estaba en orden. Miró al televisor. Estaba apagado, sin cinta verde intensa. Pero el mando a distancia estaba en la mesa de cristal, en lugar de en el sofá, donde ella recordaba haberlo dejado.
Se incorporó, con gran dificultad, se llevó una mano a la cabeza, y descubrió un protuberante y considerable bulto junto a la coronilla. “Debo haberme desmayado” pensó. Alargó el brazo y cogió el mando. Abrió la tapa de las pilas y descubrió que estaban puestas las de color dorado con una línea plateada, las mismas que parecían haberse gastado hacía unas horas. Se quedó un momento pensativa, mirando al suelo. Cuando reaccionó apuntó con el mando hacia el televisor y pulsó el botón de “on”. La tele se iluminó al instante, y cambiaba de canal sin ninguna dificultad.

Se dirigió a la cocina, aún con el mando en la mano, y volvió a abrir el pequeño cajón de madera clara lacada. Las pilas que había cogido para cambiar las que pensaba se habían gastado estaban ahí. Pero a pesar de ello, o quizás debido a ello, Susan tuvo la sensación, más fuerte y real que nunca, de que algo no iba bien. Y es que, había algo extraño. El pequeño envoltorio de plástico fino y delicado que cubría las cuatro pilas formando con ellas un bloque había desaparecido. En su lugar, había un trozo de cinta aislante verde rodeándolas y manteniéndolas unidas. Acercó la mano a las pilas con miedo, como esperando un nuevo escalofrío, y las cogió. Estaban pegajosas, como si se hubiesen hecho varios intentos con la cinta verde hasta alcanzar al fin la longitud exacta que cubría a las cuatro pilas, a la mitad de estas, como un cinturón. Las apretó con todas sus fuerzas, cerrando la mano, y un pensamiento le vino a la cabeza. Un mensaje. Su propia voz golpeando con insistencia en su mente, rebotando en el interior de su cráneo: estas pilas son reales, y algo no anda bien hoy.

Miró el reloj que había colgado en la pared opuesta al fregadero. Eran las ocho y veinte minutos de la tarde. De repente tuvo la idea de llamar a su vecina e invitarla a cenar. No tenía intención de iniciar una sarta de preguntas sobre fantasmas, seguía sin creer en ellos, estaba casi segura; pero no quería estar sola. Sentía que algo extraño y negativo pasaría si se quedaba sola durante las próximas horas. No le echaba la culpa a ningún fantasma, se las echaba a ella misma. No quería estar sola., y su vecina era la única persona, aparte de ella misma, en la última planta del edificio, y al fin y al cabo, era con la única persona de todo el edificio con la que había tenido un pequeño acercamiento.

Se puso una fina chaqueta deportiva color gris que había colgada junto a la puerta principal y salió con paso decidido y eficaz hacia la puerta de su vecina, que se encontraba justo enfrente de la suya, tan cerca que ni siquiera cerró su puerta.
Llamó un par de veces seguidas. Parecía que no estaba, o quizás tenía cosas más interesantes que hacer, “tendrá asuntos más importantes que ir a cenar a la casa en la que piensa que hay fantasmas y sólo pasan desgracias”, pensó Susan, tras lo cual dio media vuelta y si dirigió de nuevo a su piso. “Me iré al restaurante de las esquina a cenar y luego daré un largo paseo.”
Cuando cruzaba el arco de su puerta la vecina abrió la suya. Iba vestida con una blusa azul claro y unos vaqueros desteñidos, horteras y pasados de moda. Su oscuro y alborotado pelo era todavía más rizado de lo que Susan recordaba.

¿Querías algo, chica? ¿Como era tu nombre?
Susan… Susan. Y tú eras…
Mary. Me llamo Mary
Encantada de conocerte – dejó escapar una leve sonrisa y cruzó los brazos como notando frió, como abrazándose a si misma, con un gesto que la hizo parecer más débil y delicada de lo que siempre había indicado su fino pelo dorado como los maizales cercanos a su antigua casa.
¿Algún problema, Susan? Te veo mala cara. Preocupada. Creo que te advertí, y lo hice de buena fe, porque creo que eres una buena chica con algo de sensatez, de que en ese piso…
Sólo quería invitarte a cenar – la interrumpió bruscamente, dejando escapar las palabras con una velocidad que casi las hizo incomprensibles – Sólo quería invitarte a cenar. Nuestra primera conversación no fue muy agradable, al menos a mi parecer, a si que he pensado que podría preparar algo para las dos, relajarnos y conversar de nuestras vidas – añadió de forma más pausada.
¿Sabes qué? Me caes bien. Pero no tanto como para que yo entre en ese piso.
Vamos, ¿cuál es el problema? Esta todo en orden, no hay nada raro, nada sobrenatural – Susan dejo escapar de nuevo una pequeña sonrisa al tiempo que dejaba de abrazarse, una sonrisa que esta vez denotaba que estaba mintiendo, que sus palabras ni siquiera ella misma las creía.
No te preocupes, te invitare yo a cenar a mi piso. Así no habrá problemas y nos conoceremos igualmente, ¿no crees?
De acuerdo, como quieras.
Vamos, pasa – Mary la invitó a pasar al interior con un movimiento simultaneo de cabeza y mano.

Susan cerró la puerta del piso ínter dimensional de un portazo y siguió los pasos de Mary hacia el interior del de esta.

Me encanta ese cuadro – dijo Susan nada más entrar, con la puerta abierta tras de sí.
Lo compré en un rastrillo. Tirado de precio.

El piso de Mary parecía más grande que el de Susan. Nada más entrar había un gran salón, con tres enormes sofás color granate y las paredes color salmón, abarrotadas de cuadros, entre los cuales se encontraba el predilecto de Susan. Torcieron a mano derecha, donde se encontraba la cocina.

¿Que quieres que prepare para cenar?
Me da lo mismo, Mary. Podría comerme un ciervo entero – volvió a soltar aquella misteriosa sonrisita, la que hacia que ni ella misma creyese lo que decía, porque lo cierto era que tenía el estomago más cerrado que una caja fuerte alemana.
Yo había pensado prepararme unos espaguetis con tomate, ¿te gustan?
Si, me parece bien. Me gustan. Oye, ¿Dónde tienes el aseo? Necesito ir urgentemente.
Al fondo de salón, la puerta de la izquierda. La de la derecha es donde guardo los cadáveres – su voz sonó ronca y misteriosa, lo que hizo que Susan empezase a tornarse blanca tan rápido como un rayo cae del cielo y parte un árbol en dos mitades. No estaba para sustos – Vamos mujer, solo era una broma. Solo quería romper un poco el hielo. Te veo preocupada, y en esta casa no hay espacio para las preocupaciones. Mis cuadros se pondrían tristes – se dio media vuelta y sacó un enorme paquete de espaguetis de un pequeño cajón abarrotado de otros cuantos enormes paquetes de espaguetis. Parecía ser la comida favorita de la anfitriona.

Susan giró sobre sí misma sin decir nada, con el rostro aún un poco pálido, pero con gesto aliviado. No se explicaba como podía haber creído, aunque solo fuese por un pequeño espacio de tiempo, las palabras de Mary. “La de la derecha es donde guardo los cadáveres”. “Es ridículo” pensó Susan. Y tras volver a leer en su mente las palabras, pensó que cierto halo de locura rodeaba a Mary, tras pensar también en aquello de “en este piso habitan fantasmas”. Nada de eso, los fantasmas no existían, pero si era cierto que Mary estaba algo loca, quizás por la soledad o el aburrimiento. Susan estaba segura de ello.

A la vuelta del aseo los espaguetis estaban prácticamente preparados.

Vaya, ¿Dónde compras esa pasta? Apenas han pasado tres minutos y esto ya parece estar hecho, huele a deliciosa pasta italiana – Susan volvió a soltar una sonrisa, pero esta vez fue una sonrisa de conciliación, intentando olvidar el halo de locura para darle una nueva oportunidad a la anfitriona.
Pues en el supermercado de la calle Riverside. De hecho son los más baratos. Y de hecho han pasado veinte minutos. ¿Qué hacías tanto tiempo en el aseo? ¿No estarías robándome algo, verdad? Te advierto que no tengo nada de valor, absolutamente nada.

Susan se quedó pensativa, ¿era otra de sus bromas para romper el hielo? Fuese lo que fuera, aquello no le hizo gracia.

Yo pondré la mesa – dijo Susan de forma brusca.
Que menos, querida. ¡Que menos! – Mary soltó una pequeña carcajada.

La cena transcurrió de forma tranquila. Nada de bromas que hiciesen poner pálida a Susan o largas escapadas al aseo que mosqueasen a Mary.

Dime, ¿en que trabajas? – preguntó Mary tras haber devorado por completo el plato en menos de cinco minutos.
Soy escritora. Estoy escribiendo mi sexta novela. Trata sobre la vida solitaria de una mujer, que decide rehacer su vida tras largos años de aguantar palizas de su marido. También trabajo para un periódico, el Morning View. Llevaba 2 años como colaboradora y me han dado un puesto fijo hace tres semanas – fue la frase que Susan pronunció con más entusiasmo en todo el día.
Escritora, ya. Yo no trabajo. Tuve graves problemas de salud que me imposibilitaron ir a trabajar durante bastante tiempo, así que pedí la jubilación anticipada.
¿Jubilación? Pareces joven. ¿Y en que trabajabas?
Para la administración pública, ya sabes. Y no hace falta que intentes halagarme, al menos no por el lado de la edad. Se la edad que tengo, ¿sabes? Y el tiempo no pasa en balde para nadie. Así que simplemente dime que los espaguetis están deliciosos – Mary mostró una agradable sonrisa y se limpió con una servilleta de papel las grandes manchas de tomate de la comisura de sus labios.

Susan le devolvió la sonrisa, y por un momento parecieron estar unidas, como un par de amigas, fundidas en una sola persona. De hecho, cuando pasaron los minutos y la confianza, pequeña pero creciente, se iba afincando, Mary le preguntó a Susan cuantas veces hacia el amor a la semana y le dijo que su trabajo era una estupidez, una pérdida de tiempo. “Escritora, ¿A dónde quieres llegar con eso? Todos los escritores acaban por volverse locos’’. Susan le siguió la corriente, pero aquello fue un golpe muy bajo para ella que deshizo en gran parte la unión.

Bueno, espero que esto haya servido para conocernos mejor. Me gustaría invitarte a un café o charlar un rato en el salón, pero es mi hora de las pastillas, y me dejan tan atontada que si no me acuesto en los próximos tres minutos me quedaré dormida de pie – Mary se levantó y cogió un bote de pastillas que había en un armario sobre el fregadero.

Susan volvió a notar ese halo de locura en las palabras de su vecina, sin saber exactamente porqué. Pero lo cierto era, que con pastillas o sin ellas, era hora de marcharse. Era suficiente por hoy.

Te comprendo. No te preocupes, yo también estoy algo cansada. Ha sido un placer poder conocerte un poco mejor. Hasta la próxima, Mary.

Susan se levantó y salió de la cocina, sin siquiera recoger su plato. No es que fuese una persona maleducada, todo lo contrario, pero andaba con la mente en otro lugar. A Mary tampoco pareció importarle mucho. Ella también parecía estar en otro lugar, ya que ni siquiera respondió al mensaje de despedida de Susan.

Abrió la puerta de su casa con cierta inseguridad. Por un momento, un breve momento, volvió a tener la necesidad de abrazarse a si misma. Tenía frió. Entró en el piso, cerró la puerta tras de sí y se dirigió al sofá. Todo parecía estar en orden. Se sentó con suavidad y echó una lánguida mirada por el precioso ventanal. La ciudad estaba iluminada al completo. Miró un pequeño reloj que había en la repisa de encima del televisor y vio que no era demasiado tarde, así que decidió salir a dar un paseo y contemplar aquellas luces nocturnas de forma más cercana, con la intención de fundirse con ellas y ser un artífice más de la noche.
Cuando se puso de pie, descubrió que la cinta aislante verde ya no estaba sobre la repisa. Otro motivo más para salir a dar un paseo, incluso más fuerte que el de fundirse con las luces nocturnas.

La ciudad era preciosa. Muchas de sus calles aún estaban echas de piedra. El asfalto no era bienvenido aquí, y Susan lo agradecía. Porque aquellas calles tenían el encanto de una vieja ciudad europea, donde se respira el pasado. Los edificios también conservaban ese toque clásico, ese matiz que los hace distintos, ese matiz que a pesar de la decadencia de algunos, los transformaba en bellos colosos que parecían cobrar vida por momentos. La zona de la ciudad de Susan era de las más antiguas. Los edificios estaban prácticamente vacíos, con las ventanas de madera polvorientas y los balcones repletos de plantas muertas después de varios años sin recibir una gota de agua salvo la que caía del cielo. Pero todo poseía aquel matiz. Y puede que los edificios estuviesen prácticamente vacíos, pero las calles estaban repletas de gente. Era ya de noche, si bien las calles estaban pobladas, como en una noche de verano en una playa de México. Susan se preguntaba de donde podía salir tanta gente. Aquello le gustaba, le encantaba. Le encantaba mirar a su alrededor y ver gente, puntos insignificantes en el universo, pero con enormes e interesantes historias a sus espaldas que contar.

Cuando llegó a la calle de Riverside, la del supermercado, la que daba a un enorme río, decidió que era hora de regresar a casa y descansar un poco. Había sido un día difícil, extraño como pocos en su vida, y eso lo notaba. Tenía uno de los mayores cansancios mentales de toda su existencia, más incluso que cuando anduvo inmersa en su segunda novela, aquella que por más que lo intentase, se resistía a ser conclusa de forma coherente y salvaguardando lo que había querido trasmitir desde el principio.

Abrió el portón metálico con energía y tomó el ascensor que había al final del largo pasillo. Era un ascensor muy antiguo, que incluso solía fallar. Pero la comunidad se negaba a poner uno de esos nuevos cacharros tecnológicos con hilo musical y botones retro iluminados. Antes morir dentro del ascensor tras precipitarse este violentamente hacia el primer piso que instalar una de esas blasfemias tecnológicas.

El hueco del ascensor estaba a unos cinco metros de las dos únicas puertas de la última planta. Susan salió de él buscando en su bolso una nota que había escrito hacía unos días mientras viajaba en el autobús, una clave para descifrar un gran conflicto de su nueva novela. Llegó hasta la puerta de su casa a pasos ciegos, con la vista fijada en el bolso, removiendo con la mano derecha una y otra vez todas las pertenencias que llevaba en él, de un lado para otro, como el que prepara con ahínco una sopa de pescado. No la encontraba, y eso la hizo ponerse de muy mal humor.
Mal humor que se apagó de repente, con un cubo de agua fría, casi congelada, cuando se percató de que en el suelo del pasillo había una gran mancha de sangre que comunicaba su puerta con la de la vecina. Susan se echó las manos a la cabeza y en su estomago volvió a tener lugar aquel grito sordo, más angustioso que nunca, acompañado de un mosquito más grande que nunca dejando un sabor más desagradable que nunca. Porque aquello ya no podía tratarse de sugestiones o creencias en fantasmas. Aquello era real, era sangre, como ella misma comprobó al agacharse, tocar el suelo con la palma de la mano y manchársela. Estuvo de pie, congelada, varios minutos. Cuando por fin reaccionó abrió la puerta casi a empujones, intentando alcanzar lo antes posible el teléfono para llamar a la policía. Pero cuando pensaba que ya nada podía ir peor aquel martes 13 de Noviembre volvió a llevarse una desagradable sorpresa.

Al abrir la puerta creyó morir durante unos segundos. Todo estaba tirado por el suelo. Sillas, mesas, el televisor, las cajas del estudio, las velas decorativas de la repisa del comedor, la cafetera, los cojines del sofá, todo. Los armarios de la cocina abiertos y la mesita de cristal rota en mil pedazos. Una estampida de rinocerontes parecía haber pasado por allí mientras ella disfrutaba de unos espaguetis con tomate y el aroma nocturno de la ciudad.
Pero lo peor no fue aquello. Aquello tenía arreglo. Lo que parecía no tener arreglo era la enorme mancha de sangre que conectaba la puerta de su vecina a sus espaldas con la puerta que había justo enfrente tras cruzar el comedor, la de su dormitorio. Fue siguiendo la mancha, a pasos cortos y lentos, débiles y tímidos, con la boca abierta y una mano en el pecho, por si su corazón decidía abrir un hueco entre las costillas y escapar corriendo. Cuando por fin llego a la puerta del dormitorio, la abrió apenas cinco centímetros, con sumo cuidado, como si esta fuera de papel y fuese a romperse. Intentó descubrir algo por aquellos escasos cinco centímetros, y logró ver su armario, abierto y sin ropa. Tras unos segundos de titubeos logró dar un empujón a la puerta. Retrocedió unos centímetros, en un acto reflejo de precaución, y cuando la puerta se hubo abierto por completo descubrió que las cosas siempre pueden ir peor.
Las sábanas de la cama estaban tiradas en el suelo, junto a toda la ropa que había en el armario. Y en la cama, en la fina funda verde pistacho que cubría el colchón, había una inmensa mancha de sangre. De hecho todo estaba manchado de sangre: la ropa del suelo, el propio suelo, las paredes, todo. Logró distinguir en la pared de enfrente, justo encima de la cama, unas manchas de lo que parecían ser unos dedos, unos dedos que se arrastraban desde mitad de pared hasta el colchón.

Susan sudaba más de lo que lo había hecho en toda su vida. Sentía como todos sus órganos se encogían hasta ser del tamaño de un garbanzo, un puñado de garbanzos atrapados en una olla a presión. Sentía cómo se quedaba sin corazón y sin pulmones, porque le era casi imposible respirar con todo aquello ante sus ojos. De repente, por un momento, le pareció que la idea de llamar a la policía no era tan buena.
Dio media vuelta y fue siguiendo el rastro de sangre hasta que llegó a la puerta de Mary. Pulsó una vez el timbre, un único y tímido toque de timbre.
Los segundos pasaban y la puerta no se abría. Susan se temía lo peor. Miró a sus pies y descubrió cómo la mancha de sangre se introducía de forma firme e ininterrumpida bajo la puerta de su vecina.
El silencio era sepulcral en todo el pasillo. Susan pensó en volver a pulsar el timbre, otro tímido toque con su dedo rezumante de sudor, y fue en este momento, justo antes de volver a pulsar por segunda vez, cuando la puerta se abrió y apareció Mary. Su blusa azul claro y sus vaqueros horteras estaban ahora empapados de sangre, su pelo estaba más revuelto que de costumbre y éste había adquirido cierto matiz grisáceo, como si una pequeña lluvia de cenizas hubiese caído sobre ella. Ante aquella imagen cualquiera hubiera jurado que Mary se había disfrazado para asistir a una fiesta de Halloween.

Mary…¿¡Que demonios ha pasado aquí!? – dijo Susan, en un tono furioso pero no demasiado elevado.

Mary se quedó unos instantes callada, haciendo honor al silencio sepulcral que inundaba toda la séptima planta. Su mirada era inquietante, clavada ésta en los ojos de Susan, sosteniendo ambas una tensión indescriptible. Si en ese momento alguien hubiera puesto un vaso del mejor vidrio entre la mirada de ambas, sin duda se hubiese roto en mil pedazos. Susan apartó la mirada, incapaz de soportar tal presión, y la desvió hacia el interior de la casa de Mary. Logró ver como el rastro de sangre cruzaba todo el salón y se introducía en la puerta del fondo, la de la derecha, la de “donde guardo los cadáveres”, recordó Susan, y se puso mucho más pálida que cuando escuchó aquellas palabras, tanto que daba la impresión de no llegarle ni una gota de sangre a la cabeza.

Lo he matado – le respondió Mary por fin, al ver que Susan había dejado de mirarla y había descubierto lo que parecía ser un oscuro secreto.
A... ¿a quién has matado Mary? – su voz sonó tan débil que la frase casi se quiebra en mil trocitos antes de llegar a los oídos de Mary.
A él. Lo he matado a él.
¿¡Quién demonios es él!? – replicó Susan, con un chillido agudo.
Él. Él iba a matarte. así que te he salvado la vida. Hoy ha estado jugando contigo, pero iba a matarte antes de lo que suele hacerlo. Iba a hacerlo esta noche mientras dormías, estoy segura. Y todo porque no le caías bien. Aunque en el fondo el a ti tampoco te caía bien.

Susan no podía creer lo que estaba escuchando. Mary tenía la mirada totalmente perdida, tanto que daba la impresión de haberse quedado invidente de repente, como si sus ojos se hubieran desconectado de su cerebro.

Estás jodídamente loca – escupió Susan sin previo aviso, y su voz sonó más convincente y fuerte que en todo el día.
Así me lo agradeces. Bueno, no te culpo. Imagino que todo esto es un poco chocante para ti.
¿Un poco chocante? ¡No tienes idea de cuanto! – Susan se abalanzó furiosa sobre Mary, hasta estar a escasos diez centímetros de su nariz.
Límpialo todo y descansa. Ya me lo agradecerás mañana, o la semana que viene. Puedo esperar. Yo me encargo del pasillo. Pero no se te ocurra llamar a la policía. No cometas esa estupidez.

Mary cerró de un portazo y el silencio volvió a imperar. “Rematadamente loca” pensó Susan.

Si crees que no voy a llamar a la policía es que no me conoces bien. Hace falta algo más que unos espaguetis con tomate para que yo encubra un crimen – dijo Susan a la puerta de su vecina, en un tono suave, sin importarle realmente si Mary la escuchaba o no.

Entró en su piso y se dirigió hacia el teléfono, en una mesita pequeña de madera junto al sofá, dejando la puerta abierta tras de sí. Se sentó y contempló una vez más el rastro de sangre que pasaba a su izquierda. Recorría todo el salón, cruzando el pasillo, y continuaba bajo la puerta de Mary. Cogió el teléfono con firmeza y marcó el número de la policía.

Creo que mi vecina ha matado a alguien. Todo esta manchado de sangre.

Susan se quedo allí, impasible, con la mirada fija en el pasillo manchado de sangre y la puerta de Mary. Los minutos pasaban y su mente se congelaba más a cada instante, hasta llegar al punto de ser incapaz de hilvanar cualquier mínimo pensamiento. Ella solo quería un piso decente que estuviese a su alcance económicamente, con dos habitaciones, para transformar una de ellas en su rincón de escritura. No quería este tipo de cosas, no estaba preparada para ello.
De repente oyó como el ascensor paraba acompañado de su característico ruido metálico. Oyó pasos de varios pies, que se hacían cada vez más fuertes conforme se acercaban al reguero de sangre. A los pocos segundos aparecieron ante su puerta dos hombres, uno alto con pantalones negros y chaqueta marrón oscuro, y otro algo más bajo, con la piel morena, vestido de uniforme. Susan se quedó observándolos sin levantarse del sofá.

Señorita… dijo el más alto de los dos sin acabar la frase.
Susan. Susan Koeman – respondió Susan al tiempo que se levantaba del sofá, apoyando las manos en este para ayudarse, como si su cuerpo fuese cuatro veces más pesado de lo habitual.
Inspector Frederick. Y aquí el oficial González. ¿Qué es lo que ha pasado exactamente?

Susan comenzó a caminar a través del salón, mirando al suelo, bordeando con habilidad la mancha de sangre para no pisarla, hasta que llegó a la puerta.

Hace cosa de una hora y media salir a dar un paseo. Cuando me fui todo estaba en orden. Y al volver, tras media hora o cuarenta minutos, me encontré con esto – Susan hizo una pausa para tragar saliva, pero sobre todo para tranquilizarse, ya que sus palabras comenzaban a sonar temblorosas – Todo estaba patas arriba, como podéis comprobar. Al ver que la mancha de sangre conectaba también con la puerta de la vecina la llamé asustada. Tardó unos minutos en abrirme, y cuando lo hizo y le pregunté que es lo que había pasado, me respondió que lo había matado. Que lo había matado. A él – logró continuar Susan, con más eficacia.
¿A quién había matado? – pregunto González.
No tengo ni idea – sus palabras volvieron a sonar temblorosas, tanto que estallaron en un sollozo.
Tranquilícese señorita, nosotros estamos aquí para resolverlo todo. Tranquilícese, necesitaré que me responda a unas preguntas – dijo Frederick en tono protector, al tiempo que apretaba una y otra vez el timbre de Mary ¡Policía! ¡Abra la puerta señora, o la tiraremos abajo! – gritó al ver que no obtenía respuesta desde el otro lado de la puerta.
¿Sabes si ha salido? – preguntó González a Susan.
No, no ha salido. Estoy segura. He estado todo el tiempo con mi puerta abierta, sentada en el sofá, con la mirada fijada en la suya – respondió Susan haciendo indicaciones con el dedo pulgar.
González, ayúdeme – replicó Frederick en tono agrio y severo.

González se puso frente a la puerta de Mary, retrocedió un metro, tomó impulso y asestó una tremenda patada a la puerta que no solo la abrió de golpe, si no que casi la parte en dos pedazos.

¡Policía! ¡Salga de donde este! – volvió a gritar Frederick mientras cruzaba el umbral de la puerta y se introducía en el interior del piso, con González tras sus pasos.

Susan se acercó un poco, echó un rápido vistazo y vio como la mancha de sangre seguía en su lugar, impoluta, cruzando todo el salón y llegando a la puerta de la derecha, que seguía cerrada.
Frederick y González recorrieron todo el piso, pero no había rastro de Mary. Susan pudo ver como González habría la puerta a la que llevaba la mancha de sangre. Era una habitación pequeña, y vacía. Estaba completamente vacía. Ni un mueble, ni un cuadro, nada. Sólo una gran mancha de sangre en el centro y, apoyada en una esquina oculta en la oscuridad, una fregona. Volvió la mirada hacia otro lado, y, extrañada, vio cómo Frederick abría todos los cajones y puertas de armario que veía a su alrededor. También descubrió unas pequeñas gotas de sangre que parecían salir del aseo y llegaban hasta la habitación vacía. González también parecía haberse percatado de aquello, ya que se dirigía hacia el aseo, mirando al suelo.

Aquí no hay nadie. Ni nada. Solo he encontrado esto – González se paró junto a la puerta del aseo y señaló al suelo. Junto al inodoro había una botella vacía de un fuerte desinfectante.
¿Esta usted segura de que su vecina no ha salido después de hablar con usted? Es imposible que haya escapado por la ventana, no hay repisas ni cañerías – observó Frederick al tiempo que se dirigía hacia la puerta de entrada, hacia Susan.
Totalmente segura. No he dejado de mirar esta puerta ni un segundo, y estoy totalmente segura de que no se ha abierto – Susan se mordió levemente el labio inferior y se llevó una mano a la cara, nerviosa.
¿Cómo se explica que no haya ninguna pertenencia en todo el piso? – preguntó González enarcando las cejas y poniendo especial énfasis en la palabra todo.
No lo sé. Quizás solo estuviese de paso, pero es muy extraño – contestó mientras continuaba andando.

Frederick llegó a donde se encontraba Susan. En su cara se dibujaba un gesto de preocupación, de incertidumbre. Mientras, sus ojos no dejaban de moverse, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, intentando descubrir que es lo que se le estaba escapando. De repente, se quedó con la mirada fija en la puerta, en la placa metálica que había bajo el ojo de buey, esa típica placa con el nombre del propietario del inmueble.

Mary Campbell – dijo Frederick, con la mirada aún clavada en la placa – No es posible – desvió la mirada de la placa y se quedó unos instantes mirando al suelo, pensativo.
¿Qué ocurre, inspector? – pregunto Susan, nerviosa.
He de hacer una llamada – respondió Frederick en tono serio pero suave.

Susan vio como Frederick salía del piso, pasaba delante de ella y se dirigía hacia el final del pasillo, en dirección al hueco del ascensor, con el teléfono móvil en la mano. Cuando llegó al final del pasillo, donde la luz de las lámparas del techo apenas alcanzaba y se dibujaban sombras en los rincones, se colocó el móvil en la oreja y comenzó a hablar, en un tono tan bajo que a Susan le era imposible distinguir una palabra.
González dejó de abrir cajones al ver que su compañero ya no estaba con él y caminó hacia Susan.

¿Qué ocurre señorita? – preguntó González.
Está llamando – respondió Susan, señalando con el dedo a Frederick, y fue en este instante cuando éste se llevó el teléfono de la oreja al bolsillo de su chaqueta marrón y deshizo sus pasos hacia el piso de Mary, hasta llegar junto a Susan y González.
¿Algún problema Fred? ¿Llamabas a comisaría? – preguntó su compañero.
No, todavía no. Llamaba a mi madre. ¿Recuerdas que mientras subíamos por el ascensor te he dicho que este edificio me era muy familiar? Pues bien, ya se porqué – torno su mirada hacia Susan, y la expresión de su cara se volvió seria y amarga – Mary Campbell, una gran amiga de mi madre. Amigas del alma. Recuerdo haber cenado aquí una vez, hace unos quince años, con mi madre y con Mary. Como olvidarme de ella. Mi madre estuvo sumida en una tremenda depresión, cuando Mary tuvo aquel accidente de coche y murió.
¿¡Cómo!? – Susan volvió a estallar en sollozos ¡No es posible! ¡He cenado con ella esta noche! ¿¡Me oye!? ¡He cenado con ella esta noche! – gritó mientras agitaba los brazos en el aire, como intentando ahuyentar a una jauría de avispas africanas.

González la sujetó del brazo, evitando que cayese en redondo al suelo. Toda su fuerza se estaba escapando por la boca y los ojos. Esos ojos verdes que por un momento parecían tornarse grises.

Mary Campbell murió en un accidente de coche. Hace diez años. Yo mismo estuve en su entierro – sentenció Frederick levantando la voz, intentando sonar por encima de los sollozos de Susan.

Susan intentó soltarse de González, el cual la tenía sujeta con fuerza. Los sollozos de repente se congelaron, sus lágrimas se congelaron, sus ojos se cerraron lentamente y su boca se abrió más de lo que ya estaba mientras todo su cuerpo quedaba atrapado en el tiempo durante un instante, como la melodía melancólica del mar, que se diluye y muere después de juguetear con nuestro oído, pero parece querer quedarse para toda la eternidad. Cayó de rodillas al suelo, a pesar de que González la sujetaba con fuerza. Abrió de nuevo los ojos, cubiertos estos por un telo de densas lágrimas, y clavó su mirada en los oscuros y grandes ojos de Frederick, al tiempo que intentaba digerir tal cuantía de sombrías palabras.

Me temo que va ha tener que explicarnos muchas cosas, señorita Susan.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:22 pm

Rebecca era una joven guapisima, sus ojos eran azules y su pelo tan rubio que parecia de oro y su cuerpo era perfecto.
Rebecca se llevaba a todos los chicos de calle, era muy respetada y sus amigas la querian mucho. Hasta que un dia, la envidia empezó a aflorar entre sus amigas, hasta que la envidia las volvió locas y trazaron un plan para destruirla.
La engañaron mandándole una carta del chico que le gustaba. citándola en un bosque a las afueras del pueblo. Lo siguiente que pasó fue una atrocidad, sus amigas la acorralaron y le arrancaron sus bonitos ojos, la dejaron calva y quemaron sus cabellos y por último la atravesaron con un machete, la descuartizaron y dieron sus restos a los lobos...
Pasaron los años y las asesinas de Rebecca ya eran adultas y tenian hijos. La noche del 30 aniversario de la muerte de Rebecca, la sangre corrió en las camas de los hijos de todas sus asesinas y es que rebecca se vengó de sus amigas matando a sus hijos sin piedad alguna. Sus madres, horrorizadas, se encontraron con el cuerpo de sus bastagos y una inscripción escrita con sangre que decia:
Que mala es la envidia, no?
Rebecca ya podia descansar en paz, había cumplido su venganza......

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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:23 pm

Volví a casa, desesperada, llorando sin poder contenerme. La rabia, la desesperación, el engaño, la decepción, todos esos sentimientos se mezclaban en mí con alarmante velocidad mientras brotaba de lo más hondo de mi ser un grito desgarrador de dolor. Ese día terminó todo para mí. Ian se fue, y desde entonces una nueva personalidad brotó en mí, que no deja salir al exterior a esa otra tímida y preocupada niña que fui antes de conocerle. Este oscuro ser, ha sido creado por el propio odio, el mismo que ahora derrama esas lágrimas que caen por el rostro de mi maléfica, desesperada y ahora oscura alma.

Voy subiendo por la escalera del edificio donde vivo, Trafalgar 7. La pintura de las paredes se pela desde hace años. Me quedo quieta durante algunos minutos, arrancando más trozos con la mano y haciendo un boquete cada vez mayor. A mis pies quedan restos de pintura y un fino polvo blanco que tapiza el suelo. Después continuo subiendo, maldita casa, son muchos pisos y no hay ascensor. Al llegar al segundo piso miro el fluorescente. Apagado y muerto. ¿Por qué nadie se molesta en cambiarlo? ¿Los habitantes de ese piso no se podrían gastar unos céntimos para comprar otra luz polvorienta y insuficiente? Ahora mismo no deseo la oscuridad. Necesito que algo me ilumine. El sol no volverá a tocarme nunca. En estas últimas horas solo veré luz artificial.

Llego a mi piso, abro la puerta y entro. Dejo la mochila en el suelo, entro en el baño y empiezo a desnudarme, dejando la ropa en el bidé. Sin nada encima me meto en la pequeña bañera, porque he tomado una decisión. En la noche tenue y oscura, como no hay otra opción, pienso desgarrar mi vida, esa es mi solución. Tengo dos cuchillas afiladas, son un arma mortal, pero esta sangre que corre por mis venas no es fácil de derramar. ¿Tengo yo derecho a desaprovecharla así?

Terror ante lo desconocido. Miedo a lo ya pasado. Estoy en un túnel en el que sólo hay oscuridad. Avance o retroceda, el resultado no será muy diferente. Si vuelvo atrás, a mi existencia desgraciada, no encontraré la luz al final del túnel, si no una pared contra la cual me daré golpes hasta desfallecer. Si sigo adelante, corro el riesgo de acabar en un infierno de llamas ardientes, peor del que intento dejar atrás. La elección está en mis manos, que sostienen las cuchillas con renovado interés. Unas cuchillas que desean hundirse en mi carne para verme desfallecer en medio de un charco de sangre. Esas cuchillas gritan, pidiendo ser usadas con prontitud, el diablo las izo para cumplir esta noble misión. Mi parte razonable suplica con desespero para que no les haga caso, pero la muerte me esta esperando, como un guante sin mano dentro espera ser llenado.

Y, aunque sea inútil, en mis últimos momentos antes de cumplir la promesa de acabar con mi vida, elevo una oración a Dios, rogándole que me acoja en su reino, pues temo ser devorada por el fuego por el que han pasado tantos pecadores. Pidiéndole que mi muerte no entristezca mucho a aquellos que me aman (si es que los hay). Suplicándole que no me permita arrepentirme de mi decisión cuando no haya vuelta atrás. Y, sobre todo, rogándole que cuando yo me haya ido, Ian se sienta mal por ser la causa de mi suicidio.

El momento está cada vez más cerca. Oigo a La Flaca respirando ansiosa sobre mi hombro, esperando con una impaciencia creciente el instante de llevarme con ella. Puedo incluso ver su silueta oscura, con la guadaña en alto. El frío que desprende su presencia me incita a actuar con silenciosa rapidez. Las dos sabemos que mi madrastra llegará a casa en cualquier momento, y ella podría impedir que me regodeara en el dolor que precede a la paz más temida y esperada de todos los humanos.

No puedo prosternar más este momento. Las cuchillas tiemblan en mi mano, tengo por primera vez un asomo de vacilación. Intentando no pensar en lo que hago, tomo aliento, aprieto los dientes y presiono una cuchilla contra la piel de mi muñeca izquierda. Del corte empieza a salir sangre de color granate. Ya está hecho, ya no hay vuelta atrás, se acabó el sufrimiento, ahora miro hacia delante con esperanza. La sangre (¡mi sangre!) mana en abundancia de mi muñeca, y yo la contemplo, extasiada con el baile, cada vez más rápido, que hace al bajar por el brazo.

Se disparan varias voces en mi cabeza:

¿Qué he hecho? ¡Tengo que parar la hemorragia, me desangro!
Tranquila, no pasa nada.
¡Voy a morir!
Todo está bajo control, no debes preocuparte, ya estaba previsto.
Me duele... No quiero seguir... ¡Que alguien me ayude!
Sabes que ya es demasiado tarde.

Una parte de mí, aterrorizada, lanza mi mano hacia la herida roja de la que mana abundantemente el líquido más preciado que posee cada mujer, cada hombre, cada infante, cada anciano. Mi parte decidida (y menos razonable) baja la extremidad salvadora que intentaba hacer fracasar mi propósito.

Siento mi mente cada vez más nublada, mis fuerzas cada vez más minadas, mi cuerpo cada vez más débil, mi resistencia a la muerte cada vez más ligera. Poco a poco, la oscuridad se va adueñando de mis llorosos ojos, que cansados de ver la crueldad de este mundo se van apagando lentamente. Como una moribunda vela, mi luz va desapareciendo, confundiéndose con el negro vacío del universo humano. Entonces, con apenas un leve movimiento, mi alma se desprende de mi pálido cuerpo físico y emprende el cavernoso camino que a todos nos toca recorrer tarde o temprano. Andando lentamente, desaparece de mi lejana mente cualquier otro pensamiento que el de seguir adelante sin detenerme, avanzando con sigilo para encontrar el extraño destino que desconoce hasta el más viejo de los sabios.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:24 pm

En un clásico día como es la víspera de Todos Los Santos, un grupo de amigos decidió acampar en un bosque a unos cuantos kilómetros de su pueblo. El grupo estaba formado por tres chicos: Raúl, David y Marcos, y por cuatro chicas: Lidia, Alba, Natalia y Aroa. Esta última hacía poco que se había incorporado en el grupo, era la típica marginada, e incluso la gente del grupo la había insultado y a veces hasta pegado, pero terminaron por aceptarla.

Cuando tuvieron listas las tiendas, fueron a buscar leña e hicieron una hoguera para preparar la cena. Ya cenados, se pusieron a contar historias de terror, se dieron sustos y se fueron a dormir. Marcos se despertó. Había tenido una pesadilla. Se incorporó y un escalofrío le recorrió la espina dorsal; hacía frío. Inquieto en su saco de dormir, cogió un abrigo y la linterna y salió a dar una vuelta.

No se ve ni un pijo, dijo Marcos.

Así que encendió la linterna y en ese momento deseó no haberla encendido, ya que Natalia estaba colgada en la rama de un árbol, ahogada y con las cuencas de los ojos vacías. Entonces sintió crujir una rama y se volteó. Vió a una persona encapuchada, que desenvainó una katana y se acercó rápidamente a él. Marcos no tuvo tiempo a escapar, ni siquiera gritar, sólo sintió un leve corte en el cuello y nada más. El encapuchado había decapitado a Marcos.

Raúl se despertó y al ver que Marcos no estaba salió de la tienda y se dirigió a la tienda de las chicas. Se horrorizó al ver que Lidia y Alba estaban descuartizadas, pero a Lidia le faltaban los brazos y a Alba las piernas.

Fue corriendo como pudo a la tienda para avisar a David. Despertó a David y le contó lo sucedido. Raúl pudo apreciar, a pesar del rostro sereno que tenía David, una mueca de dolor. Se prepararon para ir a buscar a los demás, por si habían sobrevivido. Cinco minutos bastaron para encontrar los cadáveres de Natalia y Marcos; Natalia sin ojos y Marcos sin cabeza.

Después de mucho buscar, divisaron una casa abandonada y se dirigieron a echar un vistazo, por si Aroa se había escondido allí del asesino. En el interior había un hedor insosportable y cada vez que se daba un paso, la madera crujía tanto que parecía que se iba a hundir en cualquier momento. Decidieron separarse; Raúl iría por la planta de arriba y David por la de abajo. David se adentró en una habitación, que resultó ser la cocina. Dedujo que el hedor provenía de ahí, así que abrió la nevera, en la que había carne ya descompuesta. A David le dieron ganas de vomitar, pero se retuvo al escuchar un fuerte grito, seguido de un fuerte golpe contra el suelo.

Subió las escaleras y vió a Raúl en el suelo, rodeado en un charco de sangre escarlata y con un hacha pegada en la frente. Le faltaba el pelo. Sintió una presencia detrás y... se durmió. Cuando se despertó le quemaban las muñecas y los tobillos; estaba atado de pies y manos. Le habló una voz, pero no era una voz cualquiera, era una voz muy conocida, era la voz de Aroa.

Vaya, vaya, vaya; Marcos el deportista, Raúl el ligón, Lidia la perrita faldera, Natalia la pija y Alba la falsa, muertos. Mi plan va a la perfección dijo con una sonrisa maliciosa.

¿Cómo qué plan? ¿Los has matado tú? dijo David.

Por supuesto. ¿Qué creías, que iba a olvidar todo lo que me habéis hecho? Nunca he tenido amigos, y vosotros os burlabais de mí. Me habéis hecho mucho daño. Pero mi plan no estará listo hasta que te mate!

Aroa cogió un hacha y con un movimiento rápido cortó una pierna a David y éste gritó de dolor. Sin tener tiempo a decirle algo, se dió cuenta de que se dirigía la otra pierna, y se la cortó.

Por favor Aroa, ¡Para ya! rugió David.

Sabes que te voy a matar, y no vas a poder hacer nada dijo Aroa con una sonrisa burlona. Pero antes de morir quiero que veas para qué os voy a utilizar.

Abrió una caja de la que sacó los ojos de Natalia, la cabeza de Marcos, el pelo de Raúl, los brazos de Lidia y las piernas de Alba. También sacó una aguja y un dedal para coser.

Voy a dejar que tu cabeza piense qué voy a hacer. Te daré una pista, lo que quiero de ti es tu torso.

Y sin más miramientos volvió a coger el hacha y le cortó un brazo. Después el otro. David ya empezó a atar cabos, pero Aroa abrió la boca para dictar su final. Y dijo:

Como decía mi abuela, si no tienes amigos, háztelos.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:24 pm

Llevaba dos horas en aquella discoteca, acodado en la barra esperándola y ella no se dignaba a aparecer. Recordaba el primer día que la vio, era tan hermosa…. un cuerpo de infarto, vestida de negro absoluto con unos pantalones y un top que se acoplaban a su figura como una segunda piel, los tacones de vértigo y la melena, negra también, suelta. No pudo apartar los ojos de ella en toda la noche, hasta que al final la vio marcharse con un imbécil que debía llevar veinte copas de más entre pecho y espalda.
La semana siguiente acudió a la misma discoteca con la esperanza de volver a verla, sólo eso, ni siquiera se planteó el abordarla, le intimidaba demasiado, tan solo quería verla de nuevo y allí estaba, otra vez de negro pero ahora con una minifalda que tenia mucho de mini y muy poquito de falda, unos tacones imposibles y un suéter que le dejaba un hombro al descubierto haciéndola más deseable todavía, como si tal cosa fuera posible. Ese día vio el color de sus ojos… verdes, como el océano mas profundo, como la selva más misteriosa, como la esmeralda mas fría. Ese día ella le miró y pareció como si una sonrisa tentadora y maliciosa quisiera aflorar a sus labios, o eso creyó él.
Desde entonces habían seguido un juego tácito en el que él la esperaba todas las noches, la miraba como un naufrago al ultimo pedazo de madera con el que poder mantenerse a flote, ella, siempre de negro, le miraba y la sonrisa afloraba a sus labios, una sonrisa que tenia algo de malvada, tenia que admitirlo, y quizás por eso le excitaba aún mas. Cuando él intentaba abordarla ella acababa desapareciendo detrás de una columna, de una puerta, de una nube de humo…. No lograba alcanzarla, sólo la volvía a ver cuando se marchaba con el idiota de turno que nunca era el mismo, aunque siempre eran estupidos que habían bebido demasiado o buscaban bronca o seguro que se habían metido algo.
La noche anterior había sido diferente. Ella le había mirado y se había acercado, “no desesperes” le dijo en un susurro “todo llega”. Su voz era dulce como la miel, suave como la seda, cálida como una manta en invierno…. Un escalofrío recorrió su cuerpo y deseó tenerla a su lado y que le hablase de esa forma, deseó acariciarla y besarla y decirle lo hermosa que era. De nuevo había desaparecido y de nuevo la vio marcharse con un tipejo absurdo que cantaba “Asturias patria querida”.
Y ahí estaba él esa noche, esperándola de nuevo pero no aparecía. Precisamente ese día, que se sentía más valiente, más audaz, más seguro que nunca de que hablaría con ella y que ese seria el día en ganaría por fin.
“Hola cariño”. Esa voz... estaba junto a él, acariciándole el oído, “¿te apetece acompañarme esta noche, cielo?” Por fin. Por fin el universo había girado a su favor, por fin ella le pedía que le acompañase. No pudo ni hablar, sólo le cogió la mano y salió con ella. Esa noche iba espectacular, unas mallas que delineaban sus piernas perfectas, sus maravillosos tacones que la hacían casi tan alta como él, aquel suéter que tanto le había gustado, el que le dejaba el hombro al descubierto, un hombro níveo y suave, la melena suelta como siempre y esos maravillosos ojos mirándole a él, solo a él… era como un sueño.
Subieron al coche pero antes de arrancar quiso hacerle una pregunta:
Dime una cosa… ¿Por qué has jugado tanto conmigo todo este tiempo?
No cariño, le contestó ella con esa voz melodiosa y encantadora, has sido tú el que has jugado conmigo, el que has acabado tentándome, y ahora….
Un dedo recorrió su pecho hasta pararse a la altura del corazón. En ese momento sintió un frío espantoso, un dolor increíble, un miedo paralizante… la miró de nuevo y pese a seguir siendo la mujer mas hermosa que había visto jamás había algo realmente aterrador en esa mirada verde, en esa piel blanca casi transparente, esa boca oscura que se abría hasta que sintió que el último hálito de vida se marchaba por ese agujero sin fin.

El agente de atestados le cubrió el rostro con la sábana en espera del juez. No pudo evitar un sentimiento de tristeza al hablar con su compañero.
Estos jovenzuelos se creen los reyes del mundo, – le dijo, se pasan la noche bebiendo, metiéndose de todo y luego cogen el coche como si nada para acabar estampándose en cualquier pared
Sí, respondió el otro, – No se dan cuenta que lo que hacen es jugar con la Muerte tentándola continuamente hasta que al final ésta acaba por llevárselos.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:25 pm

El 9 de febrero de 1995 Manuel Álvarez (nombre figurado), vigilante de las obras del ferrocarril de La Cañada (Ávila), entraba presa de un ataque de nervios en la cantina de la estación, donde ya sólo quedaban unos pocos parroquianos. Después de tranquilizarse comenzó su relato: sobre las 21:30 horas, estando encerrado en el barracón donde pasaba sus noches de vigilancia, escuchó ladrar a la perra. Cuando abrió la puerta el animal entró, apareciendo sin la cadena que la amarraba, y se acurrucó en un rincón. Al asomarse la comida del animal saltaba, entrando y saliendo del cuenco que instantes antes había llenado y golpeando en el camión en cuyos bajos estaba. Al girarse se dio de bruces con una mujer joven, morena y muy guapa vestida de blanco, con una especie de gorro cónico, que flotaba a 50 centímetros de altura. La mujer tenía en una de sus manos una vara con la que parecía garabatear en el suelo.

Al ver la escena Manuel Álvarez corrió para la cantina en busca de refugio, donde entró preguntando por quién había muerto ese día porque se le había aparecido. Cuando los pocos asistentes corrieron al lugar del encuentro descubrieron dibujado en la tierra dos círculos concéntricos en torno a una estrella de David y las letra STN, B, L que terminaron interpretándolas como un mensaje satánico por los "666" que estaban en el interior de la estrella.

Se acabó avisando a la guardia civil y Manuel Álvarez abandonó el trabajo, quedando afectado durante bastante tiempo.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:25 pm

Acabo de despertar con una argolla aprisionando mi muñeca izquierda, en una habitación desconocida, vacía. Frente a mi hay una ventana, a mi derecha una puerta. No sé cómo he llegado hasta aquí. Sin tiempo para reflexionar, un chillido atraviesa mis oídos. Viene desde fuera. Me levanto del suelo y corro hacia la puerta. Una persona no para de gritar desesperadamente al otro lado. A un metro de la puerta noto como mi brazo izquierdo se tensa con violencia y soy devuelto al suelo por el efecto de la cadena que me mantiene preso en aquella habitación. Los gritos continúan al otro lado de la pared, la puerta parece vibrar con cada uno de esos desgarradores berridos. Entonces tirado en el suelo, noto las crecientes vibraciones que se acercan. Sin duda son pasos, tranquilos y sosegados. Alguien se acerca con sonoras pisadas hacia los gritos. La intensidad de los gritos aumenta por segundos, me taladran la cabeza, me nublan el sentido. Me esfuerzo en percibirlo todo y los pasos son cada vez más próximos. Noto como las pisadas cruzan frente a la puerta y continúan hacia el foco de los gritos. “¿Qué está pasando?”. Los gritos se mezclan ahora con el ruido incesante de unas cadenas que repetidamente cortan el aire con un chasquido metálico. Alguien está pegando tirones de esas cadenas, sin duda. Ya no siento las pisadas pero los gritos siguen envenenando mi conciencia. Un grito aun más fuerte que el resto acompaña el sonido de las cadenas al golpear el suelo. Durante un segundo cesan los gritos, la calma reina, mi mente empieza a aclararse.

“¿Dónde estoy?, ¿Por qué estoy aquí?, ¿Cómo voy a salir?”. Las preguntas se desvanecen, han vuelto los gritos. Se aproximan a la puerta, cada vez los oigo más cerca, mis oídos no lo soportan, tengo que taparlos. Pero antes de que mis manos lleguen a estos, percibo otro sonido. Cadenas arrastrándose, junto a los chillidos un pequeño rumor de cadenas arrastrándose por el suelo. Cuando la mezcla de sonidos que está taladrándome pasa junto a la puerta percibo que van acompañados por las pisadas de antes. Ahora lo reconozco, es una voz de chica. Es una mujer quien grita. Su garganta no durará mucho más si sigue dando esas voces. Permanezco inmóvil en el suelo, no he podido moverme en todo el tiempo, ni siquiera lo había intentado desde que caí. Se alejan, los alaridos y el resto de sonidos disminuyen a medida que se alejan de mi habitación. Los noto bajar, entonces soy consciente: estoy en una segunda planta. Miro la ventana, me levanto y dirijo hacia ella. No puedo acercarme a más de un metro y medio. “Maldita cadena”. Y tiro con fuerza, sintiendo como la argolla muerde mi muñeca como un perro salvaje. Ceso mis esfuerzos. Apenas oigo las voces. A través de la ventana alcanzo a ver un campo de tierra a los pies del lugar donde me encuentro, ocupado solo por un poste de cemento, de un metro de altura, con una argolla metálica en su parte superior. “Otro enganche para estas cadenas”. Entonces los veo aparecer. Se acercan al poste, una figura corpulenta con una chica en brazos. Veo como ella grita, pero a mí apenas me llega el desgarrador sonido que antes había torturado mis oídos. La criatura engancha las cadenas que cuelgan de las muñecas de la joven. Desde mi ventana puedo ver la cara descompuesta por los gritos y el terror atravesando cada poro de su piel. Sus ojos parecen a punto de explotar, su cuerpo tiembla y se retuerce. Entonces, mi respiración se detiene, mi cuerpo parece a punto de desfallecer: “Es mi hermana”.

Petrificado contemplo como la criatura se aleja, sin embargo, mi hermana grita con más fuerza, puedo percibir la tensión de cada músculo. Las venas de su cuello quieren abandonar su cuerpo. Ella tira de las cadenas una y otra vez. De sus muñecas nacen cascadas sangrientas que empiezan a colorear la tierra a su alrededor. Ella mira hacia el edifico donde yo estoy, hacia donde se ha dirigido la criatura tras dejarla allí, y sus gritos siguen aumentando, algo hace que su miedo se intensifique por segundos. Intenta huir pero las cadenas la reclaman una y otra vez. Llora desconsolada, sus gritos se han convertido en gemidos de suplica, puedo verlo en su expresión. Pero no puedo acercarme a la maldita ventana, no puedo hacerle ver que estoy aquí, ni ver qué se está acercando a ella y le infringe tanto terror. Sé por su expresión que si no escapa va a morir atada a ese poste de cemento salpicado por su propia sangre. Sigue tirando de las cadenas con desesperación.

No puedo soportarlo, tengo que ayudarla, empiezo a tirar con todas mis fuerzas de la cadena que me retiene preso. No cede, está bien anclada a la pared. Miro por la ventana, mi hermana intenta huir, en vano. Patalea contra el poste, se muerde las muñecas, intenta escapar de allí como sea. Tengo que ayudarla. “Mierda, esta cadena no cede”, sigo tirando de ella con todas mis fuerzas, a cada tirón mi muñeca sufre una descarga de fuerza que produce un intenso dolor que me recorre como un relámpago todo el cuerpo. Tengo que librarme y ayudarla. Su desesperación parece alcanzar límites imposibles, grita sin voz y su rostro parece haber aceptado ya su propia muerte, permanece tirada en el suelo suplicando por su vida y yo aun no logro ver ante quien. No puedo soportarlo, tomo una decisión. “Tengo que salvarla”. Así, armándome de todas mis fuerzas y concentrándome en que mi hermana va a morir, cierro los ojos y muerdo mi muñeca izquierda. Muerdo una y otra vez con todas las fuerzas que mis mandíbulas pueden aplicar. Noto como se desgarra la carne, no puedo parar o el dolor me impedirá continuar, no puedo detenerme, tengo que seguir hasta el final. Mordisco a mordisco se desgarran mis tendones, crujen los huesos, la sangre forma un charco a mis pies, me entra a borbotones en la garganta, me impregna la cara. “¡Aguanta! Voy a salvarte...”. Mantengo la imagen de mi hermana en la mente, me da fuerzas para seguir mordiendo. Un último crujido me da la victoria, soy libre. Mi mano amputada cae al suelo junto a la cadena. Empapado en sangre, noto como pierdo poco a poco el sentido, tengo que darme prisa, miro por la ventana, veo un bulto a unos pasos de mi hermana, no distingo nada, mi vista se nubla más y más. “¡Ya voy!”. Salto por la ventana sin pensarlo dos veces, atravieso el vidrio y caigo desde la segunda planta hasta la tierra. Estoy en el suelo, tengo que llegar hasta ella. Mi cuerpo no me responde, intento arrastrarme y veo como un río de sangre corre desde mi muñeca destrozada. En él veo como se va mi vida, en cada una de esas gotas de sangre también se va la vida de mi hermana. “Solo un último esfuerzo... ¡Aguanta!”. Intento alzar la voz, atraer a la criatura, pero me desvanezco, veo desde el suelo como ya ha alcanzado a mi hermana, sus gritos han vuelto a instalarse en mi cabeza. La vista se me apaga, la oscuridad se cierra en torno a mí, sus gritos me inundan y en ellos poco a poco me ahogo. No puedo moverme, no puedo ver, no puedo hablar, solo escucho, escucho como ella grita y grita, escucho mi propia sangre. Y poco a poco también dejo de escuchar. Poco a poco todo es oscuridad.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:27 pm

Mi abuela me había regalado una muñeca el día de mi cumpleaños, era hermosa con sus cabellos dorados y rizados, pero no sabía cómo era por dentro.
Esa misma noche decidí dormirme con mi hermosa muñeca así que la cobijé con una manta rosa y en la cama la puse junto a mí debajo de mi brazo, de pronto todo era silencio. De repente sentí que no estaba sola, tuve miedo porque esa no era una noche normal pues todas las noches dormía tan en paz y sola. No sabía si era mi imaginación o la hermosa muñeca, así que me di cuenta que era la muñeca porque desde que me dio la muñeca tuve tanto miedo, así que solo me quedaban dos opciones :aventar a la muñeca contra la pared, pero si lo hacía la muñeca podría cobrar venganza o dejarla en mis brazos para que creyera que la quiero pero si lo hacía aprovecharía para matarme, así que lo que hice fue aventar la muñeca contra la pared y corrí hacia la puerta pero cuando toque la manija y la jalé, no se abría, así que fui a prender la luz y resulta que el foco estaba fundido, entonces agarré a la muñeca y la aventé por la ventana y calló como a la siguiente cuadra así que todo quedó en paz y entonces me dormí para olvidar todo.
A la mañana siguiente me desperté y me dolía tanto a un lado del corazón y entonces vi que tenía una herida abierta con un cuchillo y a un lado de mi estaba esa muñeca desgraciada así que no me quedó más opción que tirar la muñeca a la basura y así lo hice.
Después abrí mi libreta y salió una nota que decía volveré y en ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Solo se algo que estoy segura de que esa muñeca volverá.
Así que si tienes muñecas cuídate, porque es tu turno.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:28 pm

Se paró delante de la puerta del restaurante y suspiró, había trabajado allí durante los tres últimos años y tenia ganas de ampliar horizontes pero sabía que no iba a ser fácil, Lola, su jefa, no se lo iba a tomar nada bien pero había llegado el momento de echar a volar. Con una inspiración empujó la puerta y entró.
Buenos días Lola, ¿Qué tal todo? la encargada se encontraba tras la barra ordenando unas copas recién sacadas del lavavajillas.
Hola, buenos días. respondió Hoy tenemos faena, han reservado una mesa de veinte comensales y han pedido de primero tu especialidad, así que manos a la obra. Si además lograses una gelatina para el postre como la de aquella vez seria fantástico. Por cierto, ¿Cómo has pasado la noche?
Pues mal, ya lo sabes, la bronca con el tipo ese me dejó mal cuerpo. Yo no valgo para plantar cara, ¿Qué hizo al final? ¿Se marchó?
Puso una hoja de reclamaciones.
¡Vaya! Hacia tiempo que no nos ponían una. no pudo evitar un deje de tristeza.
Si, hacia ya tiempo.
Laura se encaminó hacia los vestuarios para cambiarse de ropa pensando en el hombre, larguirucho y seco como una espiga, que el día anterior les había montado un escándalo porque el pescado, según él, estaba pasado. La verdad, nunca había soportado los enfrentamientos ni las escenas ni los gritos, se manejaba mucho mejor entre sus cacerolas que entre los clientes, y sin embargo ahora le esperaba otro enfrentamiento que la concernía directamente. En fin, valor.
Lola, quería hablar contigo ya de nuevo en la cocina reunió el coraje necesario – voy a marcharme
¿otra vez vacaciones? ¿Cuánto? ¿una semana?
No, me marcho para siempre el sudor comenzó a perlarle la frente quiero hacer otras cosas, moverme por otros espacios
Lola giró lentamente sobre si misma, un cuchillo en una mano y una zanahoria en la otra.
¿Qué? la gelidez de su voz atenazó a Laura en la misma base de su columna vertebral, Sabes que no puedes irte, tus guisos son lo que han hecho de este restaurante lo que es fue apenas un susurro pero que se le clavó en el alma haciendo que un escalofrío recorriese todo su cuerpo
Puedes encontrar a otra persona, enseñarle, puede ser tan buena como yo. Puedo enseñarle yo si quieres, sabes que no tengo problema en eso
Nadie puede aprender como tu. Tienes un don para la cocina, naciste con él
No, Lola, esta vez no. Voy a irme Su voz sonaba tan poco creíble como la publicidad que ensalza un vino barato.
Lola volvió de nuevo a la tarea de cortar la zanahoria en juliana
Sabes que no lo harás, no te dejaré. Puedo mover hilos y no volverás a trabajar en un restaurante de esta ciudad jamás.
Laura reaccionó, de repente odió a su jefa con todo su ser. Supo como se sentían los antiguos esclavos, pendientes de la voluntad de un amo al que poco le importaba el bienestar de las personas que tenia bajo su mando, eso en el caso de que alguna vez las considerasen personas, claro.
Ni se te ocurra amenazarme, Lola, tu puedes mover hilos pero sabes que yo también. Te doy seis meses para encontrar a alguien, enseñarle y que me sustituya. Estoy cansada de todo esto se dio la vuelta para encaminarse a la cámara frigorífica
¿Seis meses? Ni lo sueñes al ver que Laura titubeaba dijo en voz mas alta con media sonrisa en la cara claro que si no te parece bien siempre puedes poner una reclamación
Si el odio pudiese medirse no habría suficientes sistemas de métricos en el mundo para cuantificar el que en ese momento Laura sintió por su jefa
¡Vete a la mierda! – le gritó seis meses, Lola, ni un día mas y girándose definitivamente se dirigió a la cámara
Cómo era posible que la hubiese amenazado de forma tan burda, ahora sí que estaba claro, se iría de allí para siempre, tanto si encontraba a alguien como si no y si el restaurante se iba al carajo no era asunto suyo.
Abrió la puerta y entró en el recinto que se mantenía a una temperatura constante de diez grados bajo cero. Miró los cuerpos suspendidos en ganchos desde el techo, a algunos les faltaban los brazos, a otros las piernas, dedos, orejas, partes de las mejillas o trozos del tronco. Todos la miraban desde la muerte con los ojos blancos, opacos y vidriosos, menos uno que lo hacia desde unas cuencas oculares vacías. Que buena había estado aquella gelatina, Señor, lástima que no abundasen los ojos color ámbar, estaba segura que el toque había sido ese y no otro. Se dirigió a uno de los cuerpos “hoy utilizaré al Sr. Luis,” pensó mientras le cortaba un pedazo de pantorrilla “Hay que ver, para lo maleducado y borde que fue a la hora de poner la hoja de reclamaciones, lo melosa y tierna que está siendo su carne. Mañana probaré al larguirucho del pescado a ver que resultado nos da”.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:30 pm

¿Sigue jugando?

Tenia frio, los pies no le respondían, las manos las movía con mucha dificultad intentando abrir la puerta.
Las sombras se acercaban y con ellas la temperatura bajaba.
Ingrid forzó la puerta hasta que después de unos segundos esta se abrió. Al intentar dar un paso, Ingrid se dio cuenta que estaba paralizada, no se podía mover. Delante de ella había un camino que llevaba a su salvación pero ya era demasiado tarde.
Las sombras la rodearon, arañaban su piel con unas garras invisibles y afiladas. Fuertes zumbidos se convertían en una palabra al llegar a oídos de Ingrid.
No caminaba pero se movía, la puerta se alejaba, intentaba retroceder, pero solo consiguió caer al suelo.
Las sombras la estaban engullendo.
Ya no tenía fuerza. Solo podía chillar aún sabiendo que nadie la oía y de que con su miedo alimentaba aquellos seres inmundos.
Cerró los ojos, deseó con fuerza no estar allí, deseó no haber jugado con lo que no conocía, deseó que todos y cada uno de aquellos seres desaparecieran y por último deseó que todos sus amigos volvieran a vivir y así poder verlos aunque fuese solo una vez mas.
Los zumbidos cesaron, ya no tenia frio y al abrir los ojos vio a sus amigos, sus deseos se habían cumplido.
Todos estaban preocupados, tenían el rostro desencajado y la mayoría de ellos la intentaban levantar del suelo.
Aún era de día, las cortinas que antes no dejaban pasar la luz estaban recogidas, el tablero de ouija estaba sobre la mesa con un vaso en el centro.
Ingrid aún no comprendía que había sucedido, según sus amigos, se había desmayado al tocar el vaso, pero ella solo recordaba haber llegado a la cabaña para pasar el fin de semana y después haber jugado a un juego que había causado la muerte de sus amigos y casi la suya.
Al caer la noche todos se fueron a dormir. Ingrid la última en subir al segundo piso por el miedo que le causaba cerrar los ojos y volver a estar atrapada por aquellos seres, sintió que algo la miraba, que algo la rodeaba.
La luz del segundo piso estaba encendida, así que después de tranquilizarse y mentalizarse que solo había sido una absurda sensación, apagó la luz y dejando la puerta entornada de su habitación, se acostó en la cama con la intención de dormir.
No conseguía conciliar el sueño ya que cualquier sonido la asustaba, al girarse se asustó de su propia imagen reflejada en un espejo.
Al cerrar los ojos, por fin consiguió dormirse.
Las sombras volvieron, la atrapaban, el frio volvió a invadir su cuerpo, un escalofrio, un grito y de un salto se despertó. Ya volvía a estar despierta nuevamente.
Un escalofrio invadió su cuerpo al oír un ruido. Al mirar hacia la puerta vio que la puerta de la habitación estaba abierta de par en par y que la luz del pasillo estaba encendida.
Ingrid se levantó todo y sentir que su instinto le decía que no. Al presionar el interruptor la bombilla estalló.
Ingrid sintió la necesidad de bajar al piso de abajo haber si alguien había ido a ver la tele y había dejado la luz encendida.
Bajó las escaleras con cuidado. Los escalones crujían a su paso cosa que la asustaba y hacia que su corazón latiera mas rápido de lo habitual.
Aunque tenia frio, estaba sudando. Cuando llegó al último escalón no pudo aguantar la tentación de volver a su habitación pero un extraño impulso de valentía lo impidió.
Una vez abajo, Ingrid decidió ir al comedor por si había alguien. Para llegar a la estancia, tenia que cruzar un largo pasillo cosa que hizo temblar todo su esqueleto.
Tenía la camiseta empapada de sudor y eso la incomodaba. Al llegar al comedor pudo ver que no había nadie mas que ella despierta.
Al girar para volver a su habitación vio un pequeño haz de luz que provenía de la cocina.
Al llegar a la pequeña estancia donde aún quedaban los restos de la cena, vio una linterna encendida sobre un pequeña mesa redonda.
Ingrid cogió la linterna y al oir un ruido, su corazón se disparó y corrió hasta llegar nuevamente al comedor donde había mas luz. Al llegar al comedor vio a todos sus amigos sentados alrededor del tablero de ouija .
Cada uno de sus amigos tenia el dedo índice sobre un vaso que no hacia movimiento alguno.
¿Qué hacéis a estas horas levantados? Pregunto Ingrid.
No hubo respuesta alguna, solo un frio silencio.
Ingrid se acerco a ellos y les pidió que no bromearan pero ninguno de ellos se inmutó, a punto de llorar, se acercó lo suficiente para ver como el vaso se empezaba a mover señalando poco a poco un conjunto de letras.
Al cabo de un rato la palabra que formaban las letras era: JUGUEMOS.
Sus amigos dejaron de mirar el tablero de ouija para mirar a Ingrid con los rostros desencajados y con unas miradas que le congelaron la sangre.
Ingrid retrocedió unos pasos instintivamente y entonces vio como sus amigos se abalanzaron sobre ella.
Al chillar y cerrar los ojos sintió una extraña tranquilidad hasta sentir de nuevo unos extraños zumbidos. Los zumbidos cobraron significado y el frio y el miedo volvieron a invadir el cuerpo de Ingrid.
Sus amigos se habían convertido en las sombras y lo último que pudo sentir fue como esos seres le atravesaban con sus garras la piel matándola poco a poco y esperando que eso no podía fuera mas que una pesadilla, se desmayó por el dolor.
Las familias estaban muy preocupadas porque llevaban sin ver a sus hijos mas de una semana. Al llamar la policía, estos acudieron a la dirección de la cabaña en seguida. Uno de los policías al tocar la puerta vio que estaba abierta, al entrar vio que todo estaba ordenado, teniendo en cuenta que era una cabaña de unos adolescentes. Al cruzar un pasillo y llegar a una gran estancia un escalofrio inundó su cuerpo. Había una chica con la piel echa jirones y un conjunto de chicos sentados alrededor de un tipo de tablero. Cada chico tenia las manos llenas de sangre y con uno de los dedos, el único que no estaba lleno de sangre, tocaban un vaso que se encontraba encima de un pequeño papel. El policía abrió el papel doblado y únicamente habían dos palabras escritas: Game Over.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:30 pm

Crack, crack…….

Siempre el mismo sonido.

Crack, crack…….

Desde hace unos años solo escucho este sonido, mientras veo la tele, hablo con mi mujer o mientras duermo

Crack, crack………

Ahora mismo, mirando a la gente que está en la calle a mi alrededor, también lo escucho.

Pero ya no lo escuchare mas.

No se ni como empezó exactamente. Fue un día como cualquier otro, salvo porque fue mi cumpleaños. Desde ese día, escucho a alguien comiendo. Fui al medico y tras muchas pruebas, radiografías, electros y demás cosas, me dijeron que tenia unos insectos en el oído interno, y que habían anidado. Los sonidos que escucho a todas horas son los mismos insectos, comiendo, comiéndose mi oído. Comiéndose mi cerebro. El medico dice que no corre peligro mi vida, ya que al paso que van y en la posición que están no llegarán a causarme traumas en el cerebro.

Crack, crack………

No pueden operarme, ya que hay un alto riesgo de quedarme inválido para siempre, ningún médico se quiere arriesgar. No me importan las consecuencias. Solo quiero que pare este ruido infernal .

Crack crack……..

No saben nada estos matasanos. No sabe lo que es no poder dormir tranquilamente. No sabe nada de cómo lo estoy pasando. Los tranquilizantes que me ha recetado no me sirven de nada. Los remedios que me ha dicho no funcionan, ni la música, ni el agua para ahogarlos. Nada funciona contra estos insectos.

Crack, crack……..

La ultima vez que le vi fue cuando me corté las orejas hace unos meses. La falta de sueño, el cansancio y los eternos mordiscos hicieron mella en mi. No pude soportarlo mas y me las corté.. ¡Que bien me sentí cuando lo hice! A causa del dolor me desmayé y pude dormir 5 maravillosas horas.

Crack, crack…….

Al salir del hospital pude ver que el dolor me ayudaba a dormir, por lo que empecé a romperme los dedos de la mano, de los pies, la nariz, los parpados. Cuando me acostumbré al dolor de la rotura de huesos, empecé a meterme clavos entre las uñas, para que así rompieran mas cantidad de hueso. Solo me sirvió durante tres meses.

Crack, crack……..

El dolor que sentía no era suficiente para poder dormir. Lo mas que pude dormir fueron 3 horas seguidas. Siempre me despertaban los mordiscos. Intenté que los gritos de los demás ahogaran los mordiscos. Drogue a mi mujer y la metí en una bañera hirviendo. Sus gritos desconsolados me dejaron dormir 4 horas, pero cuando quise sacarla ya fue demasiado tarde, había muerto. Esto ocurrió hace dos meses. Desde entonces no he vuelto a dormir.

Crack, crack……….

Me arrepiento de lo que le hice a mi mujer, pero se que lo volvería a hacer, si solo calmara un poco mas los mordiscos.

Crack, crack………..

Pero nada me preocupa ya. Me he tirado desde la azotea del edificio. La gente se agolpa a mi alrededor y veo a una mujer llorando.

Crack, crack…………

Pronto estaré muerto, y podré descansar…… para siempre……..

Crack………

Ya estoy muerto, veo como cubren mi cadáver con una sabana metálica. Y por fin no oigo nada........ ya me he curado

Crack,crack……….

Mierda……….
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:31 pm

La oscura mancha se escurrió bajo la puerta avanzando lentamente como una impávida sombra que vaga libremente sin la esclavitud de su amo.

El demonio del sueño rondaba en mi habitáculo, mas esta vez, no me había dejado vencer.
La noche se precipitaba encima nuestro mientras de aquella mordaz sombra amorfa comenzaba a emerger una silueta.

Un gato.

Negro y grotesco como tal.

Morbosamente deforme

Pero era innegable que aquella sombra había transmutado su silueta para emular aquel repugnante gato.

Sus ojos asimétricos me observaban fijamente.

Parecían casi ojos humanos, o por lo menos irradiaban un atisbo de humanidad tras su horrenda deformidad.

Negros y profundos como tal.

Parecían esconder tras de si, una sabiduría absoluta.

Su sombría anatomía era diminuta, en contraste con su presencia que no era menos que abrumadora.

Absorto por la soberanía que inspiraba aquella malévola visita nocturna, me vi obligado a arrodillarme para reverenciar su absoluto poder.

Aquel… ente, no podría llamarlo de otra manera, se acerco hacia mi y comenzó a regurgitar hasta vaciar completamente su estomago.

El fluido era mayormente rojo carmesí, tornábase morado y verduzco también.

Viscoso y fétido como cualquier fluido corporal descompuesto.

Mi alegría se acrecentó cuando me permitió alimentarme del producto de sus fauces.

Repugnante y obsceno como tal.

El dolor y la angustia menguaban a medida que mi estomago se retorcía al probar bocado tras cinco días de abstinencia obligada.

Finalmente mi hambre se vio saciada.

Alcé la mirada hacia mi benefactor.

Aquel ser que aun me miraba fijamente abrió su boca y proclamó con determinación:

No te dejare morir

Mis oídos ingenuos no daban fe de aquellas palabras.

Ese ente…

Ese ser que aparenta encarnar la maldad pura me concede el mayor de los regalos al librarme de la muerte

Aturdido por aquella repuesta pregunte:

¿Por que?, dímelo tú señor de las sombras, ¿Acaso te has apiadado de mi alma y deseas evitar mi andar en el valle de la muerte? Responde que eso es lo que suplico.

El silencio…

La nada repicaba haciendo eco en mis oídos.

Aquel extraño gato no apartaba su inquietante mirada de mí.

El engendro intentaba escudriñar cada recoveco de mi alma ultrajada.

Señor – dije –, tú, mi oscuro visitante nocturno, ¿Acaso eres un enviado del averno que desea obtener mi alma? Responde que es lo que suplico.

Y el ser me repitió con soberbia aquella infame frase:

No te dejare morir

Mi corazón se aceleraba.

El espacio en mi celda se contraía.

Esa frase que al principio sonábase alentadora, se volcaba en el dictamen de una sentencia implacable.

Señor – le suplique –, ¿Eres tu quien ha escapado del reino de las criaturas de la noche o has sido enviado por los dioses para ser el guardián de mi enajenado cuerpo? Aplaca mis dudas y muéstrame tu rostro para reverenciarte si así lo deseas, te lo agradeceré ferviente, yo te lo suplico.

El engendro comenzó a desfigurarse.

Abríase su boca mientras se comía a sí mismo hasta transformarse en una masa palpitante que pronto adoptaba una nueva forma.

Una figura sombría y grotesca como tal.

Una forma incluso mas repugnante que la anterior emergía del engendro.

Su cuerpo era el de un cuervo…

No, una urraca.

Pero su rostro era el de una mujer.

El engendro se había convertido en una arpía.

Mi mente se idiotizaba por aquel acto, no podía hacer mas que paralizar mi cuerpo dejándolo a merced de la bestia.

Sus ojos mal formados tornábanse mas macabros que antes.

En su mirada no había nada mas que maldad y odio puros.

No te dejare vivir – profirió el pajarraco.

Esas palabras me afectaban aun más que las anteriores.

Mi mente no alcanzaba a vislumbrar lo que la bestia quería de mí.

De todas las formas que pudo haber tomado, adquirió la mas inquietante.

Aterrador como tal.

Su voz milenaria se alzo para exigirme sus demandas:

Bríndame mi tributo.

Sublevado por aquel ser, no tenia opción mas que obedecer.

Lleve mi mano a un costado y luego de desgarrar y levantar mi piel tome una de mis costillas derechas para ofrecérsela a mi inusual invitado.

Gustoso acepto mi ofrenda.

Arpía – grite exasperado –, seas mensajero del mal o de la noche ¿Qué deseas?, ¿Por qué me has visitado esta noche?, dime la verdad ¿Me liberaras o me esclavizaras aun mas? Respóndeme que yo te lo suplico.

Y la arpía guardo silencio…

Arpía, seas angel o demonio, te ruego que tranquilices mi alma perturbada aclarando mis dudas, ¡Dímelo!, ¡¿Quién eres y que deseas?! Responde, te lo suplico.

La arpía comenzó a engullirse a si misma formando nuevamente aquella masa palpitante.

Mi ser clamaba por esclarecer mis dudas.

Mi mente comenzó a rozar la locura a medida que aquella masa tornábase a su nueva forma.

Era yo.

El engendro mutaba nuevamente para transformarse en mi.

No dejaba de ser deforme y grotesco como tal.

Era claramente una versión corrompida de mi mismo.

Jamás te abandonaré – afirmo la bestia con absoluta seguridad.

Me estremecí totalmente al escuchar aquella aberración.

Cuando antes anhelaba una compañía cualquiera, ahora deseaba nuevamente mi soledad.

Yo soy tu Némesis – me aclaro con soberbia.

Fue entonces cuando lo comprendí.

La bestia no me dejaría vivir ni morir.

No me abandonará.

Torturará y a atormentará mi cuerpo, mente y alma hasta que ya no quede nada de ellos.

Hasta que los días se agoten y se cumpla la eternidad.

La bestia se postró ante mi y yo me alimenté de él hasta que mi hambre se hubo saciado.

Por hoy ha desaparecido.

Pero regresara al caer de nuevo la noche.

El engendro visitara mi celda todas las noches.

La bestia será mi Némesis, mi castigo.

Me alimentará con su cuerpo y el comerá del mío.

Hasta que los días se agoten y se cumpla la eternidad.




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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:33 pm

El zumbido del reloj despertador sacudió la mesita de noche e hizo tintinear el vaso de agua. La radio se puso en marcha y empezó a sonar algo de Bruce Springsteen, ronco y entrecortado. Pablo la apagó de un manotazo, no soportaba a ese tipo. Se incorporó sobre el borde de la cama y se llevó instintivamente la mano al lado derecho de la mandíbula.
¿Todavía te duele? –le preguntó Julia, desperezándose.
Me duele aún más que ayer –contestó él antes de apurar el vaso de agua y mantener el líquido tibio en la boca, calmando apenas el dolor de la encía. Tragó con una mueca de sufrimiento. Estoy fatal.
El dolor había empezado justo dos días después de bajarse del avión, como si el aire del medio oeste americano no les sentara bien a sus muelas. No era manera de empezar unas vacaciones.
Sofía comenzó a llorar junto a la cama de sus padres. La pequeña cuna portátil que les habían dado en recepción no le debía ser muy cómoda. Pablo se quitó de un tirón los pantalones del pijama y se calzó unos jeans gastados que había dejado en una silla.
¿Te vas? –le preguntó Julia.
Encárgate tú de la niña –masculló él, terminando de amarrarse los cordones de las botas. Yo tengo que ir al médico. Si no es más que la muela volveré poco después de que terminéis de desayunar. Si para entonces estás lista, saldremos a hacer turismo.
Julia se levantó y se deslizó hasta su marido casi de puntillas, el vuelo blanco del fino camisón apenas rozaba sus rodillas. Se le acercó y le plantó un beso delicado en el moflete dolorido.
El turismo es lo de menos ahora – le dijo. Pregunta en Recepción dónde hay un buen dentista y vuelve enseguida.
Pablo terminó de vestirse y salió de la habitación maldiciendo el calor, el aire caliente y el dolor de muelas. Se puso las gafas de sol y recorrió la tarima de tablas de madera hacia la Recepción taconeando con desgana. Qué poquito iba a echar de menos Estados Unidos en cuanto volviera a casa. Todo muy vaquero, todo muy auténtico, pero estaban siendo unas vacaciones de mierda. La niña no paraba de llorar, el calor no les había dejado un momento de relax y para colmo la maldita muela. Parecía que el sueño de cruzar aquel país de costa a costa se había convertido en pesadilla. Entró en la Recepción pensando que lo primero que haría al volver a casa era pasarse un fin de semana entero en la playa. ¡Y adiós para siempre a las hamburguesas!
El recepcionista pakistaní no tenía ni idea de donde podía Pablo encontrar un dentista. Lo único que pilotaba por ahora en inglés era Hola, que tal, habitación noventa dólares. Por ahora, ya que sólo llevaba seis años en los iueséi. No le supo indicar pero le entregó un folleto con la publicidad de un médico local. Un maldito matasanos, pensó Pablo, de los de mascar tabaco y poner inyecciones a las yeguas entre muela y muela. Tal vez el médico local supiera menos que él de dentaduras pero seguro que le podría dar la dirección de un buen dentista. Así que subió al Ford de alquiler y condujo hasta el pueblo sin casi poder mover la boca de dolor.
Habían llegado a esa población la noche anterior, en una de esas paradas no programadas pero necesarias cada cierto kilómetro para que el conductor no caiga rendido y se duerma en la carretera. Y aunque los dos se alternaban al volante, lo cierto era que después de una semana en la carretera, tanto Julia como él estaban derrengados. Y resultó que el pueblo de paso no era más que eso, el típico pueblo de paso en mitad del desierto enclavado en el centro de la nada. Cuando Pablo irrumpió en su calle mayor acosado por un terrible dolor de muelas, daba la impresión de que hasta los castores y las comadrejas habían acudido a misa. Y eso que sólo era martes por la mañana.
Aparcó el coche cerca de la gasolinera y recorrió la calle principal a pie, intentando orientarse y seguir correctamente el pequeño plano dibujado en la cara trasera del folleto del médico. La gasolinera estaba allí, y la línea azul que la iba a unir con la consulta recorría el mismo camino que Pablo estaba siguiendo ahora. No tenía pérdida.
Las calles estaban desiertas y los comercios cerrados a esa hora tan temprana, pero aún así la tranquilidad era tan sofocante como el calor del propio desierto. Un silencio pesado como una losa que comprimía los sentidos. Por suerte no había tenido que caminar demasiado cuando encontró el enorme local de dos pisos, decorado con letreros y vinilos verdes, que albergaba la consulta médica. Si el pueblo era pequeño y aburrido como un velatorio, lo único que tenía en condiciones era el médico. Pero estaba cerrado.
Pablo volvió a maldecir su suerte y se causó un daño horrible a sí mismo al apretar los dientes de rabia. Regresó sobre sus pasos y entró en la gasolinera igual que el sheriff en un salón. Igual se le estaba pegando algo. El mostrador estaba vacío, pero a través del ventanal vio que el encargado estaba fuera ordenando una pila de neumáticos usados junto al aseo.

Remy está fuera, rezaba un cartón pintado a mano con spray para carrocería.

El turista dolorido se dirigió hacia allí, luchando por ignorar el hedor a pis y a tubería colapsada que emanaba del interior de los servicios. El tipo, un venerable anciano de edad incierta, gorra calada para proteger la calva del sol y barba enmarañada y gris, se giró hacia él muy despacio y, sonriendo, le mostró una dentadura tan escasa que Pablo supo al instante que para buscar un odontólogo, el tal Remy no era el hombre a quien debía preguntar.
Disculpe, busco un dentista –chapurreó con su mejor inglés.
Pues aquí se ha equivocado, amigo –contestó el tipo. La baba marrón del tabaco para mascar teñía como la mugre los pocos dientes que le quedaban. Pablo se obligó a sonreír.
Lo sé, lo sé –dijo. He encontrado la clínica local, pero está cerrada.
¿La clínica? Amigo si busca un dentista no debe acudir a Jimmy. El condenado es un gran médico, huesos y toses, de eso sí sabe un rato el maldito Jimmy. Pero pregúntele por dientes y se le pondrá la cara del color del culo de una vaca.
Pablo tuvo que pestañear dos veces y tomarse su tiempo antes de decidir que había comprendido lo suficiente de aquella descriptiva respuesta.
¿Entonces dónde puedo encontrar un dentista?
El viejo pareció pensarlo un rato. Volvió a sonreír. Era evidente que en ese pueblo no abusaban precisamente de las revisiones odontológicas.
Pues lo cierto es que no recuerdo que haya ninguno, y que me corten la barba si no llevo más de cuarenta años dando guerra por aquí. Pero en cambio estoy bien seguro de que dentro, en la tienda, tengo por algún lado un listín telefónico que le puede servir de ayuda.
El viejo Remy no se apresuró en dejar a un lado un neumático tan liso y desgastado que parecía un donut de chocolate, y condujo a Pablo al interior de la tienda, donde en un rincón al fondo se aburría una cabina de teléfono. El grueso libro de direcciones estaba dentro, encima de una repisa.
La mano diestra de Pablo se movió deprisa por el índice telefónico mientras la izquierda presionaba el cachete contra la encía inflamada. La maldita muela estaba saliendo torcida, haciéndose a empujones un hueco en la encía donde no le correspondía. Encontró tres direcciones en el apartado de Odontólogo, la primera era la de la clínica que acababa de visitar –lo que chocaba frontalmente con la opinión que Remy tenía del bueno de Jimmy, de las otras dos una no le sonaba nada y la otra parecía estar en algún punto de la carretera principal, no demasiado lejos de motel donde le esperaban sus chicas, Julia y Sofía.
Aunque no confiaba demasiado en el consejo de Remy, el hecho de acercarse a su familia le hizo decidirse por esta última.
Quiso darle las gracias al gasolinero pero Remy ya estaba de vuelta colocando su pila de neumáticos usados y alimentándose del olor a mierda del baño. Así que Pablo no lo lamentó demasiado y salió deprisa derechito a su Ford y de vuelta a la carretera. El kilómetro que había visto indicado en el listín estaba algo más al oeste que el motel, pero calculó que llegaría en menos de media hora. Se equivocó pero no por mucho, sin embargo antes de aparcar el coche frente a un edificio viejo y solitario en mitad de la nada, le hubiera gustado llamar a Julia para decirle dónde estaba. Con las prisas su móvil americano seguía en la mesita de noche de la habitación del motel.
Resignado y con un punto de miedo se bajó del Ford y se dirigió a la entrada del Centro Odontológico Springsteen. Tenía gracia, odiaba a ese tipo. Era un edificio, más que un local, una especie de casa colonial, vieja pero no fea del todo, algo alejada de la carretera y sólo indicada por un desvencijado letrero de madera colocado demasiado tarde junto al desvío. Los escalones de madera crujieron cuando los subió y llamó a la puerta de cristal. Nadie le contestó, y tras insistir dos veces sin mayor éxito se dirigió al lateral de la casa, donde encontró una segunda entrada mucho menos ostentosa y más funcional, con el mismo letrero de Clínica Springsteen pintado sobre el dintel de la puerta. Una cadenita invitaba a tirar para ser atendido.
El sonido de una campana recorrió el edificio de abajo a arriba pero tampoco hubo respuesta. Tras una segunda vez, una voz tan lejana como si anduviera por Marte le indicó que pasara. Así que Pablo empujó la puerta y caminó al interior de un recibidor oscuro y repleto de muebles de madera que apestaba a humedad y parecía el despacho de un taxidermista. Había bichos inmortalizados por todas partes.
El ruido de sus tacones resonó en las tablas macizas del suelo y cuando se detuvo escuchó una vibración continua, un zumbido como de sierra que le llegaba desde más allá de una puerta entreabierta debajo de la cabeza de un ciervo. Unos segundos después el zumbido se extinguió lánguidamente, cambiándose por el punteo de unos pasos subiendo una escalera, y un hombre no demasiado alto pero de constitución más bien gruesa, vestido con bata azul celeste y guantes de látex, se asomó por esa puerta y le saludó desde detrás de una mascarilla de tela que le cubría la boca.
Disculpe –dijo. Enseguida estoy con usted.
Y acto seguido desapareció otra vez escaleras abajo.
El ciervo o alce o lo que fuera miraba a Pablo con expresión triste mientras éste escuchaba extrañado los ruidos que le llegaban desde abajo. El doctor movía cosas de un lado a otro, colocaba algún tipo de instrumental metálico, algunos de los mil cachivaches que usan los médicos para aterrar a sus pacientes, en especial los dentistas. Abría y cerraba grifos y hacía rodar sillas, preparándolo todo para recibirle. Sólo cuando volvió a subir a por él y le invitó a bajar, Pablo cayó en la cuenta de que ningún otro paciente había salido de allí, al menos que él lo viera.
El doctor era fuerte, más que gordo, y sin mascarilla aparentaba más años de los que Pablo le había otorgado en un principio. Eso le tranquilizó. Si la veteranía era un grado, con ese dentista estaba en excelentes manos.
Pablo empezó a explicarle, con su mejor inglés de guerrilla, sus penas y vicisitudes con la maldita muela del juicio, pero el tipo se limitaba a sonreír como si no se enterara de mucho. De muy poco, más bien. Sin embargo no pareció importarle. Le ayudó a sentarse en una típica silla de odontólogo, que si bien no era el último modelo no parecía faltarle de nada, y le colocó un delantal blanco de hule por encima del pecho. Eso extrañó a Pablo.
La consulta era amplia pero poco iluminada, tenía un olor peculiar, agrio, y decenas de cuadros en las paredes, sin embargo ninguno era de los habituales diplomas y menciones de los que tanto gustan presumir a los médicos. Casi todos eran fotografías, difíciles de distinguir desde la silla, pensó Pablo. Quizá antes de pagar y marcharse aprovecharía para echarles un mejor vistazo. Curiosidad es curiosidad.
El doctor se retiró para coger su instrumental y Pablo se relajó un poco. Miró la hora en un reloj que colgaba en la pared, justo encima de una especie de nevera. No reparó en que había un frigorífico en la consulta, sólo pensó que todavía era pronto y que mejor que llevar a las chicas de turismo por un pueblo tan soso era coger otra vez la carretera y ganarle millas a aquel martes tan extraño. Entonces regresó el dentista.
Le pidió que abriera la boca y examinó su dentadura con cuidado. Parecía amable, después de todo, aunque hablaba bien poco. Pablo tuvo intención de hacer algún comentario sobre la falta de titulaciones por las paredes pero el tipo caminó hasta detrás de él y le clavó en la nuca una aguja que por lo que le dolió y por lo que tardó en retirarla debía ser del tamaño de una espada.
Pablo quiso gemir, protestar y levantarse, pero de pronto su lengua parecía muerta y sus brazos tan pesados como yunques. Qué me ha hecho, balbuceó. Pero en realidad no se le entendió nada.
El dentista volvió a ponerse frente a él y se colocó la máscara y los guantes de látex mientras le miraba. Acercó a Pablo una pequeña mesita que sólo contenía una sierra radial, un martillo y varios clavos, unas tenazas de herrero y una bandeja de aluminio. Encendió la sierra y la acercó a la cara de Pablo. Lo primero que le cortó fue la oreja derecha, la sangre salpicó por todos lados. La dejó con mimo en la bandeja y se limpió las manos sobre el delantal del hule de su paciente.
Pablo intentó gritar, sentía el dolor todavía pero poco a poco había perdido la capacidad de mover los hombros, las extremidades o el cuello. Antes de que pudiera darse cuenta de que su diafragma se había dormido, dejándole mudo, volvía a tener la cuchilla radial a tres centímetros de su ojo rebanándole la otra oreja.
Todavía me oyes, ¿verdad? –preguntó el doctor a los muñones deformes a ambos lados de las sienes de Pablo. Sin duda se reía debajo de la máscara. Dejó la oreja recién cortada en la bandeja junto a la anterior y las guardó en la nevera. Desde la silla Pablo pudo ver en el interior del frigorífico cierta cantidad de bolsas de pequeñas de plástico con más apéndices sanguinolentos dentro. Las necesito para un amigo. Colecciona.
El dentista cerró la nevera y permaneció un minuto mirando a Pablo. Parecía estudiar su fisonomía.
El resto es para mí.
Regresó junto a él y volvió a encender la sierra. Esta vez se la acercó a la cara de plano y le cercenó la punta de la nariz.
Mira –dijo. Ahora pareces un payaso.
Dejó la nariz de Pablo sobre la mesa y apagó la radial, que colocó con cuidado al lado del martillo. Después tomó éste y cuatro de los clavos, el primero lo sujetó de punta sobre el dorso de la mano derecha del joven. Sin dudarlo un segundo descargó el martillo sobre la cabeza de acero y taladró la carne y el hueso hasta fijar la mano de Pablo al brazo de la silla. Hizo lo mismo con la mano izquierda. En las rodillas los clavos no llegaron a tocar el asiento, pero atravesaron la carne destrozando fibras y tejidos. El chico sólo podía agradecer el ser incapaz de sentir ningún dolor.
Epidural. Pensó. O algo parecido. Las lágrimas rodaban por su piel ensangrentada mientras el dentista le acercaba unas piezas cuadradas de yeso a la boca.
Disculpa, tu problema era la muela, ¿verdad? Pues deja que te ayude.
Los dados de yeso encajaron entre las muelas de Pablo manteniéndole la mandíbula abierta. Si la droga le hubiera dejado sentir, hubiera notado la piel de sus mejillas rasgándose por la tensión. El dentista se asomó al interior de sus fauces y asintió con un gesto. Era grotesco su aspecto ensangrentado y manchado de pegotes de carne y cartílago.
Te está saliendo la muela del juicio –comentó, como quien constata la lluvia en Abril cuando el diluvio te ha empantanado el garaje. Está lloviendo. Habrá que sacarla.
Pablo intentó negar con la voz pero no lo pudo hacer ni siquiera con la cabeza. El médico cogió un destornillador de uno de los cajones de la mesilla y también preparó el martillo. Se dirigió a su paciente pero parecía ofuscado.
Esto no me deja ver –murmuró.
Agarró las tenazas con ambas manos, las colocó pinzando la lengua de Pablo y se la arrancó con un tirón tan salvaje que hizo que su cabeza rebotara contra el respaldo de la silla. El joven empezó a sangrar por la boca con tal abundancia que en pocos segundos su delantal de hule se había convertido en rojo. El doctor dejó las tenazas y tiró la carne blanduzca y enrojecida a la papelera. La lengua de Pablo parecía una sanguijuela gigante retorciéndose en el plástico del cubo de basura.
Bien, ahora será más sencillo sacarla.
El dentista colocó la punta del destornillador contra la encía de Pablo, justo debajo de la muela maldita. Contó hasta tres balanceando el martillo y ¡crash! golpeó con tanta fuerza que éste quedó incrustado en la boca del chico. El diente cayó rebotado al suelo y rodó hasta los pies del médico, que lo cogió y lo levantó triunfante. Ya está.
Pablo, era incapaz siquiera de pestañear debido a la fuerte anestesia. Veía el mango del destornillador como si brotara de su boca pero no podía sentirlo arañando los dientes. Sólo quería morir, que su torrente sanguíneo se acelerara y le ayudara a poner fin a aquella bizarra pesadilla. Quería despertar junto a Julia, con la boca hinchada, y contarle ese horrible sueño mientras mecía a la pequeña Sofía para que dejara de llorar. Porque algo en el aire del medio oeste no la dejaba dormir por las noches. Tal vez la sequedad, podía ser eso.
La música le devolvió a la pesadilla. Las lágrimas anegaban sus ojos así que ya solamente podía oír. El dentista había encendido la radio y sonaba Glory Days. Qué cabrón, pensó Pablo, odiaba a ese tipo.
¿Te gusta? – gritó el doctor en su oído en carne viva Qué grande, el Boss. Bauticé a mi clínica así por él. Bueno, esto no es más que un hobby. En realidad soy maestro de escuela. Ciencias. Estoy de baja ahora –rió. Dicen que estoy loco. Vaya mierda. Ese puto matasanos de Jimmy. Pensé. No saben qué decir ni hacer para que me jubile. Pero les van a dar.
El dentista se puso delante de él y se acercó mucho a su boca. Le extirpó el destornillador de cuajo.
Oye, tus dientes son casi perfectos.
Lo último que vio Pablo en su vida fueron las tenazas abrirse para abrazar el primero de los dientes que iban a arrancarle. Después, cuando el martillo aplastó su cráneo y la radial cortó sus articulaciones para que su cuerpo cupiera con mayor facilidad en el horno, Pablo ya estaba muerto.
Tres días después, Julia y Sofía regresaron a casa.
Solas.

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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:34 pm

Despierto un poco desorientado en mi habitación, pues el hedor a putrefacción ha logrado interrumpir mi sueño, me duele la cabeza, pero algo ha cambiado, este ya no parece ser mi cómodo y acogedor apartamento, el aire esta turbio y pesado y ¡¡las paredes!! Parecen ser de carne putrefacta, emanando ese penetrante hedor a muerte, casi parecen respirar, es grotesco. Me acerco a la ventana para intentar ver hacia fuera pero esta muy opaca y no deja ver nada, y al tocarla, me doy cuenta que ha dejado de ser vidrio y parece ser una piel densa y estirada, ¡¿Qué demonios es esto?!, salgo de mi habitación muy entubado por lo que estoy presenciando, me dirijo hacia mi sala de estar y el ambiente es aun mas lúgubre, comienzo a caer en la desesperación e intento salir del apartamento pero para mi asombro, me encuentro con la puerta de entrada encadenada desde adentro con cinco enormes candados que parecen estar hechos de huesos, esto me descontrola, comencé a tener una agobiante sensación de encierro y desesperación, pero no quería perder el control, siempre he sido una persona que sabe manejar sus emociones, así que me tranquilice tanto como pude e intente asimilar la situación.

Me di la vuelta y comencé a observar a mi alrededor, como queriendo encontrar una respuesta a lo que estaba pasando, pero lo único que pude ver eran unas extrañas figuras que se formaban en la pared, parecía como si un rostro desfigurado y con los tejidos expuestos intentar salir de ella, es escalofriante y a la vez repugnante.
Repentinamente, a mis espaldas, el televisor se enciende, pero no muestra nada, solo estática, intento apagarlo pero es en vano, intento desconectarlo pero no esta conectado, un escalofrío me recorre el cuerpo de pies a cabeza erizando todos los vellos en el camino. Intento no tomarle importancia mientras trato de comprender lo que esta sucediendo en este momento. Estoy seguro que es mi apartamento, son mis muebles, mis fotografías están colgadas en la pared, aunque todo parece tan grotesco, tan demoníaco, pareciera ser la guarida de algún repugnante demonio.

La peste no me deja pensar bien, siento que mi cabeza va a estallar, apoyo mi mano en la pared y me sostengo la cabeza con la otra mano, puedo sentir el palpitar de la pared entre mis dedos, me siento aturdido, luego comienzo a sentir que la textura de la pared cambia y se va volviendo mas viscosa, me alejo de ella rápidamente, veo como se forma un circulo negro en la pared que va creciendo como una mancha y comienza a emanar una viscosidad negra, emanando también mas pestilencia. ¡¡Pero que demonios!!, es una mano, una mano comienza a emerger de la pared, me quedo estupefacto sin poder creerlo, pero no solo es la mano sino un objeto con forma casi humana lo que esta saliendo de ahí. Es algo horrible y repugnante, tiene ese espantoso olor tan penetrante que podría olerlo aun si no tuviera nariz, esta bañado totalmente en lo que parece ser sangre coagulada y rodeado por esa negra viscosidad, sus tejidos internos están expuestos y casi no tiene piel, parece estar inflamado y en evidente estado de descomposición, el hedor a cadáver es asfixiante. Pero mi asombro es mayor pues parece estarse moviendo y emitiendo gemidos ¡¡Esta Vivo!! No puedo creer que esa cosa aun viva, el ser me vio, y ví como un ojo se le cayo, pero éste sólo se lo reacomodo y comenzó a moverse hacia mi, lo hacia casi arrastrándose, comenzó a ponerse de pie y venia hacia mi emitiendo esos tenebrosos gemidos que parecían de un dolor insufrible. Preso del terror que me invadía, di unos pasos hacia atrás y tropecé con una silla que estaba tirada en medio de la sala, pero pude ver con este ser se abalanzaba sobre mi justo antes de caer al suelo, mi cabeza golpeo contra el piso y quede inconsciente.

Despierto de golpe con un grito angustioso y mi cuerpo bañado en sudor, en mi cabeza están aun todas esas imágenes de horror, pero cuando reacciono me doy cuenta que estoy en mi cama, en mi habitación, un agudo dolor de cabeza acompaña mi mañana. ¿Habrá sido solo un sueño?, si, debió serlo, un sueño muy real, me digo esto a mi mismo tratando de convencerme pero la verdad, con poco éxito. Me levanto de la cama y me acerco a la ventana de mi cuarto, todo parece normal, como debe ser, veo hacia afuera y observo en la calle las personas caminando y los autos circulando. Algo me impulsa a tocar el vidrio de la ventana, es un sentimiento mezcla de curiosidad y temor, se que es ilógico, se que es vidrio, ¿que otra cosa podría ser?, pero, tengo que tocarlo, tengo que asegurarme. Me acerco y lo toco… nada, es vidrio, ya lo sabia, pero en mi interior suspiro aliviado.

Ahora más calmado, observo detenidamente a mí alrededor, todo es normal. Tocando las paredes me aseguro que son lo que son, sólo paredes. Esto aumenta mi incertidumbre de lo sucedido antes, pues en vez de tomar esa calma y normalidad de la que me encuentro rodeado ahora como una prueba que nada ha pasado, lo único que consigo es aumentar mi duda, me pregunto con cada vez mas recelo lo sucedido anteriormente, ¿Qué fue lo que pasó? ¿Habrá sido real o no?

Aun adolorido e intentando poner mis pensamientos en orden, salgo de mi habitación y voy hacia la sala, apoyo la mano en la pared, en el mismo lugar donde lo hice antes y… como lo esperaba, nada. Me acerco al televisor e intento encenderlo y como todo lo demás, nada pasa, con ironía pienso que si hubiese encendido me habría asustado pues tiene meses de estar averiado. Observo la pared, el mismo lugar donde antes había brotado ese repugnante ser que no quisiera recordar, solo observo, prefiero no tocar ahí. Varios pensamientos surcan mi mente, como que seria horrible terminar así como ese ser, ¿que habrá hecho en vida para tener un castigo tan cruel? En ese momento, como un as de luz que atraviesa mi cerebro, una imagen llega a mi cabeza: la puerta de entrada, corro hacia ella, y quedo perplejo, petrificado ante la puerta, intento reaccionar pero mi cuerpo no responde, mis ojos observan la puerta, están fijos a la puerta. La imagen de la puerta y esos cinco candados me hiela la sangre y me llena de horror, entonces no fue un sueño, fue todo real. Intento controlarme nuevamente y pensar en una explicación lógica para esto, ¡¡ Pero que estoy diciendo?, esto no tiene lógica, tengo que salir de aquí!!. En un arranque desenfrenado cuando el temor se convierte en furia, corrí hacia el cuarto de baño y tome un hacha que ahí guardaba, regrese a la puerta y comencé a golpear los candados una y otra vez, una y otra vez, así unas veinte veces, hasta que mi furia se había disipado, pero este sentimiento ahora se convertía en desesperación al ver que los candados se auto reparaban a si mismos de cada golpe que les había propiciado, comencé a golpearlos otea vez con el hacha intentando en vano cortarlos pero estos re regeneraban una y otra vez haciéndose mas gruesos cada vez, no podía hacer nada, estaba agobiado observando algo a lo que no podía combatir, me detuve y el hacha comenzó a hacerse mas pesada y solo la deje caer a un lado, luego me derrumbe sobre mi mismo cayendo pesadamente sobre mis rodillas, a los pies de aquella puerta con esos cinco malditos candados, estaba perplejo, conmocionado, rozando el borde de la locura ante la imagen de esos candados en la puerta frente a mi, el mensaje era claro: yo no saldría de ahí.

Bajo la vista y observo mis manos: están sangrando le di con tanta fuerza a los candados que mis manos se hirieron, la piel se abrió y comencé a sentir el dolor. Aun me dolía la cabeza. Me levante para ir al baño a intentar curarme. En la sala tropecé con una silla, la maldije y solo la deje ahí tirada sin darle más importancia. Luego abrí la puerta del baño, entre y cerré la puerta, aunque vivía solo siempre tuve esa costumbre. comencé a buscar vendas en las gavetas, mi cabeza me estaba matando, abro la llave del lavamanos y me dispongo a asearme, en ese momento levanto la vista y veo el espejo frente a mi; algo no esta bien, mi rostro, me veo muy demacrado y casi cadavérico, yo no soy así ¿la condensación en el espejo no me deja ver bien?, acerco mi mano y lo limpio, pero ¡¡Mi Mano!!, tiemblo al ver mi mano pues puedo ver los huesos y tendones en su interior, y yo pensaba que era una simple cortada, con horror veo mi rostro en el espejo, no se como describir lo que ví, este dolor de cabeza no es solo una jaqueca, es un hoyo en mi cráneo, mi cerebro esta expuesto, ahora lo recuerdo, recuerdo por que me duele la cabeza, puse un arma en mi boca y dispare, la bala salio por la parte superior de mi cabeza, pero ¿no morí? ¿Como? Ese olor otra vez, el olor a muerte me invade otra vez, no, yo debería estar muerto, el ambiente alrededor mío comienza a cambiar, las paredes comienzan a transformarse en una masa de carne podrida y viscosa y se puede sentir como lentamente comienzan a palpitar rítmicamente como un corazón acelerado. Me veo a mi mismo y observo como la piel de todo el cuerpo se contrae y se abre, es en extremo doloroso, la sangre se coagula casi al instante y mis músculos comienzan a podrirse; la carne se me cae a pedazos dejando ver mis costillas y mi abdomen se abre dejando escapar mis vísceras, nunca creí decir esto pero mis intestinos se salían de mi y tenia que sostenerlos con lo que aun me quedaban de manos para que no cayeran al piso, mi cuerpo se estaba descomponiendo y es un dolor inimaginable.

Volví a ver el espejo nuevamente pero ahí ya no se reflejaba mi imagen, sino más bien, se veía una escena como en un canal de televisión, pero lo que ahí se reflejaba era una imagen de mi cuarto, y ahí estaba yo, acostado en la cama antes de haberme disparado en la cabeza. Di un paso hacia atrás y me topé a la pared, mejor dicho, me pegué a la pared pues los fluidos de mi cuerpo descarnado se pegaron de una asquerosa manera a los viscosos fluidos de la pared tras de mi, ahora convertida en una masa de carne podrida y palpitante. Pero no solo me había pegado a la pared, sino que sentía como esta me halaba mas y mas y no podía escapar hasta que me absorbió totalmente y me encontré dentro de esta palpitante pared, me sentía asfixiado, rodeado de una materia viscosa y oscura, esa sustancia se metía en mi boca y nariz y por todas las partes de mi cuerpo ahogándome sin llegar a morir. comencé a luchar para salir de ahí, luego de mucho esfuerzo logré sacar una mano, era mi esperanza de salir de ahí, comencé a luchar nuevamente, ahora con mas ahínco para poder liberarme y poco a poco pude ir escapando de la pared hasta que caí al suelo, bañado en esa sustancia negra y viscosa, pero extrañamente ya no me encontraba en el cuarto de baño sino en la sala de mi casa, de alguna manera me había desplazado dentro de la pared hasta llegar a la sala de estar, no sabia como, pero la verdad en ese momento esa no era mis prioridades, lo único que quería era que esa pesadilla acabara.

En el momento que caí al suelo desde la pared, levante la cabeza y pude ver a una persona que estaba ahí, quise levantarme pero un ojo se me cayó, me lo reacomode e intente acercarme a esa persona para pedirle ayuda pero mis cuerdas vocales estaban tan dañadas que de mi garganta solo salían unos espantosos gemidos, me asuste al escucharme a mi mismo, luego de esto pude ponerme de pie y con mis dos ojos bien puestos en sus respectivos lugares, pude ver a la persona que estaba parada frente a mi, y para mi asombro, era yo, ¿como era posible eso?, en cualquier otra circunstancia no lo hubiera creído pero ahora lo comprendía bien, ese era yo varios momentos antes cuando tuve esa mala experiencia que creía había sido un sueño, aunque no era nada en comparación a lo que estaba pasando ahora. Debía prevenirme de no suicidarme y lo intente, me acerque a aquel que era yo para advertirle o advertirme de lo que estaba sucediendo, pero una vez mas cuando abrí la boca solo salio ese macabro gemido de mi, y él se asustó, retrocedió y tropezó con una silla que estaba tirada en medio de la sala, se golpeo la cabeza contra el piso y quedo inconsciente ¡¡esa maldita silla!! Intente reanimarlo pero fue en vano así que lo levante y lo llevé a la cama justo a tiempo pues al momento de bajarlo un brazo se me desprendió.

Lo observe detenidamente por un momento, y ví su cabeza, estaba abierta, definitivamente no era por la caída, ya se había disparado, estaba muerto, recuerdo eso, recuerdo que lo primero que hice al despertarme fue dispararme en la cabeza, lo estaba viendo otra vez, no llegue a tiempo para advertirme de no hacerlo.

Un poco mas calmado, lleno de enojo y resignación por lo que me estaba sucediendo, recogí mi brazo y salí de ahí, me dirigí hacia la puerta y con sorpresa ví como los candados se abrían, las pesadas cadenas que sellaban la puerta cayeron al suelo, quería abandonar todo eso y dejarlo atrás, al fin podría liberarme, y entonces, lentamente con la única mano funcional que me quedaba abrí la puerta y la atravesé pero no era lo que yo esperaba, en realidad no estaba saliendo de mi apartamento, sino, entrando nuevamente, con la única diferencia que ahí todo se veía normal, la entrada a uno era la salida a otro era como estar al otro lado del espejo, donde la puerta marcaba la diferencia, cuando atravesé la puerta por completo mi mano se quedó adherida a ésta desde el hombro y se cerro tras de mi. Uno a uno comenzaron a aparecer los cinco candados que la sellan y mi mano que estaba ahí adherida comenzó a convertirse en un candado mas, son seis, ahora la puerta se sello con seis candados, al ver esto abandone toda esperanza y me deje caer al suelo, ahí tendido comencé a sentir como las pocas partes que aun colgaban en mi cuerpo se desprendían de mi y se fusionaban con el piso hasta que este se convertía en carne, y esa mancha de carne se fue agrandando poco a poco hasta alcanzar las paredes y el cielo falso, luego, cuando mi corazón se desprendió y cayo al piso, el lugar completo cobró vida, y las paredes poco a poco comenzaron a palpitar. Mi apartamento se había convertido en un lugar lúgubre, con el aire denso y viciado como la guarida de algún repugnante demonio. Mi apartamento cobro vida, pus yo le brindé la mía.

Despierto un poco desorientado en mi habitación pues un hedor a putrefacción interrumpió mi sueño, me duele la cabeza, pero algo ha cambiado…
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:35 pm

Hace 2 años, estaban en su casa, tan tranquilos, María, una señora de 40 años que se había divorciado recientemente, con su hijo pequeño de tan solo 8 años. Como era de costumbre María se tenía que ir todas las noches a trabajar, debido a que era una mujer con muchas responsabilidades (tanto en su trabajo como en su casa). Pero aquel día sería muy diferente al resto de los demás; ya que, cuando se encontraban cenando vieron en las noticias que un asesino en serie, muy peligroso y agresivo había escapado del centro penitenciario de la ciudad. Lo más grave de la noticia no era que este interno hubiese escapado, lo peor era que había sido visto pocas manzanas cercanas del hogar de la familia. Esto provocó la incertidumbre de María que al irse al trabajo tenia que dejar a su hijo solo en casa. Maria para prevenir desgracias cerró las ventanas, puertas, y le explicó lo siguiente a su hijo: No habrás ninguna ventana ni las puertas. Aunque llevo las llaves, por si ocurre algo, yo llamaré 3 veces seguidas al timbre o simplemente me reconocerás por la voz y entonces sabrás que soy yo. Llegado el momento, María se fue a trabajar y dejó a su hijo solo. Éste, lleno de miedo, cerró la puerta a cal y canto y se puso a ver la tele para relajar la mente. Al cabo de rato, el chico ya estaba dormido cuando de pronto llaman a la puerta. POM...POM....el chico se despertó y aterrado se dirigió muy despacio hacia la puerta y dijo: ¿Eres tú mamá? La respuesta vino con otra serie de golpes acompañados de un susurro escalofriante que decía: JABREME DA PUETA. El niño atemorizado huyó hacia su habitación donde se pasó la noche llorando y esperando a que llegase su madre, hasta tal punto que se quedó dormido. Al día siguiente cuando se levantó se dio cuenta de que su madre no había vuelto. Y aún con miedo se dirigió a la puerta que conducía a la salida de la casa y se encontró a su madre con las piernas cortadas (por lo que no pudo llegar al timbre), la lengua cortada (por lo que no le pudo reconocer la voz) y totalmente ensangrentada. Desde ese día este chico tuvo que estar hospitalizado en un psiquiátrico y no pudo dormir sin sufrir constantes pesadillas........ Y si os preguntáis por que sé, es por que, simplemente, soy ese niño.


Moraleja: Ten cuidado con todas las puertas que te encuentras por el camino. Algún día te puede suceder lo de este relato. Muy curioso y escalofriante.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:36 pm

No mires hacia abajo –dijo el padre a su hijo; la voz opaca y temblorosa del hombre se apagó rápidamente entre los ruidos del pozo.

El niño se aferró instintivamente a la mano callosa de su padre y sintió cómo la jaula de hierro en la que habían ingresado momentos antes comenzaba a descender con vertiginosa rapidez. Bajo sus pies el piso enrejado de la jaula huía hacia las profundidades del pozo cuya negra boca apenas llegó a entrever entre los sollozos de su madre y hermanas. Ahora sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes de roca milenaria, ennegrecida por los años y la escasez de luz que allí reinaba, y el pequeño no pudo reprimir una extraña sensación de angustia a medida que se internaban en aquel abismo.

El miedo que oprimía su pecho corría paralelo al descenso interminable de la estructura de hierro en la que viajaban, sumiéndose cada vez más en una oscuridad que ya comenzaba a espesarse y donde el aire era apenas respirable. Mientras bajaban, las sombras de las grietas y partes salientes de la roca se elevaban a su paso cual espectros que quisieran fugarse desesperados de aquella fosa, y hasta la silueta borrosa de su padre, herida por unos finos haces de luz que parecían prontos a extinguirse, tornábase de pesadilla. Al cabo de un tiempo incalculable por medios corrientes, el pesado armazón de hierro disminuyó la velocidad y tras un áspero rechinar de goznes y cadenas se detuvo bruscamente, asentándose en suelo firme con una fuerte sacudida. Fue entonces cuando al niño comenzaron a zumbarle los oídos, como si tuviera un moscardón encerrado en la caja del cráneo, y tuvo que realizar un gran esfuerzo de voluntad para no caer desvanecido allí mismo. La jaula se había detenido con gran estrépito y quedó inmóvil ante la boca de una galería estrecha, con forma de bóveda, que se extendía frente a ellos hasta perderse en una sórdida, profunda oscuridad.

Habían llegado al subsuelo. El niño se creyó de pronto precipitado hacia las fauces de un monstruo voraz, arrojado sin más a un mundo incomprensible, dominado por el terror y la impiedad; se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y escudriñó el largo pasadizo con ojos desorbitados. Ahora, cuando después de la angustia y el miedo del descenso esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación se le hizo presente.

El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. De la techumbre cruzada por gruesos maderos caían continuamente grandes gotas de un líquido oscuro y hediondo, cuyo olor agrio comenzaba a llenar los pulmones del niño provocándole arcadas de asco a cada paso. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad subterránea que llenaba la vasta excavación, por lo que el niño se pegó aún más al cuerpo de su padre. En ese momento tuvo la poca tranquilizadora impresión de que el hombre a su lado estaba temblando tanto o quizás más que él, igual de aterrado se encontraba el viejo que, a pesar de sus cincuenta, tenía el aspecto de un anciano maltrecho y con escasas expectativas de vida. Mientras avanzaban, sus pasos resonaban con ecos apagados, los cuales eran absorbidos rápidamente por el silencio denso, susurrante de la sima.

A poco más de cuarenta metros se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Desde el fondo llegaba un resplandor tenue que, a poco de entrar, descubrieron provenía de un viejo candil que colgaba del techo y que despedía una luz aceitosa y macilenta, llenando el ambiente de sombras y dándole al lugar la apariencia de una cripta enlutada. El niño comprobó con aversión que el olor agrio se había intensificado, siendo más acre y hondo que antes, como de carne descompuesta hace largo tiempo. En el fondo de la galería, sentado delante de una gran mesa de basalto a una altura descomunal, un hombre entrado en años, de larga barba y cubierto el rostro de úlceras y restos inmencionables, hacía anotaciones sobre un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar en la frente y pómulos los fragmentos de hueso que sobresalían de la carne, por demás podrida y agusanada. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el hombre, quien avanzó con timidez, encorvando la espalda en signo inequívoco de sumisión y respeto.

– Seseñor, yyo... –tartamudeó el hombre levantando apenas la mirada hacia el viejo decrépito.

Pero éste hizo un ademán enérgico con el brazo, a lo cual el hombre calló automáticamente, y extendiendo la otra mano sobre el enorme libro señaló con el índice –más bien una falange con retazos de carne muerta– un punto en la página de su infinito registro, y exclamó:

– ¡Brown! Daniel Brown –vociferó el Viejo mostrando unos (escasos) dientes verdosos, y continuó con tono duro y severo–: He visto que en las últimas cinco semanas no has alcanzado el mínimum diario que se exige a cada cortador. Y ya sabes lo que eso significa...

Una risa siniestra comenzó a dibujarse en la máscara de putrefacción que era su rostro, o mejor dicho, algo parecido a una risa que deformaba las escabrosidades de sus facciones en una mueca gutural de cinismo.

– Significa... que será necesario darte de baja, Daniel Brown –los ojos del viejo se clavaron en la figura encorvada del hombre, cuya decadencia física e inutilidad para el trabajo eran ya visibles para cualquiera; y agregó–: A menos, claro está, que tengas un relevo: alguien más activo que ocupe tu sitio.

– Seseñor, aquí traigo al chico –repuso el hombre con voz apagada, los ojos húmedos y abiertos en muda súplica.

El viejo se irguió en su púlpito y sus ojos penetrantes abarcaron de un solo vistazo el cuerpito endeble del muchacho, que hasta entonces había pasado inadvertido a su inquisidora mirada. Sus delgados miembros y la infantil expresión de su rostro, como de bestia asustada, impresionaron al viejo provocándole una súbita excitación, que se tradujo a la vista en inyecciones de sangre que se derramaban profusamente por sus heridas.

– ¡Ahhh! Conozco esa mirada, chico: es el Miedo –exclamó el viejo atravesando al niño con los ojos–. Es todo lo que necesito para templarte. –y luego, dirigiéndose al hombre con un gesto de desprecio–: ¡Y tú, fuera de aquí! Largo, desecho inservible. Hoy te salvas, Daniel Brown, pero, al fin y al cabo, tarde o temprano todos nos veremos allá abajo... ¿eh? ¡Já, já, já!

El hombre dio media vuelta, la barbilla sumida en el pecho, y, antes de retirarse, miró por última vez a su hijo, arrancado de sus juegos infantiles para languidecer en las tinieblas del subsuelo. El recuerdo de sus cuarenta años de trabajo y sufrimiento se le presentó en la imaginación y miró al niño con la certeza de que idéntico destino le esperaba a él. Y, apartando de su mente aquella imagen se fue, desapareciendo en la penumbra.

El viejo se llevó a la boca un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió en la lejanía. Se oyó un rumor de pasos precipitados y luego una silueta oscura se perfiló en el hueco de la puerta.

– ¡Vamos deprisa, bestia! –exclamó el viejo con voz podrida–. Lleva a este chico al subsótano, reemplazará a su padre como cortador en la cámara cuatro ¡Rápido!

Todo cuanto sucediera ese día había causado una honda impresión en la mente inocente del niño, pero, por alguna razón, una frase del viejo se le grabó a fuego en la memoria: allá abajo. ¿Acaso había algo todavía más abajo que aquello?, se preguntó con desesperado y lógico temor.

Finalmente, el niño y el otro hombre se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas se fue alejando poco a poco en los retorcidos corredores de la galería. Caminaban entre charcos, sobre pisos de piedra a veces, otros de metal. Las tinieblas eran espesas, por lo que el niño se guiaba más por el sonido que por la vista. Hasta que, luego de un tramo recto, llegaron hasta una compuerta. Atravesaron el umbral y el niño se vio sobre una plataforma circular reticulada de gran diámetro. El hombre activó un mecanismo y la plataforma comenzó a descender con una pesada marcha. Mientras descendían, el niño sintió que el zumbido, que en un principio creyera producto del vértigo, aumentaba su fuerza y se dio cuenta de que en realidad se trataba del ruido de motores. Maquinarias y motores en continua actividad. La plataforma se detuvo al rato con secos ruidos de engranes y el desconocido empujó al niño hacia una gran galería. La misma tenía dimensiones inmensurables, y del techo pendían gruesas cadenas oxidadas y oscilantes que terminaban en gruesos ganchos de hierro. El suelo tenía cinco centímetros de sangre que corría hacia las rendijas. Varios hombres se encontraban allí, todos armados de garfios y cuchillos cortos de hoja curva, agolpados ante una doble puerta al otro lado de la galería.

Hasta entonces, el niño no se había dado cuenta exacta de lo que se exigiría de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyera en principio un paseo, luego una labor extraña y dura, lo llenó de un miedo cerval. Al estridente sonido de una sirena comenzaron a entrar de la puerta de doble hoja una veintena de personas, entre hombres y mujeres de distintas edades, desnudos ellos y todos caminaban como zombis, pero más bien, como vacas al matadero.

– ¡Bueno, no se queden ahí parados! –vociferó uno de los cortadores–. ¡A los ganchos con ellos!

– ¡Que comience la carnicería! –brotó un ronco grito de la caterva.

Acto seguido, uno de ellos tomó a uno de las axilas y lo subió de un golpe al gancho, cuya punta sobresalió como un falo de su pecho y su boca quedó congelada en un grito mudo. No se resistían, no hablaban, se movían como peces en un acuario. Otro, más práctico, tomó a dos con ambas manos del cuello y los ubicó en sendos ganchos, para luego descuartizarlos. Las partes seccionadas eran colocadas sobre mesones para que luego otro operario las oriente en una cinta mecánica que se perdía más allá de la pared de la galería.

Nadie, sin excepción, conocía los fines u orígenes del trabajo que se realizaba en la sima. Ignoraban por completo, incluso se diría que el viejo de la entrada también, cuál era su función y verdaderas dimensiones. Más allá de la cámara destinada al niño rugían los motores y máquinas, y de las ventilas a veces llegaban densas nubes de vapor nauseabundo, pero descontando eso, todo lo demás eran suposiciones.

Contra todo lo previsible, a los tres días el niño perdió el asco por los cuerpos tullidos, a la vez que perdía el olfato. A los tres meses había perdido todo su candor infantil. Y, finalmente, al año, perdió la cordura detrás de la máscara de sangre seca que cubría su rostro, de un color marrón oscuro. Cortaba como un poseso todo cuanto se le pusiera en frente. Y siempre, en su mente enferma siguió reverberando aquella frase del viejo: allá abajo...

Lo hostigó hasta cuando lo vio venir mezclado entre el resto, ya sin vida los ojos, pero reconoció, a pesar del aspecto demacrado, a su padre. Lo ubicó cuidadosamente en el gancho y los huesos exhalaron un último aliento antes de quebrarse, la cabeza ladeada hacia la izquierda, los ojos acuosos y fríos. El garfio se clavó con fuerza entre las costillas, el cuchillo de hoja curva silbó en el aire, hendió la carne... Tal vez como en su momento él mismo lo habría hecho con su abuelo, como lo haría su hijo con él, y su hijo, y su hijo...

El pozo no soltaba nunca al que había tomado, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la sima..., pero había que resignarse, pues para eso habían nacido.

“Allá abajo” había dicho el viejo. “Tal vez se pueda descender todavía un poco más...” pensó el muchacho; el cuchillo bajó por el esternón, cortando la red de músculos que forman el pecho, “...un poco más... allá abajo... un poco más...”


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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:37 pm

relatitos minis
EL AMIGO MUERTO:

Un chico esta en su casa solo, tranquilo viendo la televisión cuando de repente llaman a la puerta. Abre la misma y es un amigo suyo llamado Pedro. El lo invita a pasar al verlo inquieto, nervioso y después de decirle que tenia algo importante que hablar con el. Cuando el chico entra en su casa suena el telefono, el va a cogerlo y es una amiga suya llorando. El chico le pregunta que le pasa y ella le contesta: “¿No te has enterado de lo de Pedro?”. El chico le contesta que que pasaba con Pedro y ella le contesta que Pedro se ha matado en un accidente de trafico. El chico estupefacto de aquello deja el telefono, se dirige al salon que era donde habia dejado a Pedro y se da cuenta de que alli no habia nadie.

LA CHAQUETA:

Un chico esta estudiando un sabado por la noche para la selectividad. Para relajarse un poco decide ir a un pub que esta justo debajo de su casa. Se acerca a la barra y pide una cocacola para despejarse. De repente ve a una chica muy guapa y atractiva, era rubia, pelo largo, ojos claros, y delgadita. El se acerca a hablar con ella ya que estaba sola en el extremo de la barra. Se presenta y se pasan hablando un par de horas hasta que ella dice que se tiene que ir a su casa ya que es muy tarde. El chico mientras va con ella a la puerta le intenta convencer de que le deje acompañarle a su casa ante la negativa de esta. Debido al frio que hacia el se ofrece a que se lleve su chaqueta e iria al día siguiente a recogerla (así tenia una excusa para volver a verla). Después de dos negativas ella acepta. Ella le dice que vive en la calle El Alamo nº6 3ºa para que el pueda ir a recoger la chaqueta. Al dia siguiente va hacia esa direccion y llama a ese portal. Se pone una mujer mayor y pregunta quien es. El chico pregunta por Rosa que era el nombre de la chica. La mujer enfadada dice que alli no hay ninguna Rosa y que se vaya hacer bromas pesadas a otra gente. El chico vuelve a llamar y dice que no es ninguna broma. Ella baja hasta el portal donde estaba el chico y este le cuenta toda la historia. La mujer dice que tenia una hija llamada Rosa pero se mato de una enfermedad muy grave hacia 2 años. El chico no se lo creia y ella dijo que fuera al cementerio para comprobarlo ya que alli habia una foto de Rosa y podia ver que no era la misma chica de la noche anterior. Fueron al cementerio y ante cientos de tumbas el chico se paro pasmado y dijo a la mujer: “¿Aquella es la tumba de su hija?”. La mujer contesto: “¿Cómo sabes eso?” y el chico contesto: “Porque aquella chaqueta que esta en la cruz es la mía”.

HAS MATADO A TU NOVIO:

Una pareja esta en un coche en un bosque perdio en busca de intimidad cuando por la radio oyen que un asesino en serie muy peligroso se ha escapado de la carcel por esa zona. Ante la insistencia de la chica de irse de alli debido al miedo que tenia el chico arranca el coche cuando se da cuenta que no tenian gasolina. El chico decide ir a por unas garrafas a una gasolinera que habia en unos 500 metros mas o menos. La chica se queda esperandolo hasta que empieza a oir ruidos en la parte de arriba del coche. Esos ruidos seguian sin parar cada vez mas fuertes. La chica al estar muerta de miedo consigue después de varios intentos arrancar el coche e irse de alli. Cuando arranca mira hacia atrás y se da cuenta que su novio estaba colgado de un arbol con una soga al cuello y esos ruidos los hacia el mismo con los pies. El chico intentaba hacerle una broma. El chico al arrancar se ahogo. De ella no se ha vuelto saber nada, algunos dicen que ese asesino la pillo y la mato, otros que se suicido y otros dicen que vaga por los bosques acechando a las parejas que van alli con su coche en busca de intimidad y los mata ya que se volvio loca.

EL VEDEL:

En una cárcel de mujeres, una presa lleva un tiempo seduciendo al vedel de la cárcel para que cuando este se enamore de ella le haga el favor de sacarle de allí. Ella le complacía con favores sexuales. Después de un tiempo el le dijo que la sacaría cuando alguien de la cárcel falleciera. Cuando alguien moria se sacaba la tumba fuera y el se encargaba de llevarla al tanatorio, una vez allí el la sacaría. El vedel le dio una llave para cuando sonara la trompeta (que indicaba que ese día se iba a llevar una tumba fuera) ella abriera la habitación donde se ponen las tumbas antes de ser desalojadas. El plan era que ella abriera la tumba y se quedara dentro hasta que el la sacara de allí. Un día sonó la trompeta y ella hizo todo lo del plan pero pasaban las horas y nadie la sacaba de allí. Incluso llego a oír ruidos de que estuviera echando tierra por encima como si estuviera siendo enterrado el ataúd. Estaba desesperada, metió la mano en los bolsillos del fallecido y dio con un mechero. Lo encendio y vio que el muerto que estaba con ella era el vedel.

DESCONFIANZA:

Un matrimonio es invitado por un antiguo amigo a una cabaña a pasar un fin de semana.
Ese amigo era un antiguo novio de la mujer que seguía soltero y al que le habían ido muy bien las cosas. El amigo se hospedaba en otra cabaña que había a unos 300 metros. Durante todo la estancia el marido veía a su amigo y su mujer hablando en voz baja, muy acaramelados, con risitas lo cual hacia que el marido se mosquease. También el amigo lanzaba muchas indirectas a la mujer. El marido estaba obsesionao, una noche espió a los dos después de que fueran a dar un paseo y los vio que entraron en la cabaña del amigo y estuvieron allí un par de horas. Cuando la mujer volvió a la cabaña junto a su marido, este le pregunto que donde habían ido y esta le dijo que dando un paseo todo el tiempo. Ella le estaba engañando ya que no le había dicho nada de que había estado en la cabaña con su amigo. Al día siguiente siguió pasando lo mismo hasta que ya por la tardenoche el marido cogio una arma que había en la cabaña y mato al amigo. La mujer echo a correr mientras esta le decía que se había vuelto loco. El marido la pillo y también la mato. El marido llevo los cadáveres a la otra cabaña y cuando abrió la puerta se encontró con un montón de amigos suyos y familiares de la pareja gritando “SORPRESA” y con una pancarta en la que decía: “felicidades papa”.

¿SUEÑO O REALIDAD?:

Una familia compuesta por los padres y 1 hijo de 14 años y 1 hija de 19 van con el coche para pasar la nochebuena con el resto de familiares. Van por una carretera perdía si ningún tipo de trafico. En un momento el padre se duerme al volante y esta a punto de estrellarse contra un mercedes negro. El mercedes no se paro y siguió su camino sin saber que ellos estaban bien. Empezaron a ocurrir una serie de circunstancias por las cuales ellos tenían que bajar del coche como por ejemplo ir a orinar. El que se bajaba desaparecía. El primero fue el hijo, y luego mientras los buscaban la madre se bajo del coche ya que le pareció ver a su hijo en el bosque. Se bajo y la hija y el padre vieron como desaparecía. Vieron los faros de un coche y les hacían señas para que se parara y les ayudara. Era un mercedes negro pero no se paro. Y no solo eso sino cuando paso de largo vieron a la madre y al hijo por el cristal trasero con la cara ensangrentada y echa polvo. El padre y la hija se montaron en el coche y salieron pitando. No hacían otra cosa que dar vueltas ya que esa carretera parecía no tener salida. Entre sollozos hicieron una lista de lo que querían hacer si salían vivos de esa situación. Cogieron un papel y boli y la escribieron. La hija miro al padre mientras la escribía y no estaba. Empezó a chillar y de repente despertó en un hospital. Después de un rato la enfermera le explico que había tenido un accidente de coche y que toda su familia se había muerto. El accidente fue debido según los médicos a que el padre se durmió al volante y fue contra un mercedes negro. El mismo conductor del mercedes la llevo hasta allí y aviso del accidente. Ella comprendió que a partir de ese choque con el mercedes había sido todo una pesadilla. A las semanas cuando le dieron el alta volvió a la carretera del accidente. Cuando estaba a punto de irse vio algo en unos matorrales que había al lado. Se acerco y vio que era el papel donde había escrito ella y su padre lo que querían hacer si salían vivos de allí.

LA OUIJA PREMONITORIA:

Un grupo de amigos están haciendo la ouija, lo típico estaban de cachondeo y haciendo preguntas tontas al espíritu que estaba en la tabla. Un chaval de los que estaban jugando le pregunta al espíritu que cuando iba a morir y el espíritu le contesto la pregunta. La fecha que le dijo era solo una semana después de ese día. Le pregunto cual iba a ser el motivo de su muerte y el espíritu le dijo solo una palabra”coche”. El chico no se tomo en serio eso pero cuando llego ese día no salio a la calle por si acaso. Cuando se iba acercando ya la noche estaba más tranquilo pensando que todo eso eran tonterías. Cuando iba por el salón de su casa se resbalo y se pego en la cabeza con el bordillo de la mesa. Lo llevaron al hospital pero murió a las pocas horas por romperse el cráneo. Ah por cierto el motivo del resbalón fue que pisó un coche de juguete de su hermano pequeño. Posdata: si juegas a la ouija puede que no pase nada o si pero ¿merece la pena arriesgarse? Yo creo que no.

LA COMUNIDAD DE VECINOS:

Una pareja esta buscando piso en un barrio de Valencia, después de buscar durante varios días ven un piso muy barato, demasiado barato. Pensaron que había trampa en el piso como por ejemplo que por dentro estaría en mal estado o algo así pero no, ante la sorpresa de la pareja estaba fenomenal. Deciden quedarse con el piso ya que estaba bien y estaba tiraisimo de precio. La única pega es que estaba en un barrio aislado, incluso era el único piso de barrio. Cuando se hospedan hacen una vida normal. Cuando dicen a las personas que viven por la ciudad donde se han ido a vivir, estos les dicen que en los últimos años todo el que ha ido a vivir allí ha desaparecido misteriosamente pero ellos no le dieron mucha importancia a eso. Subieron a la azotea ya que era el único lugar que no habían visto de todo el bloque en los 3 días que llevaban allí. Subieron y les gustaron mucho las vistas. Entraron en un cuartillo que había en la azotea, estaba muy sucio y con mucho polvo. Lo único que había allí era unas figuras de cera. Cuando se fueron los 2 estaban dispuestos a irse a comprar, vieron en el portal a la mitad de los vecinos en la puerta pasmados mirándolos fijamente. Todos los vecinos de la zona era personas de 50 años como mínimo. Cuando el hombre pregunto a los extraños vecinos que pasaba, uno de ellos contesto: “tranquilos va a ser todo muy rápido”. Y sacaron todos pistolas. La pareja echo a correr hacia arriba ya que para fuera no podían ya que los vecinos bloqueaban la puerta. Pero cuando llegaron al 1º piso se encontraron con la otra mitad de los vecinos con las mismas pistolas. Entre los chillidos (nadie podía oírlos ya que eso estaba muy aislado) todos dispararon pero no eran pistolas con balas sino que expulsaban una especie de liquido viscoso. Era cera extrafuerte y cuando se secaron los llevaron al cuarto de la azotea con las otras victimas. Al día siguiente ya estaba el cartel de se vende piso a precio súper económico. Seguro que no tardara mucho alguien en llamar a ese número solicitando comprar el piso debido a el poco dinero que cuesta. Lo que la gente no sabe es que cuesta tan poco porque el que viva allí estará toda la vida en la azotea mugrienta sin poder moverse para siempre.

LA PANDILLA SANGRE:

Dicen que si vas por una carretera comarcal por la noche, en una noche de poco movimiento de vehículos, y ves a un coche negro circular sin luces, al darle las largas para avisarle y advertirle ese coche enciende las luces pero inmediatamente se da la vuelta y te sigue a toda velocidad hasta atraparte y matarte a ti y a todos las personas del vehículo de formal cruel y sangrienta. Ya sabes si te ves en una situación así no le des las largas por si acaso las personas que hayan en ese coche se enfadan.
LO “A PRIORI” LO MEJOR NO SIEMPRE ES LO QUE DEBES ELEGIR:
Dicen que hay un grupo de personas que te atacan de noche y en calles solitarias donde nadie te puede ayudar. Algunas veces cuando pillan a una chica le dan a elegir: violación o sonrisa del payaso, la chica siempre elige la sonrisa del payaso sin saber que es evidentemente. La sonrisa del payaso consiste en rajar la boca de oreja a oreja y echando limón a la herida para que quede grabada la sonrisa. Otras veces te dan a elegir entre apuñalamiento o pellizco. La persona elige siempre pellizco que consta de con unos alicates pillar los pezones de los pechos y arrancarlos de cuajo. Y otras veces te dan a elegir entre apuñalamiento o patada. La persona elige siempre patada que consta ni más ni menos en ponerte tumbado con la boca en un bordillo y darte una patada enorme en la cabeza. Ya sabes no siempre lo mejor es siempre lo que debes elegir.

EL AMIGO IMAGINARIO O ¿REAL?:

Históricamente siempre los niños han sido más susceptibles con ver a espíritus o visitantes extraños que no deben estar ahí. La mayoría de las veces siempre es fruto de la gran imaginación que puede tener un niño y también es debido a que les resulta dificultades para hacer amigos. Pero otras veces no es así. En una casa un niño no hacia otra cosa que mirar a un determinado lugar de la casa y siempre fijamente incluso muchas veces hablaba hacia esa dirección y se reía. El niño de 5 años les decía a sus padres que veía a un hombre de sombrero negro y mayor en la casa y que le decía con la mano que se acercara a el. También decía el niño que le hablaba diciéndole que se fuera con el a un sitio muy divertido y que iba a estar jugando para siempre. Los padres no hacían mucho caso: “serán cosas de niños”, decían ellos. Una mañana cuando se levanto la pareja vio un mensaje escrito en la pared en que decía: “ADIOS PAPA, ADIOS MAMA, ME VOY A JUGAR PARA SIEMPRE CON ESTE HOMBRE”. Los padres se liaron como locos a buscarlo pero nunca mas apareció ni se supo nada de el. Ya sabéis casi siempre el amigo imaginario es imaginario pero otra veces no.

NIÑO EXTRAÑO:

Una familia estaba cenando tranquilamente en su casa como todos los días sobre las 9 de la noche. El padre le dijo a su hijo de 9 años que cuando terminara fuera a lavarse los dientes y se fuera a dormir. Mientras la mujer y el estaban lavando los platos el niño hizo caso a su padre. Cuando subió arriba para darle las buenas noches a su hijo se asomo a una ventana que había en la planta de arriba y vio a su hijo jugando en el columpio en el jardín. El padre se asomo y le grito a su hijo que dejara de jugar y se metiera en casa para dormir. Al ver que no le hacia caso el padre enfadado se dispuso a bajar hacia el propio jardín pero antes de llegar a las escaleras oyó ruidos en la cama de su hijo. Pasó a la habitación de su hijo lentamente y vio que su hijo ya estaba durmiendo. Salio corriendo de allí y se asomo a la ventana y ya no había nadie allí aunque aun podía verse el columpio balancearse.

LOCO EN EL BOSQUE:

Una pareja estaba circulando por una carretera secundaria mientras estaban escuchando la radio. Oyen que un loco muy peligroso se ha escapado de un psiquiátrico, cuando de repente el coche se para y se queda sin gasolina. La mujer se puso muy nerviosa y el marido dijo que iba a ir a por garrafas de gasolina a una gasolinera que había un kilómetro atrás. La mujer cuando su marido se fue cerró todos los seguros y al oír ruidos cerró los ojos del miedo que tenia. De repente oyó un ruido en el techo de su coche, era un: PUM, PUM, PUM, PUM, sin cesar durante 2 horas. El marido no había regresado todavía. Pasaron unos cuantos coches de policía y se detuvieron ante el coche. Todos bajaron con la pistola en la mano y diciendo a la mujer que saliera del coche despacio. La mujer salia mientras le decía la policía que no mirara hacia atrás. La mujer ante tanta curiosidad no pudo resistirse y miro hacia atrás y vio a un loco con la cabeza cortada de su marido golpeándola contra el techo del coche haciendo el ruido: PUM, PUM, PUM.

NO TE VAYAS CON CUALQUIERA:

Existen muchas leyendas sobre personas especialmente hombres sobre desgracias que te pasan cuando te vas con malas mujeres o mujeres del mundo de la prostitucion. En algunos casos cuando vas con una mujer a pasar una noche, al despertarte te encuentras en una bañera con hielo y con una marca de costura en un costado. Se ha despertado sin un riñón. Y otras veces el hombre cuando se despierta, ve que la mujer no esta y al entrar al baño ve en el espejo escrito con pintalabios: “BIENVENIDO AL MUNDO DEL SIDA”. O también la leyenda de que después de pasar una noche con una mujer que había conocido en una discoteca, te despiertas en una sala atado a una silla sin poder moverte y al rato entra una persona con una bata parecida a la de los médicos y empieza a torturarte como cortarte un poco con una radial, clavándote clavos en los dedos, pincharte los ojos, etc. La mujer era de una asociación que dicen que existe que consta de personas que pagan dinerales para tener derecho a matar a personas secuestradas torturándolas. Ya sabéis pensar con quien os vais, aunque la tentación sea muy grande.

EL TRONCO DEL BRASIL:

Una pareja de vacaciones en Brasil, se compra de recuerdo un tronco de Brasil (una planta muy típica de ese país). Cuando llegan a su país colocan la planta en el salón de su casa. A los pocos días ven como la planta se va moviendo, se balancea ante la sorpresa de la pareja. Se fijaron bien y vieron como había una especie de huevos muy chicos blancos por toda la planta. Llamaron a alguien experto en plantas para que fuera a verlas al día siguiente ya que ya era tarde. En mitad de la noche los dos se despertaron ya que oyeron ala planta como chillidos. Se acercaron y de repente saltaron de la planta miles y miles de arañas (eran viudas negras) y se lanzaron a la cara de ambos.

¿QUIEN TE TOCA?:

El vigilante de un cementerio del turno de noche esta como siempre dando una vuelta para comprobar que todo va bien. El cementerio hacia unas horas que estaba ya cerrado. Ya estaba acabando la vuelta y se disponía a pasar a su caseta para descansar un poco. Hacia un viento fortísimo tanto que movía mucho los árboles que había allí. En una ráfaga enorme de aire tiro un árbol pequeño y se cayo encima del vigilante. Se quedo atrapado sin poder moverse boca abajo. Pido ayuda pero evidentemente nadie le escuchaba. En algunos momentos de la noche sentía que alguien le ponía la mano en la espalda, al sentirlo pidió que le ayudara pero nadie contestaba. El no podía verlo al estar atrapado y no poder darse la vuelta. Durante toda la noche, de vez en cuando, alguien le tocaba la espalda y la cabeza por detrás. Cuando llego la mañana, el vigilante del turno de día, abrió la puerta y ayudo al vigilante. Este le contó que alguien había allí ya que le habían tocado durante toda la noche, incluso diferentes manos de diferentes tamaños y diferentes tactos. El otro le contesto que era imposible ya que allí no había nadie. Pero el vigilante sabe que si ocurrió. ¿Quién toco al vigilante?.

ENCIENDE LA LUZ:

En una residencia de universitarios, dos chicas comparten habitación. Tenían como una regla que era que cuando alguna de las dos estuviera con un chico en la habitación, pondría un letrero en el pomo de la puerta por fuera para que no pasara. En una noche que llovía a mares y hacia mucho frío, después de estudiar en la biblioteca una de las chicas va hacia la habitación y ve el letrero en el pomo. Debido a que hacia mucho frío y no tenia donde ir decidió pasar con cuidado sin encender la luz y meterse en la cama rápidamente. Hizo eso mientras oía los jadeos. Al día siguiente al despertarse vio a su amiga muerta ensangrentada y masacrada, y además escrito en la pared con sangre “DEBERIAS HABER ENCENDIDO LA LUZ”.

EL DIABLO:

Un pastor estaba como todos los días con su rebaño en el campo. Cuando estaba acabando la tarde y llegando la noche empezó a llover de repente bastante. No tuvo mas remedio que llevar a todo su rebaño a los corrales y el se metió en la casa que tenia al lado. Decidió esperar para irse a su casa ya que llovía mucho. Esa casa en la que se encontraba estaba muy aislada. De repente alguien toco a la puerta. Pregunto quien era ante su sorpresa y una voz de mujer mayor contesto que por favor le abriera que estaba empapada. Este le abrió y vio que era una monja mayor. Le invito a pasar. Cuando este cerró la puerta y se giro hacia la monja la vio reírse con una risa macabra. Ante la sorpresa de este la monja reía y reía cada vez más fuerte. El hombre asustado no sabia como reaccionar, pero su sorpresa estuvo cuando miro hacia sus pies, eran patas de chivo. El hombre quedo allí perplejo y murió del shock.

VERONICA:

Un chico de 18 años oye que diciendo el nombre de Verónica 3 veces frente a un espejo y con 2 velas, la invocas, se te aparece y te dice la fecha de su muerte. Hace eso y efectivamente se le aparece una chica fantasmal en el espejo. Este le pregunta que cuando va a morir. Esta le contesta: “¿cuando quieres morir tu?”. Este le contesta que con 100 años por ejemplo y esta le contesta: “concedido”. Durantes los días siguientes al chico le pasaba de todo, desgracias, le perseguía la mala suerte, etc. Y por supuesto la chica se le aparecía por la noche en su habitación al chico. El no podía aguantar más. Después de todo el infierno que estaba viviendo lo metieron en un psiquiátrico para estudiar su caso. La primera noche que paso allí se la encontró de nuevo y el grito que quería que se acabara todo y que se quería morir, a lo que Verónica le contesto: “deberías haber elegido que la fecha de tu muerte fuera antes, ahora te quedan 82 años para sufrirme”.

LOS HOMBRES TAMBIEN SABEN LAMER:

Una chica invita a una amiga a pasar la noche en su chalet ya que sus padres se fueron dos días de viaje por motivos familiares. Cuando estaban las dos dentro del chalet oyeron una noticia que les impacto: por esa misma zona merodeaba un loco que se había escapado del psiquiátrico y era muy peligroso. La amiga se aterrorizo pero la dueña del chalet la tranquilizo diciendo que siempre cuando se van a dormir su perro da una vuelta por todo el chalet y si no hay nada raro se acerca a la cama y le lame la mano que esta le deja colgando en la cama. Cuando se acuestan ella al rato siente el lamido del perro mientras esta medio dormida y se queda mas tranquila. Al día siguiente cuando esta despierta ve a su amiga en la otra cama asesinada brutalmente desangrada y también al perro muerto con un mensaje escrito en la pared con sangre que decía: “LOS HOMBRES TAMBIEN SABEN LAMER”.

ABRE LA PUERTA:

Una chica invita a una amiga suya a pasar la noche a su casa ya que sus padres no iban a dormir esa noche allí. La amiga le dijo que si que iba para allá enseguida. Se corto la programación en la televisión para dar una noticia de última hora: un asesino peligroso se ha escapado de la cárcel y estaba por esa zona. La chica mientras esperaba a su amiga estaba muerta de miedo. Más si cabe cuando empezó a oír ruidos en la puerta de cómo si alguien estuviera arañándola y pasando la mano sobre ella y también escuchaba una voz como si alguien intentara hablar pero no le salía la voz. La chica se encerró en su habitación muerta de miedo. Estuvo allí hasta que llamaron al timbre. Ella se sobresalto pero oyó una voz que dijo: “Policía, habrán”. Ella abrió y era varios agentes de policía. Estos le dijeron a la muchacha que saliera de la casa sin mirar al lado derecho. Ella salio pero miro y vio a su amiga muerta con el cuello cortado y las uñas destrozadas de arañar la puerta intentando entrar.

LA ENFERMERA SIN ROSTRO:

En un hospital durante unos meses hubo bastantes obras para mejorar las instalaciones.
Un día ocurrió una desgracia, unos hierros cayeron y pillo a una enfermera, le aplasto la cabeza y murió en el acto. A los meses cuando ya acabaron las obras, el hospital ya se había recuperado de la desgracia que ocurrió. Un día todos los enfermeros de la 3º planta coincidieron en una versión: una enfermera se presento sobre las 3 de la mañana en las habitaciones preguntándole a los enfermeros si todo marchaba bien. Eso no seria extraño si no fuera porque ninguna enfermera a esas horas se paseaba por las habitaciones al no ser que fuera solicitada por algún paciente y sobre todo era extraño porque todos coincidían que esa enfermera no tenia rostro y su movimiento no era como el andar normal de una persona sino que parecía que levitaba. Todos los pacientes coincidían, ya sean niños, ancianos, personas de mediana edad, etc. En esa planta curiosamente fue donde murió la enfermera meses atrás. Ante la incredulidad de los médicos fue contratado un técnico de imagen para ver toda la noche el video de esa planta. Y exactamente a las 3 vio una sombra en el pasillo de esa planta pasando habitación por habitación. Pero el susto fue mayor cuando esa sombra se acerco a la cámara y se puso justo delante de ella. Ocupaba toda la pantalla y el técnico vio a una persona vestida de uniforme de enfermera pero totalmente sin rostro. Durante años en ese hospital ha estado esa figura y parece que así será siempre.


LA CASA DE COMA DE VACA:

En un pueblo de Extremadura llamado Coma de Vaca, dos amigos amantes de la naturaleza deciden pasar una noche entera en el bosque que rodeaba el pueblo. Querían revivir los años en el que todo su grupo de amigos iban de acampada por la noche en ese mismo bosque. Los dos hicieron una lumbre e hicieron una parrilla. Sobre medianoche ambos oyeron unos extraños ruidos. Se dirigieron hacia ellos y conforme avanzaban se dieron cuenta que eran llantos de niños. Siguieron andando y los ruidos les condujeron a una casa que llevaba muchos años abandonada. Ellos sabían (como todos los habitantes del pueblo) que esa casa tenia una leyenda que trataba de una mujer que hacia años había matado a sus dos hijos de 5 y 2 años. Pero ellos eran muy escépticos en esos temas y no se creían nada de eso. Entraron y gritaron si había alguien pero nadie contestaba aunque los ruidos de los niños no paraban. Llegaban del piso de arriba. Subieron y entraron en la habitación donde se oían los ruidos. Cuando abrieron la puerta vieron algo espantoso. Una mujer matando a sus dos hijos. Ambos echaron a correr hacia el piso de abajo para salir pitando de allí. Pero cuando llegaron a la puerta resultaba que no se abría. Tiraban y tiraban pero nada. Entonces oyeron pasos de alguien bajando las escaleras y vieron algo espantoso: una mujer con cara muy blanca con dos niños cogidos de la mano ambos sangrando bastante. Poco a poco se fueron acercando pero finalmente se abrió la puerta y salieron pitando de allí. Ambos al día siguiente decidieron irse a vivir a otro sitio y no se volvieron a ver nunca más. Pero la leyenda sigue en el pueblo de Coma de Vaca.

LA CASA DE LAS TRES CRUCES:

Un grupo de 3 montañeros deciden ir a pasar un fin de semana a la montaña. Pero pasó el fin de semana y no aparecieron por sus casas ni por el trabajo. Cuando pasaban los días y no aparecían, las familias denunciaron su desaparición y las fuerzas de seguridad lo buscaron durante varios días. Dos guardias civiles llegaron a una zona donde había una pequeña casita y un mirador. Uno se fue a la casa y otro miro por el mirador para ver si veía algo. El que entro en la casa llamo a voces a su compañero para que fuera rápidamente. Entro y vio en la pared de enfrente tres cruces hechas con sangre. Ambos se quedaron pasmados pero mas se quedaron cuando debajo de ellas vieron como una frase que decía: “No invadáis mi territorio”. Cuando salieron vieron algo que ponía encima de la puerta que se les había pasado cuando entraron que decía: LA CASA DEL SEÑOR PEZUÑAS. Ambos decidieron no contar nada a nadie y decir que por esa zona no habían visto nada. Por supuesto los cuerpos nunca fueron encontrados.

LA SANTA COMPAGNA:

Un vigilante de un cementerio de Orense esta como todas las noches haciendo su turno de trabajo en la casetilla habitual que tenia al entrar al camposanto. Estaba viendo una pequeña televisión que había en la casetilla cuando oía pequeños ruidos fuera. Salio pero no vio nada. De nuevo los volvió a oír, eran como unos pasos. Miro hacia la ventana y vio algo terrorífico, eran un grupo de personas observándoles detrás del cristal. Iban todos con batines blancos, eran hombres y mujeres. Estaban todos muy blancos y demacrados. Eran unas 10 personas y todas lo miraban pasmados. El hombre al estar muerto de miedo, decidió encerrarse en una especie de pequeño trastero que había allí y estuvo toda la noche muerto de miedo, llorando y temblando. Cuando ya amaneció salio muerto de miedo. Y no los vio, salio de la casetilla y vi escrito en el cemento del suelo una frase: “tranquilo no nos temas, somos la santa compagna, nos veras todas las noches”. El hombre los volvió a ver la noche siguiente pero ya no tuvo tanto miedo y así noche tras noche. De hecho se sigue diciendo que hoy en día en ese cementerio y en muchos de Galicia, que es de donde son esta especie de procesión de almas, siguen paseando por los camposantos.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:39 pm

Rodrigo paseaba por la calle despreocupadamente. Era un hombre afortunado. Solo tenía 27 años y no había trabajado nunca, pero gracias a una herencia familiar tenia suficiente dinero como para vivir 7 vidas de derroche y despilfarro.
Tenia una mansión, criados y se pasaba la vida de fiesta en fiesta.
Era 31 de Octubre y mientras se subía el cuello de la gabardina para protegerse el rostro de la brisa helada, recordó que esa misma noche estaba invitado a una fiesta de Halloween.
Mientras caminaba algo llamo su atención. En su ciudad y con motivo de Halloween habían montado una especie de mercadillo y ahora el se encontraba frente a la caseta de Mandrágora que con un gran cartel anunciaba que era bruja.
Rodrigo nunca había creído en brujas, pero de pronto se le encendió la luz de la maldad y decidió entrar a reírse un poco de aquella tal Mandrágora.
Aparto el cortinón que tapaba la entrada y penetro en la caseta.
Dentro se encontró con una estancia oscura que solo estaba iluminada con algunas velaza había animales disecados que con la luz de las velas proyectaban en el techo sombras fantasmagoricas. El aire estaba cargado y olía a sudor y azufre.
Al fondo se encontraba la bruja. Era una anciana que llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo de colores. Su cara denotaba que nunca había sido agraciada.
No es que sea fea, pensó Rodrigo, es que es repugnante.
Aquel ambiente podría haberle impuesto respeto a cualquiera, pero a el le producía risa.
La bruja que se hallaba sentada frente a una pequeña mesa redonda, le hizo una señal para que se sentara en una silla libre que había frente a la mesa. Rodrigo tomo asiento muy seguro de si mismo y la bruja encendió una varita de incienso, una pequeña vela y tras decir unas palabras ininteligibles le pregunto con una voz que parecía surgir directamente de los pulmones, ¿que quieres saber?

Rodrigo con una sonrisa en la cara le contesto nada. Solo vengo a ver como te equivocas.
La bruja tomo aire con dificultad y sus bronquios emitieron un pequeño silbido.
Con la cabeza agachada le contestó: eres un hombre afortunado, tienes buena salud, no has trabajado nunca pero tienes dinero suficiente para vivir sin problemas. Aun así haces mal creyendo que estas por encima de todo y de todos.
A Rodrigo un escalofrió le recorrió la espalda y la sonrisa de su cara paso a ser una mueca grotesca. Comenzo a notar que su cuerpo temblaba y se dispuso a levantarse para irse. En ese momento noto que la mano helada de la bruja le sujetaba del brazo.
Alzo la cabeza y se encontró frente a frente con la cara de la bruja.
Rodrigo vio aquellos ojos grises como el acero clavados en el y sintió como si le desnudaran el alma.
La bruja apretó su mano clavando sus uñas en su brazo. Le miro directamente a los ojos y le dijo: Se a que has venido aquí pero nadie se ríe de Mandragora. Mañana vivirás el día de difuntos en primera persona. Esta noche tendrás un accidente y enviare a la muerte a buscarte. Disfruta de tu último día.
Rodrigo salto de la silla y logro liberarse de la mano de la bruja. Dio dos pasos hacia atras. La bruja le miro y le pregunto ¿no vas a pagarme? Rodrigo se dio media vuelta y salio apresuradamente. La bruja agacho la cabeza. Da igual, me pagaras con tu alma murmuro entre dientes.
Rodrigo salio a la calle y aunque el frío había arreciado estaba empapado en sudor. En esos momentos era presa del panico. Se encontraba totalmente asustado y por su cabeza pasaban una y mil veces las palabras de la bruja.
Se encontraba enfrascado en sus pensamientos cuando de pronto la sonrisa volvió a su rostro. Claro, se dijo a si mismo. Todo tiene solucion. Si iba a sufrir un accidente solo debía evitar cualquier situación peligrosa. Mañana volveré y entonces si que me reiré en la cara de la vieja, pensó.
Llego a su casa y paso la tarde planeando como iba a hacer las cosas. Quito del techo de la habitación la lámpara y todo aquello que fuera susceptible de caerse. Dio la noche libre al servicio porque pensó que estaría mas seguro solo, y únicamente le pidió al mayordomo que se quedara con lechero la llave de paso del agua y del gas y ni tan siquiera ceno para no atragantarse. A las ocho le dijo a su mayordomo que le acompañara a su habitacion. Las paredes estaban desnudas y solas en una de ellas, la que se encontraba mas lejos de la cama, había un reloj, porque quería ver la hora.
Todo el suelo estaba cubierto de gruesas alfombras, para minimizar el golpe en caso de caída, pero aun así le ordeno a su mayordomo que lo atara a la cama y lo rodeara de cojines. Luego le dijo que cuando se marchara no volviera hasta el día siguiente.
Las horas iban pasando y aunque no se sentía demasiado cómodo al estar atado, se sentía seguro. No podía caerse de la cama ni tampoco podía golpearle ningún objeto pues los había quitado todos. Un desastre natural como un terremoto o algo así no era posible pues la bruja le había dicho que el accidente lo tendría solo el.
Oyó como el mayordomo cerraba la puerta y abandonaba la casa.
Ahora solo quedaban el y sus pensamientos.
De pronto se sobresalto y abrió los ojos, se había dormido. En la penumbra logro vislumbrar el reloj. Solo faltaba un minuto para las doce. La noche del 31 se estaba acabando y no había sucedido nada.
Maldita bruja, penso. Habia conseguido asustarle pero mañana se reiría en la cara de la vieja.
Estaba a punto de soltar una carcajada cuando un leve sonido llamo su atención. Levanto la cabeza y lo que vio le helo la sangre. El pánico se apodero de el. Habia olvidado cortar la luz y del enchufe de la pared salían chispas azules y verdes que prendieron en los gruesos cortinajes.
Grito pero nadie podía oírle ni ayudarle.
Cerró los ojos y mientras notaba el calor cada vez mas cerca de su cuerpo, solo oía la risa burlona de la vieja bruja, que parecía venir del mismísimo infierno.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:40 pm

A pesar de sus descomunales dimensiones, la estancia olía a putrefacción. En la oscuridad casi total, junto a uno de los rocosos muros y sobre un lecho apelmazado de restos humanos, se erigía el Señor del Mal, como un dios monstruoso exiliado de todos los panteones. Su mole se perdía en las alturas, una montaña de carne amorfa, palpitante en algunos de sus obscenos pliegues y de un verde putrefacto en otros, envuelta en vapores de corrupción y nubes de moscas rabiosas. Algunos huesos parecían querer rasgar desde el interior la grasa, la piel correosa cubierta de llagas y cicatrices que los aprisionaban. Y allá en la cima, donde habría de existir un rostro, el Señor del Mal exhibía un enorme agujero abierto en la carne, que se abría y cerraba, se abría y cerraba sin descanso…boqueando un murmullo gorgoteante, e inaprensible.

La única, escasa iluminación, provenía de los tres corredores horadados en la roca, cuyas bocas vomitaban tenues resplandores rojizos y anaranjados en la inmensa oscuridad de la caverna. El Señor del Mal resultaba, medio vislumbrado, medio intuido, una visión de pesadilla ante esa luz insuficiente.

Del corredor central comenzaron a llegar ecos de pasos y voces apagadas, temerosas. Poco después, precedidos por sus sombras titilantes, emergían hombres de variopinto aspecto, constitución y catadura, organizados en pulcra fila india. Todos avanzaban mirando hacia su siguiente paso; era la forma de mostrar respeto y sumisión incondicional ante el Señor, así como una precaución para no tropezar con ningún desnivel de la roca o alguna de las criaturas, blanquecinas e indefinibles, que se escabullían entre sus pies como serpientes. Un rumor grave, contenido, les acompañaba en su travesía por la oscuridad. Algunos tosían para aclararse la garganta, dominados por el nerviosismo; y las toses sonaron tan ridículas, patéticas, en aquella majestuosidad tenebrosa de espacios sólo imaginables, que los abrumados hundieron –aún más– sus cabezas entre los hombros, como si intentaran esconderse en sí mismos.

El primero en la fila, un hombre de piel oscura y ojos gélidos, les guiaba con paso firme; parecía que no era la primera vez que caminaba por este lugar, pero para muchos de ellos, resultaba evidente que así era: según se iban acercando, y la masa ingente del ser que habían venido a buscar se convertía en una realidad irrefutable para sus sentidos, comenzaban a trastabillar, temblando sin remedio. Nunca imaginaron que su presencia fuera a ser tan…inhumana.

<> –les había advertido su guía, pero a medida que la fila avanzaba, su paso se iba haciendo lento, cauteloso. Ninguno podía evitarlo. Aquel ser colosal les hacía sentir indefensos, minúsculos ante su tamaño, y su aura de maldad casi respirable. De repente, un bramido gutural, atronador, surgió de la montaña de carne como una erupción sonora, una tormenta cacofónica de voces fundidas en un tono salvaje, que se expandió en olas de negrura. En la fila, los nervios de algunos hombres se quebraron definitivamente. Toda la valentía que les impulsó hasta aquí se desvaneció, quedando en su lugar la esencia pura del miedo animal. Unos quedaron paralizados, como estatuas lívidas de sal, otros cayeron al suelo, hechos ovillos fetales, temblorosos. Un joven alto y delgado corrió despavorido, intentando huir por donde habían llegado. Y a los pocos metros del umbral, una sombra se interpuso entre él y su salvación. Como una ráfaga de viento, se lanzó sobre su cuerpo, pegándose a su piel. Su primer grito de sorpresa pronto aumentó hasta ser un aullido de sufrimiento. Los pocos que se atrevieron a mirarlo vieron cómo la carne se deshacía lentamente, burbujeando, cayendo en goterones al suelo; sus ojos eran dos gelatinosas lágrimas blancas, que se escurrían junto a las pastosas mejillas sobre el pecho. Y así siguió gritando hasta que dejó de tener garganta para hacerlo. Sus compañeros de fila caídos se habían unido a él, como bultos negros de brea siseante, en una sinfonía de dolor. Los demás –aún conmocionados– se pusieron a caminar de nuevo. Y entonces comprendieron que no era roca lo que estaban pisando desde que entraron…

El guía de la fila se detuvo, al fin, frente a un enorme montón de objetos compactados de toda clase: cuerdas, hachas, telas que habían sido prendas de vestir, piedras…formando un parapeto que rezumaba sangre como un extraño animal herido, frente al Señor del Mal, que se alzaba sobre ellos, un océano vertical, imposible, de carne corrupta. El olor era espantoso, y tuvieron que luchar por retener las arcadas.

El primer hombre se adelantó un paso. Metió las manos en los bolsillos del pantalón y sacó un cuchillo en un trozo de tela ensangrentada. Los mostró en alto, justo antes de arrojarlos al montón.

–Violé a una chica. Después, le corté el cuello con ese cuchillo.

El Señor del Mal se inclinó levemente hacia él desde las alturas, como si pudiera verlo a través del agujero en la carne por el que habló, con su voz compuesta de mil voces:

Cuatro años más de vida –retumbó, con ecos abismales.

El hombre hizo una leve reverencia antes de dirigirse hacia la derecha de la deidad, donde se abría la boca de uno de los tres corredores iluminados. Una vez vio salir a su compañero, el siguiente en la fila ocupó su lugar. Intentó que su mano dejase de temblar mientras sacaba un revolver de su chaqueta. Lo elevó sobre su cabeza, y lo echó al montón. Allí quedó entre los pliegues de un saco.

Disparé a mi hermano hasta matarlo –dijo con voz medio estrangulada.

Cinco años más –sentenció el Señor.

El tercer hombre era de baja estatura, casi calvo y con una expresión de odio perenne grabada en las facciones. Con una inclinación, empezó a exponer sus actos:

Ordené el genocidio de una odiosa minoría en mi país. Murieron miles, no sabría decir cuántos exactamente.

El Señor del Mal se removió, acompañado de un sonido de humedad pegajosa según se volvían a asentar las masas de carne en su nueva posición.

¿Los mataste a todos tú, en persona? –La pregunta cayó como un alud furioso y ensordecedor sobre él.

El hombre se inclinó un poco más. Unas gotas de sudor empezaban a resbalarle por la frente.

Yo di todas las órdenes a los comandantes, mi Señor –consiguió decir, sin saber dónde mirar.

El Señor del Mal volvió a tronar, escupiendo rabia aterradora.

¿No manchaste tus manos de sangre?

No…de forma directa; pero sin mi or…no pudo terminar la frase.

En la montaña de carne se abrieron varias pústulas, largas y serpenteantes, y una miríada de tentáculos fue expulsada al exterior, lanzándose sobre el genocida. Uno de ellos le rodeó la cabeza, a la altura de los ojos, mientras otros lo tomaban por las piernas y la cintura, elevándolo sobre el suelo. La fila retrocedió espantada, ante los gritos angustiosos del hombre que intentaba zafarse sin conseguirlo. Entonces los tentáculos comenzaron a presionar. Y los gritos de dolor, entrecortados, aumentaban de volumen para horror de todos los que lo observaban debatirse. Su agonía pasó a un alarido mantenido de sufrimiento, mientras los tentáculos empezaron a tirar en sentidos opuestos, sin soltar a su víctima. Unos crujidos amortiguados pero audibles, escalofriantes, salían del hombre, cuyas cuerdas vocales debían haberse quebrado ya en el éxtasis del dolor. De súbito, el cuerpo se partió en dos con un restallido de huesos y músculos; los tentáculos arrojaron las dos mitades, casi con desprecio. En la fila les dio tiempo a ver cómo se descolgaban los pulmones, cómo se vertían las vísceras, antes de desaparecer en la oscuridad. Los gritos del pequeño hombre se acallaron.

Ahora quedaban once en la fila. Y el siguiente tuvo que ser empujado por los de atrás para avanzar.

Y de ellos, sólo seis dijeron aquello que el Señor del Mal deseaba oír.


Transcurrieron muchas horas antes de que sonidos humanos volvieran a escucharse en la caverna. Llegaban por el corredor opuesto al que los seis afortunados habían tomado para salir de allí, conservando su vida y un poco más. Pasos, carraspeos y algún estornudo anunciaban a la muchedumbre que se acercaba. Eran no menos de veinte cuando al fin aparecieron. Todos ancianos, que avanzaban a duras penas, y algunos de ellos, que casi no podían mantenerse en pie. Se dirigían hacia su Señor con extrema cautela, uno tras otro, tanteando con sus bastones la roca de sedimentos humanos para evitar cualquier caída que pudiera resultar fatal. Iban flanqueados por sombras inquietas, como charcos de petróleo viviente.

¡Hablad! –retumbó la montaña de carne.

Mi Señor –dijo el primero, con voz cascada, apenas audible–, venimos a pedir tu clemencia. Ya no podemos matar para ti como antes; nuestros cuerpos lo impiden. Pero sabes que nuestro deseo y nuestra devoción siguen intactos. Déjanos morir en paz, y perdona que no podamos traer ya las ofrendas que mereces, mi Señor.

El anciano inclinó el rostro, y cerró los ojos.

Algo sonó en el interior de la carne inmensa, como un trueno bajo tierra. Todos se estremecieron. Y desde las alturas cayó la voz:

No temáis. Es el regalo de la eternidad lo que os voy a conceder…

Y largas tiras de carne hedionda se desprendieron sobre ellos, aferrándolos con fuerza, alzándolos entre gritos de desesperación como colgajos patéticos. Tres tropezaron para caer sobre las sombras devoradoras; pero el resto, uno por uno, desaparecieron pataleando por el abismo que era la boca, la cima, del Señor del Mal.

Y mientras caían, mientras los recibía en su interior infinito, su pensamiento –que era un fluido cambiante conformado por millones de mentes fragmentarias– entonaba un mantra desquiciado, una oración oscura que siempre fue la misma, pero cada vez más profunda, nunca igual.

<>
<>

Como siempre fue.
Como siempre será.

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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:41 pm

¿Has tenido la sensación alguna vez de que los retratos y los cuadros de personas pueden observarte y lanzarte mirada?, pues bien, esta es mi historia.

Desde que era un chiquillo observaba mi retrato de cuando tenia 2 años de edad. Vestía un trajecito azul, utilizaba zapatitos rojos y tenia mi cabello peinado hacia un lado.

Al principio no ocurría nada, hasta que cumplí los 4 años.

Cuando tenia esa edad simplemente no entendía porque mis padres peinaban mi cabello de cierta manera, me hacían utilizar ese tipo de zapatos y sobre todo me hacían vestir ese estúpido trajecito azul. Eso fue en mi día de cumpleaños.

Pocas semanas después, mientras dormía, sentí una extraña fuerza que me asfixiaba, como si un objeto pesado se posara encima de mi pecho. No podía respirar, ni podía gritar ni emitir sonido alguno. Todo fue en vano, nadie me escucharía. Cuando todo paso, fui corriendo a encender la luz, pero no vi a nadie en la habitación. Solo estaba yo, y por supuesto mi retrato en la pared. Fui corriendo donde mis padres a explicarles la situación, y estos me dijeron que no me asustara, que seguramente había sido un ataque de asma. Sin embargo, yo preferí quedarme a dormir con mis padres por cierto tiempo.

Pocos días después, aun durmiendo con mis padres, esa extraña fuerza me hizo caer de la cama; caí al suelo y sentí de nuevo esa fuerza asfixiante en mi pecho. Trate de gritar, de pedir auxilio pero no podía. De repente, entre la oscuridad pude distinguir la silueta de algo cuadrado, ¡ de mi retrato!. al otro día comente a mis padres acerca de la noche anterior, y ellos decidieron llevarme al psicólogo.

Mientras era de día, la fuerza no me visitaba, pero sentía cuando pasaba al lado de mi retrato como sus dos pequeños ojos me seguían con su mirada, con una expresión de rabia.

Durante dos años se presento el mismo suceso una y otra vez. Cada vez que ocurría me quedaba sin aliento, y podía distinguir entre la oscuridad los ojos del retrato. La ultima vez que paso este incidente, luego de perder el aliento y no poder gritar, vi como esos dos ojos se me acercaron hasta tal punto que pude oír esta frase “usurpador”. al otro día comente a mis padres, y cuando escucharon lo que me había dicho, se miraron entre si y por fin me creyeron.

Desde ese día cambiaron mi forma de peinarme, no me obligaron a llevar el traje azul ni los zapatitos rojos. Aquella fuerza nunca volvió a molestarme.

Hoy en día tengo 18 años, y hace unos meses me di cuenta que dos años antes de que yo naciera, mi hermano Martín había muerto de una ataque de asma. Tenia tres años cuando murió, y mi madre me contó que el chico del retrato no era yo, sino mi hermano Martín. Teníamos una similitud física impresionante, y esa era la razón de que mis padres me peinaran de esa manera, me obligaran a llevar puesto el trajecito azul y los zapatitos rojos.

No me deshice del retrato, lo coloque al frente de mi cama, para que cuando vaya a dormir sea lo ultimo que vea, y cuando despierte sea lo primero. Cuando el retrato de mi hermano y yo cruzamos algunas miradas, sentimos una mutua complicidad, guardamos un secreto.

Desde ese día cuando miro a un retrato cualquiera, no puedo evitar pensar que cada uno tiene una historia que contar, así sea con una mirada.

Así que cuando creas que un retrato te esta mirando, ya sabes que ellos te observan, amigo mío, así pienses que no es así.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:42 pm

Miguel, Pedro y Juan eran amigos de toda la vida, eran inseparables. Iban a la misma universidad, estudiaban derecho, y los tres conocieron a Verónica. Andrea era una chica muy extraña, era muy callada, y nunca se la veía con nadie, siempre estaba sola mirando a la nada, entro un día en clase de derecho romano, nunca nadie la había visto por la universidad, pero en clase no dieron ninguna importancia.
Un día al salir de clase, Juan necesitaba fuego para encenderse un cigarro, ya que era el único que fumaba, ninguno de sus dos amigos tenía mechero, Juan vio a Verónica sentada en un banco fumando, se acerco a ella:

Por favor, ¿me puedes dar fuego? – le pregunto a la chica.

Verónica levantó la mirada, y se le quedó mirando durante unos segundos, extendió la mano y le dejó el mechero.

Muchas gracias Verónica – le agradeció Juan dándose la vuelta para irse.
¿Quieres jugar conmigo?
¿Cómo? – preguntó Juan girándose hacia ella.
Acércate – Juan se acercó – es un juego muy fácil, tráeme el alma de tus amigos y tu te salvarás – le dijo susurrando.
¿Cómo?
Tienes 1 día, si no, ninguno os salvaréis.

Juan se dio la vuelta y se fue mientras se iba miró hacia atrás y vio que Verónica le seguía mirando.

¿Qué, has quedado con ella? – le pregunto Pedro a Juan
Que dices, es muy rara, me a dicho que tengo que traeros vuestras alma para salvarme yo.

Los tres explotaron en carcajada. Mientras se iba, comentaban cosas sobre Verónica, sobre como es en clase, y pase a lo buena presencia que tiene, lo siniestra que es.

Cuando llegaron, se despidieron y cada uno se fue a su casa, vivían en la misma calle, y prácticamente eran vecinos.

MIGUEL

Miguel abrió la puerta de su casa, y todo estaba en silencio, fue al comedor, pero no había nadie, ni su madre, ni su padre – bueno se habrán ido a dar un paseo ó a la compra – pensó.
Dejó la mochila en su cuarto, y fue a la cocina a hacerse algo para comer, tenía mucho trabajo y mucho que estudiar, así que tenía que alimentarse. Se hizo un sándwich que jamón york y queso, se calentó la sopa mientras comía el sándwich, y abrió el periódico. Abrió el periódico, había un foto de un incendio, leyó la noticia y miró otra vez la foto del incendio, y en medio de la llamas estaba ella, Verónica, cerro los ojos y los volvió a abrir, pero ya no estaba.
Sonó un móvil, venía del cuarto de sus padres, y era muy extraño que sus padres se dejaran los móviles en casa, se metió la cuchara en la boca antes de levantarse para responder al teléfono, y escupió lo que se había metido en la boca, era sangre, se levantó sobre saltado de la silla. Fue corriendo al baño y vomitó, volvió a la cocina y todo era normal, lo que había escupido era sopa.

Dios que mal estoy, a ver si llegan ya las vacaciones y descanso un poco.

El teléfono volvía a sonar, se dirigió a la habitación de sus padres, abrió la puerta y calló al suelo, la habitación estaba llena de sangre, y del techo colgaban boca abajo con las manos en cruz sus padres, no podía creerlo, y en la cama estaba Verónica, con la cara ensangrentada, le miró, se levantó y fue hacia el.
Miguel logró levantarse y salió corriendo de la habitación, pero había pisado sangre, en el pasillo resbaló y calló dándose con la nuca en una silla.


PEDRO

Cuando Pedro entró en casa, se encontró con toda su familia comiendo.

Ya he llegado, hacedme un sitio que también tengo mucha hambre.

Pero nadie contestó, seguía comiendo, se acerco más a la mesa y volvió a repetir que le hicieran un sitio, pero nada, era como si no le oyeran, de repente se oyó un frenazo en la calle y un golpe, todos se levantaron bruscamente y fueron a la terraza a ver lo que había pasado, Juan lo estaba flipando, nadie le hacia caso, vio que su madre se echaba las manos a la cara y su padre la abrazaba, se acercó a la terraza, y miró lo que había pasado, un coche había atropellado a una persona, pero era él, no se lo creía, como podía estar el allí si estaba en su casa.
Fue al comedor y se sentó en el sofá, miró al suelo, y vio unos pies descalzos, miro hacia arriba y allí estaba Verónica.

Ya eres mío.



JUAN

Juan vivía solo, sus padres se habían mudado a un pueblo de la sierra y le habían dejado el piso.
No tenía hambre así que se sentó en el sofá del salón y encendió la televisión, empezó ha hacer zaping pero no había nada interesante en la programación, es lo lógico un día entre semana a esta hora que iba a aver, solo cotilleo y noticias.
Notaba como se le cerraba los ojos, tenía sueño, mucho sueño, por fin de durmió, sonó con Verónica, de cuando fue a pedirle fuego y lo que le dijo, soñó que Miguel se partía el cuello y moría, soñó que a Pedro le atropellaba un coche, eran unos sueños horribles, no quería seguir durmiendo, quería despertar, de repente en su sueño aparecía verónica sentada en un banco, ofreciéndole fuego:

Te lo dije, todo esto ha sido tu culpa.

Se despertó sobresaltado, se fue a por un refresco. De repente sonó el teléfono, era la madre de Miguel:

Juan, si quieres ven, Juan ha muerto – le dijo entre sollozos.

No era posible, no se lo creía, cogió el teléfono inalámbrico, marcó el número de Pedro, pero nadie respondía, salió a la ventana que daba a la calle, y vio que había mucho alboroto, ambulancias, policía y muchísima gente.
Se puso una chaquetilla y salió a ver que pasaba, y después se iría al tanatorio a ver a su amigo fallecido.
Salió a la calle y se acerco a la gente, ya lo habían recogido todo, la grúa se estaba llevando un coche:

¿Qué ha pasado? – preguntó Juan a un hombre que había allí.
Han atropellado a un muchacho.

Juan se estremeció, y rápidamente volvió a llamar a Pedro, pero al marcar su número vio al padre de Pedro metiéndose en su coche, fue corriendo hacia el:

¿Esta Pedro en casa?
El padre de pedro miró a Juan: Pedro esta muerto.

Rápidamente subió a su apartamento, sudando, tenía mucho calor, le ardía todo, , lo empezó a ver todo borroso, notaba que se iba a desmayar, logró llegar al baño, abrió el agua fría, y se la echo en la cara, notaba que se iba encontrando mejor, se miró en el espejo y detrás estaba Verónica:

Te lo dije, todo esto ha sido tu culpa. Nunca te libraras de mí.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:44 pm


Noches de estío. Y calor, mucho calor. Y ventanas abiertas. Aunque no siempre es la brisa quien cruza el umbral y hace bailar las cortinas...

El sueño se evaporó al instante abandonándola de nuevo a la vida, por causa de un inesperado intruso que trepaba por sus sábanas, cubriendo su incógnito con las sombras de la habitación. Los fuertes brazos sujetaron su desesperación y el grito se atoró en su garganta al ser traspasada por dos punzones de marfil, que prontamente comenzaron el trasvase del fluido vital al interior de su maléfico dueño. Ella se debatió en forcejeo con el asaltante de cuellos, cada vez con menos fuerza. Mientras, podía sentir cómo su esencia se escurría fuera de sí a través de los finos conductos insertos en los colmillos que le atenazaban la yugular. El ser de oscura estampa desgarraba la piel entre espasmos furiosos, esparciendo hemoglobina por doquier alrededor del epicentro de la mordedura.
Los ojos en blanco de la exhausta víctima indicaban que finalmente había entrado en un estado de catalepsia, y el débil corazón apenas encontraba ya sangre que bombear.
Pero la criatura se desprendió de súbito de su presa y comenzó a esputar de forma violenta la sangre robada. Y como un aspersor demoníaco, regó paredes y suelos cambiando los tonos lila y beige por una decoración monocroma a base de rojo bermellón. Una mano inhumana, poblada de garfios acabados en largas y amarillentas uñas, se apoyó en el yeso sujetando con dificultad la maléfica estampa, que escupía rabiosa los últimos cuajos de su malogrado banquete. Los ojos inyectados con la esencia pura de la maldad, se torcieron hacia su víctima y posaron su ira en la desgraciada estampa de la fémina por última vez, antes de desaparecer al vuelo con un soplo de aire, arrastrando tras de sí el pútrido aroma que manan las criaturas nocturnas dependientes de la jurisprudencia infernal. Su silueta se fundió en la noche dejando de ser un ente discernible de las sombras.
La mujer se resistía a morir, y aunque débil en exceso, subconscientemente logró convencer a su organismo para que luchara agónicamente por vivir tan sólo media hora más. Tiempo justo y suficiente para que fuese descubierta la moribunda antes de entregar definitivamente su alma prestada. Y gracias a que sus salvadores acudieron prestos al aviso de las autoridades que se personaron en primera instancia. Los eventuales vecinos de motel, ocupantes de las habitaciones contiguas, dieron la alerta tras el escándalo perpetrado en aquella habitación, cuyos finos tabiques apenas pudieron amortiguar el sonido del forcejeo y de los vómitos posteriores.
Por un puro casual, el veneno no logró contaminar la carne cediéndole su herencia maldita. A la muchacha le estaba bajando la regla, condición femenina por la cual su sangre se hallaba en un estado especial de renovación que impedía absorber y asimilar la saliva contaminada de los vampiros.
No obstante, la menstruación no podía impedir que la sobredosis de heroína que circulaba frenética por su torrente sanguíneo la estuviera matando esa noche, de no ser que aquella criatura, por un azar, eligiera esa ventana y no otra, extrayendo sin querer la esencia mortal del organismo de la mujer.
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asd Re: relatos escalosfriantes

Mensaje por princesa_love_kaname el Dom Jul 29, 2012 5:50 pm

¡Por fin había llegado el gran día! El pequeño Alex se despertó muy excitado, casi eufórico; durante todo el año había estado acumulando infinidad de deseos en su (desafortunadamente para sus padres) prodigiosa memoria. Las dos últimas semanas habían transcurrido para Alex en una atmósfera de creciente ansiedad, odiaba tener que esperar; y no cesaba de contar y recontar los días que faltaban para el cumplimiento de su sueño, marcándolos con su rotulador fosforescente en el torturado calendario de la salita de estar. Haciendo gala de una paciencia sobrehumana, su madre verificaba a cada momento la exactitud de sus precipitados cálculos, pero Alex nunca estaba conforme con aquellas respuestas. –El tiempo se ha dormido –pensaba.

La larga espera terminaría por la noche, cuando los misteriosos Reyes Magos dejaran junto al árbol de navidad sus sueños convertidos en maravillosas realidades. ¡Qué nervioso estaba!

Siempre le habían dicho que debía ser muy bueno y obediente si quería que los Reyes cumpliesen sus deseos, o de lo contrario sólo le traerían carbón. Lo cierto es que Alex nunca había visto carbón, y hasta sentía cierta curiosidad por manipular aquello que tan malo debía ser, ¡pero no hasta el punto de intercambiarlo por sus preciados juguetes! Hizo memoria sobre su comportamiento durante el pasado año, y no recordó haber hecho nada malo (aunque su hermana mayor sí guardaba bastantes evidencias en contra de su inocente benevolencia).

Al atardecer, su padre le invitó a dar un paseo por las concurridas calles de la ciudad (con la esperanza de que la fatiga facilitaría al pequeño conciliar el sueño). Hacía mucho frío y la oscuridad cubría ya el cielo; Alex caminaba de la mano de su padre contemplando el movimiento de la ciudad por el estrecho espacio que quedaba entre la capucha de su abrigo y su repudiada bufanda roja. Le encantaba esta época del año, las calles brillaban con luces de innumerables colores en contraste con el negro vacío de la noche; la atmósfera transmitía una impresión especial, extraña, una esencia oculta que solamente es visible, en determinados momentos, a los ojos que aún conservan la inocencia.

Tras un largo paseo, volvieron a casa. Al entrar, un delicioso aroma salió a recibirles. Su madre estaba en la cocina preparando la cena.

Podéis sentaros, vamos a cenar pronto –dijo drigiéndole a Alex una cristalina sonrisa.

Esa sonrisa, y la enorme mano de su padre cobijando la suya cuando paseaban, hacían que se sintiese el niño más protegido del mundo; nada podría hacerle daño, nada en absoluto.

Alex fue el primero en terminar con su cena ante la comprensiva mirada de sus padres ¡parece su última noche en la Tierra! –rió su hermana. Poco después, Alex se metió en la cama, que descanses, cariño susurró su madre mientras apagaba la luz. Pronto cayó rendido en un sueño intranquilo.

Alex abrió los ojos. Todo estaba a oscuras y en silencio. Aún no había amanecido y sabía que no debía levantarse, pero ¡necesitaba saber si los juguetes habían llegado ya! Tan sigilosamente como pudo, Alex salió de su habitación. Por la puerta entreabierta del salón surgía un pálido haz de luz amarillenta. Dentro, la voz de sus padres era un débil e inconexo murmullo, apenas audible.

Sus gruesos calcetines de lana amortiguaban el sonido de sus pisadas, así que, sin poder resistirse a la curiosidad, se acercó hasta el borde de la puerta para mirar al interior:

Dos enormes gusanos, de un blanco purulento, se encontraban junto al árbol de navidad, erguidos sobre sus hinchadas colas. Sus cuerpos giraron instantáneamente al sentir la mirada del pequeño, mostrando sus rostros deformados, aunque grotescamente reconocibles, a su hijo:

Nos has desobedecido, cariño –dijeron al unísono con gorgoteante voz gutural ¡NO DEBISTE HACERLO! ¡NO DEBISTE HACERLO! –chillaban mientras se abalanzaron girando en espiral sobre él.
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